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POR ANDER DE TEJADA/@EPALECCS/FOTOGRAFÍAS JONATHAN MENDOZA

Se debió haber llamado así por los inmensos árboles que hay y por la cercanía que existe entre ellos. Uno llega y de pronto se encuentra entre muchísimos locales con nombres extraños y, por un momento, si pone la imaginación a funcionar y achica el encuadre de su visión, puede fantasear que está en terrenos orientales. Curiosamente, ese achicamiento de la visión puede lograrse mediante el “achinamiento’’ de los ojos, en donde todo es más cerrado, más profundo, más centrado.

Estábamos en esa avenida de El Bosque que guarda tantos restaurantes chinos y donde, al final de dicha calle, se encuentra el Club Social Chino de Caracas, escrito, creo yo, con inmensa caligrafía china en la también inmensa entrada del club. Llegar ahí, si no conoces nigún sitio, puede ser tortuoso a la hora de decidir en dónde comer. A mí me gusta guiarme por los nombres de los restaurantes: mientras más chino, mejor. Nada de el dragón de no sé qué o la Culebra colorada.

4 pichon 158 Club-Social-Chino-JM-7156  Al que fuimos nosotros ni siquiera tenía nombre. Y qué problema con los nombres hubo ese día. El restaurante, tal como nos explicó la señora que nos atendía en la mesa, no tiene nombre sino que es el restaurante del club. El lugar, un poco feo y descuidado, cubre sus mesas con manteles de plástico y con el sonido de Telesur a un alto volumen. Informal en sus decoraciones y en sus empleados, estuvo frecuentado por chinos que devoraban sus inmensos platos rápidamente. Ahí, los extranjeros éramos nosotros.

La señora, cuyo nombre no sé pronunciar, fue siempre muy simpática, solo que, por cuestiones idiomáticas, ni ella me entendía a mí ni yo la entendía a ella.

Le pregunté si era la dueña y me dijo que no. Entonces le pregunté que quién era y me dijo que era un señor y que, ese día, estaba enfermo y no nos podía recibir. Que veníamos de un periódico y que reseñábamos a los restaurantes y no comprendió, y menos mal, porque generalmente la actitud, en esos casos, se vuelve más cordial de lo normal. Su simpatía, pues, siempre fue natural.

Dijo que habían dos cocineras y ella solo se encargaba de ayudar. Una de las dos cocineras, a quien vi vestida de blanco, salía de vez en cuando a buscar cosas de la nevera, que estaba en pleno comedor, mientras saludaba a sus comensales y compatriotas.

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Con respecto a la comida, todo muy bien. Una sopa Wantong Mei nos sirvió de abrebocas. Creo que mi predisposición —positiva, en este caso— a que todo lo proveniente de Asia tiene que tener un sabor fortísimo, hizo que la sopa no me gustara tanto, ya que, a pesar de sus diversos ingredientes, el caldo estaba suave y poco explosivo como para comenzar la ingesta de alimentos después de una larga jornada de ayuno. Por otro lado, el arroz con cerdo que pedimos, estaba fuerte y explosivo, como pienso y concibo, quizás erróneamente, toda la comida oriental. Ese plato, acompañado con la respectiva botella de litro y medio de salsa de soya, pueden revivirlo de cualquier mal que le ataque el cuerpo.

El restaurante es sencillo y guarda el toque informal que ya mencioné y que, en ocasiones —esta es una— le da una atmósfera agradable y no artificializada a tu hora de almuerzo. Pagamos, por las dos sopas y el plato de arroz, del que cómodamente pueden comer dos personas, 2.000 bolívares. Terminamos de vainita. Quedamos explotados.

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