ÉPALE328-RECETARIO

POR MALÚ RENGIFO @MALURENGIFO / ILUSTRACIÓN MALÚ RENGIFO

Llega el fin de la quincena, los últimos cuatro días, cuando ya no queda plata. Llegan también las facturas y más atrás llegas tú, cansado de trajinar y con algo de hambre, a casa.

La cocina, a oscuras porque ya ha caído el sol, se baña en un festín de luz que sale de la nevera cuando la abres para ver qué diablos podrás comer, y solo encuentras un huevo, un limón medio arrugado, y una papa de tamaño generoso.

En la alacena, gorgojos raquíticos sueñan con escarbar una bolsita de arroz. Burusitas de cualquier cosa cubren tristes las esquinas que antes fueron ocupadas por paquetes de galletas y laticas de sardina. Cadáveres de hormiguitas cuelgan de las telarañas en las que se suicidaron cuando se acabó el azúcar y, en medio del desolador paisaje de tu estante, encuentras erguido a un señor frasco de aceite al que todavía le quedan cuatro dedos de fluido en su interior.

Mentes apresuradas procederían a freír la papa y el huevo, desperdiciando el limón. Pero aquí somos maestros pelabola, y en un santiamén reconocemos el potencial de los recursos presentes y nos aventuramos a preparar una sabrosa mayonesa para sazonar la papa, luego de ser sancochada.

LA AUTÉNTICA MAYONESA

Primero, vaciamos el huevo completo en la licuadora, sal al gusto y el jugo del limón que tenías en la nevera, y comienzas a licuar. Luego vas agregando el aceite de a poquito, lentamente, en un chorrito finito que permite a la licuadora ir actuando poco a poco sobre lo que va cayendo en su interior. Si agregaras todo el aceite de una vez, la mayonesa nunca se espesaría y perderías el chance de aprovechar los pocos ingredientes que tenías para hacer una comida respetable. Imagínate, te comerías la papa sola. Pobrecito ser.

Cuando ya hayas agregado los cuatro dedos de aceite, deja licuar otro rato hasta que veas que la mayonesa creció un poco y se puso suficientemente espesa. Mientras tanto, espulgas el resto de la cocina buscando algún diente de ajo, un poquito de pimienta, o cualquier otro agregado que le ponga un toque particular al aderezo.

LA PLANTITA QUE SE COME

No encuentras nada ni en la nevera ni en los estantes. Con tristeza miras hacia el infinito, que se ubica más allá de la ventana, y en la ventana divisas la maceta de los tréboles, la única planta que parece crecer sin que la siembren. “Es comestible”, recuerdas porque lo leíste en este recetario varias veces, y procedes a cortar algunos trebolitos.

Lanzas los tréboles, lavados y sin raíz, a licuar junto a la mayonesa, mientras recuerdas cuando leíste que el trébol tiene muchísima vitamina C, y que los pueblos originarios lo utilizaban para aliviar las gripes y como expectorante. Además, el sabor acidito de las hojas quedará muy bien con tu mayonesa, y ni qué decir con la papa sancochada.

¡Oh! ¡Se te olvidó la papa!, la papa hay que ponerla a sancochar antes que todo, para que se vaya haciendo mientras preparas tu muy sabroso aderezo.

Dato adicional: si consigues un trébol de cuatro hojas, tu mayonesa será de la buena suerte.

ÉPALE 328