ÉPALE335-SOBERANÍAS SEXUALES

POR NIEDLINGER BRICEÑO PERDOMO • @COLECTIVATEJEDORA / ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

“Hay que endurecerse sin perder jamás la ternura”, esta frase del Che Guevara me lleva a pensar en lo endurecidas que podemos andar las feministas en todos los espacios donde hacemos vida, una dureza que a veces nos pone a la defensiva. Vamos adoptando un escudo para esquivar y protegernos y unos guantes para atajar y lanzar coñazos a las múltiples expresiones machistas que marcan nuestras historias y nuestras vidas.

Pero también es cierto que ese endurecimiento no nos quita la ternura, no nos quita las ganas de sentirnos, abrazarnos y acariciarnos, ese derecho de amarnos y cuidarnos entre nosotras mismas. Nuestras prácticas han estado enfocadas en, primero, contenernos desde lo íntimo, desde lo personal, que no deja de ser un sentir colectivo; y, luego, pensar cómo expandir todo lo que fluye de esa sororidad, para que todas tengamos la virtud de vivirla plenamente.

En febrero de este año fuimos, una vez más, a la comuna socialista El Maizal en el estado Lara, pero en esa oportunidad nos llevamos a compañeras y compañeros de la Brigada Internacionalista Che Guevara, precisamente en el marco de la Asamblea Internacional de los Pueblos. Ellxs, militantes de distintos países, venían con muchas ganas de conocer la experiencia de organización comunal y, por supuesto, fue la oportunidad para socializar prácticas amorosas, afectivas y políticas que nos guarda esa tierra con aroma a maíz.

Me refiero a los baños colectivos, así los bautizamos en la colectiva Tejiéndonos Mujeres. En ese lugar, cuando cae la noche y miles de estrellas nos arropan, las condiciones apuntan a disfrutar un rico baño entre mujeres, donde más allá de preocuparnos por quedar frescas y limpias, nos ocupamos permitiendo masajearnos, admirarnos, sentirnos, confesarnos, cantarnos, danzarnos, reírnos un montón y hasta gritar cuando los sapitos nos interrumpen nuestra mística. Es más o menos como lo que fluye en un círculo de mujeres, pero en el escenario de las caballerizas del predio de Torrellero, estado Lara.

No solo desnudamos nuestros cuerpos, sino que también desnudamos nuestra cosmovisión; nos mostramos tal y cual somos, una mística que no ameritó producción previa, pues la improvisación hizo del momento un espacio sororo que disfrutamos al máximo porque creemos que, entre mujeres, nos comunicamos en una clave que todas entendemos.

En la diversidad nos encontramos y nos hicimos cómplices de nuestras historias que, aunque con cargas culturales distintas, no estaban tan aisladas unas de la otras. Desde la intimidad fuimos entendiendo nuestras luchas feministas en países como Chile, Argentina, Cataluña y Venezuela. Afloró la ternura, que no podemos darnos el lujo de soltarla cotidianamente, sino que la reservamos para contenernos y ayudarnos a descoser y coser nuevamente nuestras historias y nuestros cuerpos.

Creo preciso resaltar que este ejercicio refuerza la idea de entender nuestros cuerpos como territorios políticos, esos cuerpos que son parte de una comunidad y que se relacionan entre sí. Esos cuerpos que muchas veces no son aceptados por nosotras mismas y que intentamos ocultarlos por no parecer “perfectos”.

Hace poco una brujita argentina nos decía que “los hombres están pasando de moda”, entendiéndo que muchos de ellos utilizan sus privilegios más perversos para relacionarse sexualmente con una. Y yo agrego que si no empiezan a pensarse de manera colectiva, el feminismo los obligará a hacerlo. Esto lo confirmo cuando, al escucharnos a todas en aquellas caballerizas, desbordadas de intensidad y pasión, uno dijo: “Si a nosotros se nos ocurre lanzarnos esos baños colectivos estoy seguro que empezaremos a comparar y medirnos los penes.

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