ÉPALE311-CONGRESO ADMIRABLE

POR MARLON ZAMBRANO •@MARLONZAMBRANO / ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

Una de las afirmaciones más perturbadoras del Gabo fue la hipótesis que le reveló a Dasso Saldívar, autor de García Márquez, el viaje a la semilla —una de las más importantes biografías del autor de Cien años de soledad—, donde revelaba sus inclinaciones de empatía regional en la extensa y dispar geografía colombiana: “El cachaco es malo”, aseguraba.

Costeño del Magdalena, con todo lo que implica llevar el diáfano aleteo del mar Caribe en el costillar y el corazón, Gabo aseguraba en algún apartado de las casi 900 páginas del libraco, que incluso consideró muy superior a su propia autobiografía, que la condición cachaca, algo así como andina y, por extensión, bogotana y cucuteña, implicaba malevolencia por una razón estrictamente ambiental. Y es que el andino de las cumbres montañosas es reservado y siniestro porque debe protegerse del frío, por lo tanto está obligado a cubrirse, refugiarse al interior y reducir su humanidad a la mínima expresión, para dejar al descubierto solo la perspicacia y el zarpazo irreflexivo como un aletazo de supervivencia.

Confieso que me impactó el estereotipo, al que consideré estigmatizante viniendo de uno de sus propios coterráneos, y por primera y única vez cuestioné al autor de mis novelas de cabecera. Cómo, un creador sabio, revolucionario, patriota y latinoamericanista, podía formular una aseveración tan dura y resentida por un asunto meramente geográfico.

Con los años, algunos acontecimientos obraron en favor de la memoria real-imaginaria del costeño: su pasión desenfrenada por la gesta del Libertador, explícita en su novela histórica
El general en su laberinto; el silencio casi ofensivo de la “sociedad” bogotana tras el fallecimiento del escritor en abril de 2014; y la muerte del diputado venezolano Robert Serra, casualmente en ese 2014, a manos de un sicario colombiano que, como corolario de un complot paramilitar, le propinó varias heridas con un punzón, una modalidad según entendimos después que suele aplicar el cachaco para evitar escandalosas hemorragias en sus víctimas a la hora del puñal.

Casi 200 años atrás, mientras Bolívar hacía un acopio enorme de fuerzas para intentar salvar la unidad grancolombiana convocando, del 20 de enero al 11 de mayo de 1830, una asamblea constituyente en Bogotá (que conocemos hoy como el Congreso Admirable), las oligarquías santafereña (comandada por el cucuteño Santander) y caraqueña (por Páez), bajo el sino de la traición, se organizaban para decidir (cada uno por su cuenta y en favor de comerciantes, hacendados y la cúpula militar enquistada en el poder) destinos por separado. No era más que la continuidad de la convención de Ocaña que, esta vez de forma fulminante, impidió concretar el gran sueño de Bolívar de coronar la alianza que permitiría configurar la potencia más poderosa de la América.

Muchos años después (o sea, ayer), el bogotano Iván Duque no vino sino a testimoniar la inmensa razón post mórtem del Gabo, cuando de un plumazo borró la historia, negó a Bolívar y exaltó le épica figura de los padres fundadores de Estados Unidos, como un Salón de la Justicia, actuando heroicamente a favor de la independencia colombiana.

Hoy puedo dormir en paz y darle la razón al superhéroe de Aracataca: ¡En verdad esos cachacos son malos!

ÉPALE 311

Artículos Relacionados