ÉPALE275-CIUDAD

TIRAR CUESTA Y DUELE. EL DURO OFICIO DE LA CALLE EN LA CARACAS DE HOY REVELA EL MARTIRIO DE QUIEN SE NIEGA A PERDER EL ASOMBRO FRENTE A LAS URGENCIAS DEL AMOR

POR MARLON ZAMBRANO @MARLONZAMBRANO / FOTOGRAFÍAS ENRIQUE HERNÁNDEZ

Cuando apareció desafiante, como una pantera en celo, arisca y devoradora a la vez, me vino a la mente Ozuna. No William Osuna, el poeta que le canta al Guaire, a quien quiero y tantas veces intento parafrasear para pasar por bardo delante de las muchachas enamoradizas, sino Ozuna el reguetonero.

Empezó a tintinear, como un golpe sordo, el tempo que deja fluir alguna canción que nunca me he detenido a escuchar pero que siempre está allí, en mis momentos de reposo y en mis pesadillas, en el autobús, andando por el Centro, ladeando los parques, en una emisora de radio y en la otra, en la publicidad de Youtube.

Ella atravesó el Nivel Feria del centro comercial en pos de mi encuentro, mientras rugía como telón de fondo esa línea de “El farsante”: Bebééééé… Si todavía me amas como antes / ya nada me parece interesante / yo sé que en el amor soy un farsante / yo sin ti no vuelvo a enamorarme, bebééééé.

Me abrazó como quien se encuentra casualmente a su comadre o algo consanguíneo. Yo esperaba más pasión, pero recordé que toda jornada caraqueña se adereza con alguna larga cola o una falla del Metro. Justifiqué su desapego.

Un “bonito” homenaje a la ciudad

Un “bonito” homenaje a la ciudad

La tarde brilló gloriosa mientras los ocres del sol iban labrando las sombras de las cosas, hasta que sorpresivamente suplicó, sin que nadie esperara tal anuncio en mitad de un helado de 250.000 bolívares, que por favor me dedicara a ella esa noche, hasta el amanecer. Ozuna chilló: Criminal, cri-criminal / Tu estilo, tu flow, baby, muy criminal.

Aunque acepté ipso facto, un ruido de freno seco tronó a mis espaldas. Era mi cartera, que me advertía, por si conscientemente no lo asumía, que tenía compromisos de pago frente a dos tarjetas de crédito, que apenas nos sujetábamos con chinches la de débito y que el bono Independencia se resistía a salir del monedero digital.

Sin perder el sentido del misterio, la dejé seguir con sus hazañas de niña veinteañera que descubre el mundo a través de mis experimentados “cantos de sirena”, mientras temblaba cada vez con más ahínco: uno, porque sentía frío; y dos, porque se acercaba la hora y ¿con qué plata iba a pagar yo, en mitad de la quincena, un cuarto de hotel a la altura de esa gata?

Un golpe de fortuna ladeó la nave a mi favor: otro anuncio que nadie esperaba brotó de sus pecaminosos labios cuando advirtió —voltea para acá— que por dinero no me preocupara, que ella pagaba. Solo dos veces en mi vida he presenciado la prueba irrevocable de la existencia de Dios. Esta fue la otra.

EXPULSADOS DEL EDÉN

A decir verdad soy inexperto y timorato, apenas auxiliado por una buena estrella que muy de vez en cuando me premia. Escarnecido por la delincuencia desatada, pero con la esperanza boba de resolver el asunto carnal en la primera avanzada, nos lanzamos inocentes a hurgar los hoteles de la Casanova a las 8 de la noche, como quien busca agua para la sed, hostias frente al pecado, logística después de la marcha, y a hurtadillas, por si acaso; hasta que pasó en moto un viejo conocido, periodista para más angustias, que me dejó como una estela de paja humeante: “Ese Marlooooon”.

Yo iba sujetado a ella de la mano y en la otra una garrafa de jugo, 100 gramos de mortadela de pollo y unos panes que me vendieron por numeración en el trabajo, porque la noche auspiciosa anunciaba truenos y marejadilla al poniente. De verdad me alegra ser de este siglo y estar en este lugar del planeta.

Matar, querer, tirar y amar se conjugan igual

Matar, querer, tirar y amar se conjugan igual

Tirar es asunto serio y las trincheras del placer de esa zona de la ciudad lo asumen con celo. Nada bajaba de los 2.500.000 y casi todo —para nuestra sorpresa— estaba lleno. Por lo que agotados de tanto andar, pero con las ganas a flor de piel, decidimos recomponer la estrategia y largar para un sitio que conozco como la palma de mi mano: el Centro de la ciudad.

El Metro, cosa rara, estaba hasta las trancas, sin aire y con retraso, por lo que la espera me hizo hundirme en la desesperación y en ella se desató un asma bestial que se agudizó con el olor a miao esquinero del andén abarrotado de partisanos de la noche.

Finalmente se abrió, como una rosa marchita, la estación Teatros, por donde nos colamos sudados, con el aliento cansado, el apetito malherido y los deseos punzantes, mientras el Ozuna del coño apareció desde algún resquicio en la intersección salvaje entre las avenidas Lecuna y Baralt: Me enamoró y ahora me ignora / me dijo que estaba sola / le llamo la insaciable / que en la cama me devora / hasta la mente me controla más de 24 horas / no sabes lo que te espera / hay sorpresas en la caja de Pandora / na na, na na na na.

Si a eso se le puede llamar hotel, desembocamos frente a la entrada de algo que dibujaba al fondo un mostrador malevo, media estrella devorada por las ratas; su jorobado de Notre Dame y su Cruella de Vil, uno cobrando y la otra sonriendo con la mueca fría de la maldad: “No tenemos agua, señor”. “No importa, diles que sí”, cantó mi inocente acompañante al borde de una angina. “Tampoco tenemos toallas”. “¡Qué importa!”, jadeó apenas mi niña. “A cada rato se va la luz”. “Nos da igual”, rezongó la mía ya sin aire. “Ah, no hay punto… pero pueden ir a pagar al frente: 280 pa ti”.

“Anda, entremos”. “¿Con quién crees que estás hablando? Yo soy una dama”

“Anda, entremos”. “¿Con quién crees que estás hablando? Yo soy una dama”

Como ascendiendo al Gólgota, escalamos una escalera en espiral que nos llevó a un laberinto de baldosas manchadas y puertas entreabiertas, hasta que vimos —como nos indicó Alberto, el de la recepción— el cuarto de los chupis y el de los heladitos de teta, frente al de la muchacha con los dos carajitos. Justo al lado, la habitación sin número que nos prometía nuestro particular parnaso.

Ingresamos a tientas. Ella sofocada y yo semierecto, burlamos ese arco del triunfo patético para intentar darle rienda suelta a la pasión. La vecina tenía la radio bajita, de donde brotaba, de nuevo, Ozuna: Baby, tú quieres acción / todas tus amigas saben mi reputación / dicen que le meto violento / bien duro a la penetración / también dicen que soy pequeño / pero tengo un bicho cabrón.

Por suerte, cuando cayeron las primeras cucarachas del cielo raso, la chama ni se inmutó en medio de los zarpazos de inhalador que se metía con desesperación de adicta. La rata que rasguñó mis pies en la madrugada no se enteró de su cuerpo perfecto, entumecido y curvado para mitigar el jadeo. Mis labios, avisados desde temprano de que esa noche tendrían fiesta, estaban ya alistados para dar respiración boca a boca hasta que por fin, el amanecer nos sacó de aquel silencioso purgatorio casi como dos malditos que reciben el castigo de los dioses.

Ozuna, desde una camionetica atestada en la Baralt, no pudo burlarse más cruelmente de mí: Hasta amanecer / quédate conmigo mujer / tranquila que él no lo va a saber / tú tienes lo que yo ando buscando / te quiero tener…

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