ÉPALE332-PERFIL

LA GUERRA DE INDEPENDENCIA FUE PROCLIVE AL LEVANTAMIENTO DE LOS ESPÍRITUS GUERREROS. DESPUNTÓ ESTE “INDIO” COMO UNO DE AQUELLOS QUE, EN EL TRANCE, DESAIRÓ LOS SANTIFICADOS CÓDIGOS DE CLASE DE LOS QUE AÚN HOY TRATAMOS DE INDEPENDIZARNOS

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE@JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN FORASTERO LPA

Frente a la Plaza Bolívar de Carora hay un lugar que la gente todavía no encuentra cómo, o a cuenta de qué, celebrar o deplorar. Se trata del Balcón de los Álvarez, lugar de la casona cuya atracción principal es una puerta rústica añejada, tal vez bicentenaria, en la que puede apreciarse unas cuantas heridas. De esta reliquia, más o menos tasajeada a machetazos, me dijeron durante toda mi niñez que se merecía su elevación a categoría de ícono o fetiche histórico, porque en ese lugar había sido objeto de un atentado el Libertador Simón Bolívar. En 1821, Simón José Antonio dizque pasó por Carora, buscando rumbo a Trujillo, y los godos jalabolas le ofrecieron un banquete y lo hicieron tomarse hasta el agua de los floreros, emborrachándolo y haciéndolo bailar unos valses; episodio que, por fortuna, no fue publicado en Instagram. Andaba feliz Bolívar, pues venía de coronar la victoria decisiva en Carabobo.

En la madrugada, dicen y me dijeron, unos coñastres que permanecían por ahí esperaron que el Padre de la Patria se fuera a dormir su pea y, de pronto, le brincaron encima para tasajearlo como a cualquier becerro o chivo, pero el Libertador tenía ve tú a saber qué habilidades para protegerse de este tipo de ataques y usó la puerta como escudo varias veces, hasta que los agresores perdieron el fuelle y fueron liquidados por los panas de Simón.

Pero no, parece que el real origen de los machetazos fue otro.

El otro cuento: a quien en realidad sí emboscaron y asesinaron después de otra pea, pero en 1823, fue a un sujeto llamado el “Indio” Reyes Vargas. Le cayeron entre varios, y los vergajazos que no le cercenaron el cuerpo le levantaron astillas a la puerta. A un coronel apodado “el Cojo” se le atribuyen la invitación al Indio, bajo engaño, y la emboscada final. Al Indio, quien también ostentaba el grado de coronel, lo detestaban, obviamente, por razones sobre las que es bueno decir un par de cosas.

Juan de los Reyes Vargas era su nombre, y con él pasó lo que les pasó a casi todos los excluidos de nuestra historia: originalmente patriota o a punto de declararse como tal, porque inició la carrera de las armas a las órdenes de un señor prócer llamado Francisco Rodríguez del Toro; cuando se dio cuenta de la clase de engreídos mamagüevos que eran los godos y mantuanos, quienes aspiraban arrebatarle el poder a la Corona, saltó la talanquera, pero no en busca de la bendición del rey, sino en busca de sus armas. Reyes Vargas era hombre de guerra y, para eso de combatir, aristócratas andaban repartiendo por ahí unos fusiles que le roncaban bello, bajo la condición de jurar que se estaba peleando para la gloria de Fernando VII. Entonces fue bautizado realista. Ah, coño, pero cuando aquellos prohombres de 1810 se declararon Junta Defensora de los Derechos del propio Fernando VII nadie los llamó realistas, sino hábiles manipuladores de las circunstancias históricas.

Lo cierto es que Reyes Vargas entró en la guerra hacia 1812 y, acompañado de un montón de mestizos y malandros como él, se adueñó de los territorios aledaños a Carora hasta la no tan cercana Siquisique. Nada que pareciera un ejército se movía por esos peladeros sin que el Indio y sus locos armados con flechas, y después con plomo y pólvora, les amargara y los destruyera sin piedad. Caerse a tiros y a coñazos en un friíto sabroso ya es una cosa pesada; imagínense ponerse a descuartizar bichos rabiosos en esos bosques de tunas y resequedades ardientes.

La venganza de los pobres y los diminutos, pero corajudos, indígenas axagua fue la conversión de este líder natural en jefe de toda Carora: los ricos tenían que pedirle la bendición y tratarlo con respeto si querían salvar el pellejo, y esas cosas no las han perdonado nunca los ricos.

Indestructibles en su territorio, ese semidesierto donde es fama que aparece el diablo, uno de los combates más memorables de Reyes Vargas y su gente fue aquel donde sitiaron y obligaron a Rafael Urdaneta a huir despavorido, con todo y sus charreteras y su enorme prestigio, más o menos del tamaño del puente que lleva su nombre. Cuando en 1821 decidió no seguir combatiendo para unos españoles, que le sabían a mierda, y Bolívar aceptó que peleara en el bando patriota, siguió Reyes Vargas transitando de victoria en victoria. Pero las muchas derrotas y humillaciones sufridas por los godos y patriotas en nueve años de enfrentamientos no podían quedar borradas así, sin trámite, nomás porque Bolívar lo ordenara. Además, ya en Carora todo el mundo hablaba de la faceta mundana del semidiós Bolívar: Simón el borracho y bailarín, Simón el que se enfermó del estómago por andar tomándose un licor que llaman “resbaladera” como si fuera pepsicola y después vinieron sus edecanes a culpar a la doña que le preparó la comida, bajo la acusación de haberlo envenenado.

Nada: Bolívar daba órdenes pero el odio clasista dicta otras. Reyes Vargas tal vez se merecía esa muerte violenta, pero no que haya sido borrado de la historia de los héroes del pueblo.

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