ÉPALE336-TRAMA COTIDIANA

POR RODOLFO PORRAS / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Lo mejor de cualquier obra de teatro es aquello que no está a la vista. Creo que es lo mismo en una pintura, una coreografía, una canción, una construcción arquitectónica, un poema, una escultura. Toda expresión artística está hecha con múltiples intenciones, en muchas direcciones, generando numerosos significados y adquiriendo variados sentidos.

Cualquier obra de teatro habla, en principio, sobre el teatro mismo. Cuenta una historia y habla de la cultura, la ideología, la conciencia que la generó. Indaga en cómo actúa el bien y el mal dentro de ella. Es decir, nos habla de ética, de filosofía del ser y del no ser. Habla de nosotros inmersos en una realidad que, al igual que el arte, tiene una verdad subyacente, difícil de explicar, pero que es reconocible.

Tanto en nuestra vida cotidiana como en el teatro, lo aparente, lo que está frente a nuestra percepción no es mentira, pero tampoco es enteramente lo real.

Todo el mundo sabe (no es que hay alguien inocente que cree en la buena fe de las transnacionales y de los Gobiernos a su servicio, como los de EEUU, España, Alemania, Francia, etcétera); todo el mundo sabe, digo, cuáles son las intenciones del asedio a Venezuela. Entonces, podría decirse que ahora sí, que las cartas están echadas y de cara al cielo. Pero esa es la percepción y la apariencia. Este ataque despiadado a Venezuela tiene muchas capas y lecturas subyacentes. Desde imbéciles nacidos en Venezuela, que se creen mejores que sus connacionales y por ello asumen el derecho a condenarnos; pasando por un mundo en ardua batalla por ejercer el poder en el nuevo orden mundial, o por boberías insignificantes como la vanidad o un viejo rencor, pero que podrían costar la muerte de miles de personas; hasta llegar a dinámicas económicas, sociales y culturales tan profundamente engranadas que parecieran naturales y que obnubilan la capacidad de frenar sus mecanismos.

Esto sobre el asedio terrorista de las transnacionales cuaja exactamente igual en tramas como las de La lección de Ionesco, De cómo el señor Mockinpott pudo liberarse de sus padecimientos de Peter Weiss, Luces de bohemia de Ramón María del Valle-Inclán, Profundo de José Ignacio Cabrujas y Las torres y el viento de César Rengifo. Cualquier obra responde a estructuras que no están a la vista, solo las consecuencias están allí. Es el espectador a quien le toca destejer el entramado sobre el escenario.

Y ahora que el asedio contra Venezuela ya no se disfraza con excusas humanitarias o de justicia, nos toca develar las otras terribles capas que esconden estos hijos de putas. Nos va la vida en ello.

ÉPALE 336