ÉPALE330-HÉCTOR LAVOE

LA GRAN GLORIA DE ESTE SER QUE “RESPIRABA DEBAJO DEL AGUA” FUE QUE VENÍA CON GENIO EN EL ALMA, LO MÁS PARECIDO QUE EXISTE A UN DIOS. POR ESO NO PARAMOS DE EXIGIRLE LO QUE ÉL NUNCA SE CANSÓ DE DARNOS

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE@JROBERTODUQUE

De todos los elementos o ingredientes necesarios para que un cantante se convierta en referencia e ícono patrimonial de la música y de los pueblos hay uno que los académicos, musicólogos, músicos y demás entendidos ya no intentan siquiera definir, catalogar o someter a ensayo a ver si a todos, o a alguno, se les pegue algo “de eso”. Esa cosa que el Caribe ha llamado tumbao, swing, saoco, filin (por aquello del feeling) y, más imprecisamente, estilo. La negritud afronorteamericana detectó la presencia de ese duende en sus lamentaciones convertidas en canto, y cuando ya la religión hubo secuestrado esa expresión llegó la industria musical y la volvió a secuestrar para, al menos, ponerle nombre, no al duende sino a un género comercial derivado del grito primario y ceremonial: soul. El alma no explica lo anterior, pero al menos es un concepto que nos habituamos a percibir bonito y espiritual.

Eso nos pasa a todos los desconcertados y asombrados de la historia: cuando no encontramos respuestas directas, fáciles o tangibles, entonces acudimos a un misterio para tratar de resolver otro. Tal vez esa presencia misteriosa sí provenga del alma del intérprete poseído, pero como primero hay que saber qué cuernos es el alma, entonces los caribeños lo resolvimos con un poco de humor. De un ingrediente se trata, así que aquí se relacionó el asunto con las combinaciones que dan sabrosura, y por eso la salsa se llama como se llama: los mediodías y los almuerzos eran de Phidias Danilo.

En esto no solo interviene el sentido del gusto; ya sabemos que hay gente que habla, baila, escribe, echa coñazos o culea sabroso. Nada más multisensorial o extrasensorial (como el alma) que el ingrediente que le da orgásmica contundencia a la salsa. Entonces, al no tener un nombre para ese elemento espirituoso, lo designamos con un ejemplo: el genio o la genialidad que enciende y contagia, sin dejarse siquiera nombrar, es eso que logra que una canción de mierda con una letra de mierda, como “El rey de la puntualidad”, se convierta de pronto en una piezota contagiosa e inolvidable.

Es el mismo elemento que hace que, a pesar de no decir nada extraordinario, la improvisación dentro del montuno en la versión Fania de “Isla del Encanto” le dé a la gente de cualquier nacionalidad ganas de volverse puertorriqueño.

Es el mismo dato profundo que ha hecho que el oyente estándar, incluso el melómano distraído, ignore o haya olvidado que las piezas “El todopoderoso” y “Vamo a reír un poco” las compuso el venezolano Perucho Torcat, y se contente con recordarlas como “aquellas canciones de Héctor”.

Es la misma cosa misteriosa que hace que en “Te están buscando” (con Willie Colón y Markolino) uno de verdad crea estar escuchando a un delincuente, o a un bolerista en “Sombras” e incluso a un tanguero en “Consejo de oro”. Probablemente Héctor era todo eso, pero la posteridad decidió recordarlo básicamente como salsero.

De la salsa y su apoteosis le quedaron algunos recuerdos soberbios y más de una amargura, incluida la amargura final de la autodestrucción y el “zape gato, yo de tus huesos no me encargo”. La perversidad de la industria musical lo castigó desde muy joven, y aunque ya se ha dicho bastante sobre la forma en que era utilizado, explotado y estafado por sus ilustres jefazos de la Fania, conviene rescatar sus propias palabras, las que hablan de sus inicios con esa maquila de músicos y con Willie Colón: “En este negocio hay muchas estrellas y poco cielo”.

Héctor sabía entonces que el cielo estaba en otra parte. Lo encontró en el cariño y la adoración de millones de seres humanos que lo queríamos, o decíamos o creíamos que lo queríamos, aunque en realidad le exigíamos lo imposible, como le exige todo fanático, ese comemierda que se cree juez implacable y dueño de una moral presuntamente superior: queríamos que cantara hasta reventarse y que lo hiciera bien así le mal pagaran, le exigíamos que fuera ejemplo para la juventud y no el drogadicto devastado por la angustia que por fuerza era: … no hay tiempo para tristezas: vamos, cantante, comienza.

Ayer, el 29 de junio, se cumplió un más aniversario de su cruel muerte. Y nosotros, aficionados arrechísimos, le seguiremos exigiendo que cante, seguramente por venganza por habérnoslo él pedido a nosotros alguna vez.

ÉPALE 330