ÉPALE331-ENRIQUE BERNARDO NUÑEZ

POR ARGIMIRO SERNA / ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

En las letras venezolanas hay muchos escritores especiales, por muy diversas cualidades. Resaltan, entre ellos, los que se ocupan de temas históricos, con interpretaciones que alimentan lecturas y problematizaciones, como decimos ahora. Si nos permitimos expresar con cancha nuestra fortuna cultural, hay exquisiteces. Escritores depurados, de nivel internacional, que prefirieron nuestra capital y nuestra historia para visionar y precisar, como es el caso de Enrique Bernardo Núñez: un escritor y diplomático tan adelantado, que requeriría su esfuerzo tratar de asimilarlo.

Es sorprendente el acierto o la premonición que lo postula a precursor del “realismo mágico”, incluso antes que el Gabo, con la conexión temporal que hila tiempos discontinuos, buscando explicar propiedades de estas latitudes que el positivismo descarta de antemano, como en su novela Cubagua (1931).

No es poca la importancia de esta premonición; es que, además, incursiona en el género biográfico dejándonos dos grandes obras. El hombre de la levita gris (1941), que descifra, en múltiples anécdotas, a uno de nuestros presidentes más emblemáticos: Cipriano Castro. En 1944 publica una nueva biografía, esta vez centrada en una figura de las artes plásticas: Arístides Rojas, anticuario del Nuevo Mundo. A estas obras se suman el impacto de su ópera prima Sol interior (1918), que lo da a conocer como escritor de talento para el tema amoroso, en un clima de humor muy mesurado.

Signos en el tiempo (1939), Viaje por el país de las máquinas (1954) y Bajo el samán (1963) constan de crónicas y artículos compilados de sus trabajos periodísticos. Después de Ayacucho (1920), La galera de Tiberio (1932) y La ciudad de los techos rojos (1947) son obras emblemáticas, debido a que fueron las de mayor proyección internacional.

Nacido en la ciudad de Valencia, manifiesta su actitud periodística al fundar un diario titulado Resonancias del pasado. Posteriormente, se traslada a Caracas para estudiar en la Universidad Central de Venezuela, donde inicia su carrera periodística, estudios que alternará con cargos diplomáticos. Tras participar en revistas y periódicos, como El Imparcial (entre 1919 y 1920), deja los estudios por su vocación literaria, que demanda cada vez más atención. Eran los tiempos de efervescencia política en torno a la dictadura de Juan Vicente Gómez, con la que se compromete a través de la palabra. Colabora con El Universal, El Heraldo y El Nuevo Diario; y revistas como Élite y Billiken. Llega a dirigir el periódico El Heraldo de Margarita. Trabajó como diplomático en Colombia, Cuba y fue cónsul en Estados Unidos. La revista Crónicas de Caracas fue impulsada por él. En el año 1945 es nombrado Cronista Oficial de la ciudad de Caracas, cargo que alterna con su actividad diplomática hasta su muerte, el 1° de octubre de 1964, en la misma ciudad que inspiró su intensa actividad literaria.

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