15 años

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

Hay una explicación larga y otra rápida para entender a Reynaldo Armas cuando afirma: “15 años para contar las estrellas / 15 años para empezar a vivir / Y habrá muchos caminos esperando / Para darte acceso al mundo que te toca a ti vivir.”

La primera, se refiere a la sacralización de los eventos sociales que antiguamente tenía un sentido práctico. Celebrar los 15 años de una joven fue, en una época remota y primitiva, la necesidad de la sociedad azteca de sacar al ruedo a la mujer que alcanzaba su medianía de edad –tomando en cuenta que no se vivía más allá de los 30 años– para que se matrimoniara, pariera y rindiera tributo al marido, a la familia y a la tribu, según cuentan algunos cronistas.

La conquista española obligó a que ese evento formal, conectado con los elementos naturales, se mimetizara con los designios del catolicismo que le embadurnó una pátina de devoción piadosa, misa, miedo al pecado, arrepentimiento, y esas cosas de la fe.

El rito, sacralizado en un bloque de normas comunitarias que se distingue de otras prácticas, porque ni se discute, ni se rompe ni se cuestiona, se normalizó a tal punto que no se entiende el arribo de una niña a sus 15 años, sin pasar por una celebración más o menos ostentosa y obligada, presuntuosa y necia.

Con la intervención obsesiva de padres bufos que dejan hasta el último centavo en la organización de la rumba, amigos perturbados en la espera y pretendientes excitados que estrenan corbatín, la fiesta es uno de los eventos sociales más esperados entre nuestras adolescentes (aquí y en casi todo el orbe, con episodios realmente dantescos en México) para exhibir hipersexualidad llegando a la lascivia, cosificación con arrebatos de morbo, fausto injustificable y estupidez inaudita, tomando en cuenta que lo que se pretende decir a viva voz es que la niña pasó a ser mujer. ¿A quién le importa? y ¿por qué importa?, se pregunta uno.

Diría algún sociólogo problematizador, que la repetición de conductas que obedecen a normas sociales, su veta religiosa llevada a la promesa de por vida, las costumbres sacralizadas, los dogmas, siguen hoy varios caminos que casi siempre se atascan en el mismo embudo: la competitividad de la sociedad de consumo. Lo que antes fue un auténtico episodio público, pasó a ser la lucha desgarrada por lucir estatus y poder, un arreglo floral de dimensiones apocalípticas con el nombre de la niña filmado desde las alturas por un dron, mientras en la tarima toca Caramelos de Cianuro que estará atendiendo obedientemente al mejor postor dolarizado.

La explicación rápida es que eso termina siendo una rumba de pinga, con curda y pasapalos gratis y mucha carne fresca para el ojo pederasta.

ÉPALE 406

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