POR FREDDY FERNÁNDEZ • @FILOYBORDE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

ÉPALE271-FILO Y BORDE¿Será que toda idea de redención requiera de ser arrojada a los leones en la arena del circo del Imperio? Es curioso que una cultura fundada en la culpa y en las lágrimas por haber martirizado a su redentor incurra, una y otra vez, en el mismo comportamiento sin siquiera acudir a los golpes de pecho. El asesinato de Gadafi, llevado por la calle en martirio filmado, humillado frente a todo el planeta —que también presenció la muy demócrata carcajada de la Clinton— dista poco de la narración bíblica de la humillación de Jesús en su calvario, con la cruz a cuestas, mientras todos ponían en duda su condición de hijo de Dios, de ungido y de Mesías.

Es muy curioso que 2.000 años después de Cristo el mecanismo siga siendo el mismo. El enemigo temido, una vez reducido, debe ser humillado frente a todos para que nadie dude que no tenía ningún poder especial, que era nada más un ser humano, porque el papel de salvador solo se les otorga a los muy gringos personajes de Marvel. Los demás, deben ser asesinados.

Poncio Pilatos tampoco ha cambiado. Quiere ser recordado como buen tipo, a medio camino entre el poder imperial y el pueblo. Sabe que el asesinato de Gadafi no está bien, pero se justifica en la idea de que el libio se lo buscó por no entender la realpolitik. Le parecerá bien indultar a Barrabás por voto popular y permitir el asesinato del redentor, aunque perciba tal muerte como exceso de poder, del que se mantiene medio distante. Es una suerte de “progre” de aquellos tiempos, como uno de hoy, de esos de manos recién lavadas, dispuesto a condenar la masacre perpetrada pero incapaz de hacer algo para intentar frenarla. Cierto narcisismo intelectual le impide involucrarse en luchas que no se ajustan del todo a sus preclaras ideas.

Otro tanto ocurre con Judas. El tiempo y la experiencia no logran modificarle. Es verdad que ahora no serán las 30 monedas de plata sino dólares o euros, pero la venta y el beso delator siguen inmodificables en su historia. Los cristos también se mantienen tercos. “Al César lo que es del César”, responden todavía, porque saben que al jefe del imperio lo que le corresponde es administrar su capital, mientras que lo que es de Dios le corresponde administrarlo al pueblo. Es así que hablar de multiplicar los peces y los panes sigue siendo un delito que se paga con el martirio y con el repudio mediático. Si lo intentas, sabotearán tu economía hasta poder señalarte como un fracasado que prometió más y solo logró menos. Cuando ocurre, en la arena digital los públicos se congregan para exigir que los redentores sean ejecutados lenta y humillantemente.

Dos mil años de lágrimas parecieran no haber enseñado nada, los poncios, los caifás y los judas siguen al servicio del imperio.

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