2021 con aliento a despedida

En tiempos del coronavirus, la existencia sigue la misma rutina de siempre. En Caracas y sus cercanías, morir parece sencillo, pero no siempre lo es. Al menos, no es barato ni parece natural

                                             Por Marlon Zambrano@marlonzambrano                                               Fotografías Mairelys González@mairelyscg27

Como dos paquetes de harina de maíz juntos pesa un hombre después de incinerado. Al menos, fue lo que pesaron las cenizas de papá luego de que me las entregaran casi diez días después de muerto, tras una vorágine imposible de burocracia luctuosa.

Morir en tiempos de coronavirus es igual a la muerte civil de siempre, pero con una apariencia épica, signada por la curiosa circunstancia de que este año que pasó —y el que comienza— parecen dilatarse sobre la fea sombra de una interminable despedida.

2020, en lo personal, nos había perdonado de milagro, mientras observábamos con estupor la seguidilla de fallecimientos memorables que trajo consigo el año fatal de la covid-19, algunas asociadas al virus, otras no. Nos paralizó cuando se dedicó a embestir durante el último trimestre, arrebatándonos, en una histriónica estocada final, a Maradona, Armando Manzanero, Tito Rojas y Víctor Cuica.

Como dos paquetes de harina de maíz juntos pesa un hombre después de incinerado

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En lo doméstico, el año pasado se llevó a varios vecinos, amigos lejanos, familiares de otros, gente con los que alguna vez tropezamos en la cotidianidad, acercándonos peligrosamente a esa noción —nunca aceptada cómodamente— de destino fatal e inexorable. No pudimos más que suspirar, advirtiendo de la que nos salvamos, y exhalando luego los versos de Benedetti:

“ Cuando éramos niños

La Gran Caracas está habituada a zigzaguear entre la vida y la muerte Foto Marlon Zanbrano

los viejos tenían como treinta

un charco era un océano

la muerte lisa y llana

no existía…

… ahora veteranos

ya le dimos alcance a la verdad

el océano es por fin el océano

pero la muerte empieza a ser

la nuestra.”

Una mariposa como heráldica

Papá murió el Día de Reyes de 2021. Fue romántica su partida: nos tomó por sorpresa el colapso total de su organismo, hasta que lo vimos extinguirse cual llama que se achica, en el preludio de un año que creíamos diferente al que acabábamos de dejar atrás como una absurda pesadilla.

Fueron tres días de agonía. Los mismos que tardó en esfumarse la bellísima mariposa de colores que tintineó sobre la cama del viejo en su habitación de la casa, donde se recostaba largas horas de la tarde-noche, de regreso de la chamba, a dejarse sorprender por las extravagantes aventuras de la farándula argentina en un borroso canal que tenía como su favorito.

Lo fulminó un cáncer que desconocíamos, mientras lo atendían como paciente VIP en la sala de terapia intensiva de un hospital público en la periférica ciudad de Guatire. El centro, como es de suponer, vestía el ropaje de un sanatorio desmantelado y, sin embargo, mostró un andamiaje de solidaridad y humanidad que nos legó esperanzas hacia ese pueblo nuestro que se reinventa frente a la adversidad.

Una mariposa se posó, cual insignia, donde antes estuvo el padre. Foto Marlon Zanbrano

Adioses y bienvenidas

Murió a las 11 de la mañana de un miércoles. En la madrugada del domingo en que ingresó, se juntaron los prodigios de la existencia sobre un mismo estrado: un muchacho entró ya cadáver, apuñalado en una reyerta barriobajera por una disputa de amor, y nacieron tres niños de tres niñas venidas de barrios invisibles frente a las estadísticas oficiales. En total, sumamos la aparición y huida de al menos 20 chicas que fueron remitidas a cualquier otro destino, con la excepción de las tres que se quedaron pujando en la entrada de las emergencias para obligar al poco personal asistente a atender su demanda de vida o muerte.

Entre ellos, el director de Desarrollo Social de la alcaldía de Zamora, Jorge, quien se batió como una bestia encandilada durante 24 horas corridas ejerciendo de camillero, enfermero, pediatra, cirujano, plañidera y “morguero”, enfrentando el problema endémico de la ausencia de personal. A la par, la doctora maracayera Oriani Moreno, desplegó la fascinación loca por su profesión y atendió a todo el que humanamente pudo durante esos tres días interminables, con el voluntarismo pasmoso de la niña de 17 años que aparenta, y quizás es.

Ella fue la que nos planteó, sin pelos en la lengua, la inminencia de la muerte y la que anunció la partida calmada de papá, sin darnos tiempo de una despedida, un regaño final, un abrazo entrañable frente el océano infinito de su mirada desbordada.

Morir, en tiempos de Coronavirus, tiene el cariz de un acto épico

Puta muerte

Nos quedamos con un manojo de suplementos médicos, medicamentos, órdenes y pruebas de laboratorio que, prácticamente, arruinaron económicamente a la familia pero nos dejaron el consuelo tonto de que hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos, lo que permitieron la semana de cuarentena radical, la inflación y el desabastecimiento, lo que nos consintió el tiempo prestado que nos ofreció la providencia para despedirnos a duras penas del viejo, un tipo tranquilo, duro y tierno, de las huestes de una generación criada entre los botiquines de las calles Bolívar y El Cuartel de Catia y que a sus 69 años tenía como lance más osado, la misión de reponer agua potable en pimpinas y perolitos cuando se materializaba el servicio en la ciudad.

Farmacias, clínicas, laboratorios y servicios fúnebres que monetizan cada episodio de dolor

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“Muerte puta, muerte cruel, muerte al pedo, muerte implacable, muerte inexorable, misteriosa muerte. Muerte súbita, muerte accidental, muerte en cumplimiento del deber” enumera el poema de Oliverio Girondo. Podríamos agregar, muerte coñoemadre, dialéctica y dolarizada que revela también el lado oscuro de quienes la explotan como mercancía y hacen de ella algo más que el límite antropológico de la vida.

Sobre todo farmacias, clínicas, laboratorios y servicios fúnebres que monetizan cada episodio de dolor: por ejemplo, no inician el análisis de una muestra médica si no se ha cancelado el 100% de su costo, así de eso dependa la vida de un ser humano; los servicios privados de ambulancia que no se mueven por menos de 500$; las funerarias que por cada duda incrementan 10% el costo de las exequias; el cementerio que por calcinar un cuerpo inerte se transa en los 250$ en promedio y sin compasión (ni hablar de entierro y todos sus importes); hasta el instante final de los novenarios que no cuestan nada, por ahora, porque aquello se hace en familia.

“Polvo eres y en polvo te convertirás” señala el Génesis para dirimir un asunto natural: la muerte como el fin totalizador. En parte biológica, metafísica, cultural, simbólica, dato empírico, “el rasgo más humano” según Edgar Morin, la muerte también es el hecho concreto, el fin último del futuro distópico que inauguró la pandemia.

Los velatorios constituyeron siempre una procesión de amigos y de chistes elevados sobre la madrugada, entre guamazos de ron y sorbos de caldo de pollo. Hoy es un trámite apurado y oficinesco de no más de dos horas, con distanciamiento social y tapabocas, pero eso sí, con un cura martillando pa’l refresco en medio de una precipitada homilía que reclama para un solo dios la propiedad del mundo, las culpas y el perdón.

Laboratorios, funerarias y cementerios son epicentro de una brutal rebatiña

Las cenizas

Como distintivo enternecedor, papá tuvo su época de pendenciero y borracho y no podemos menos que fantasear, junto a los cronistas Francisco Aguana y Pedro Delgado, que merodeó los bares y las putas de los alrededores de la plaza Pérez Bonalde, donde alguna vez reinó como el Tom Jones de pacotilla del que se enamoró mamá por su aspecto sibarita, a lo Humphrey Bogart, aunque ella suspirara en realidad por un tal Marlon Brando en los días de El último tango en París.

49 años después, ella lo absolvió de todas las culpas menos de adelantarse en su desenlace vital, pues el acuerdo que habían pactado con el sello lacrado de un beso frente a la entrada del Mercado Periférico, era que ella migraría primero al más allá para preparar el terreno frente a la lista de agravios que esa oveja descarriada debía saldar como acto de expiación para acceder a la vida eterna.

Confundida, coqueta y arrebatada, así como un día dejó sobre el cenicero la última colilla de cigarro de su vida luego de 40 años de juma, mi mamá decidió perdonar a Dios por sus excesos, mientras se debate entre regar las cenizas de los dos paquetes de harina de maíz que es mi papá frente a las puertas de los bares de Catia, o abonar una pepa de aguacate en el jardín de la casa hasta que sus nietos recojan la primera cosecha, un día de estos, sin coronavirus.

ÉPALE 398