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EL HERBOLARIO POPULAR ES UNA TAREA PENDIENTE, Y URGENTE, FRENTE A LA CRISIS ECONÓMICA. SE RECURRE A ELLA EN UN REDESCUBRIMIENTO DE LOS PODERES INFINITOS DEL MONTE

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / FOTOGRAFÍAS MICHAEL MATA

Hubo una época, en la prehistoria culinaria y sanitaria de un ciudadano medianero como yo, que un pasticho de berenjena era una afrenta a la memoria sagrada del colesterol. Cualquier monte, sugerido o presente en algún plato de almuerzo, era un insulto merecedor de duelo.

Un guarapo de malojillo, yantén, toronjil o un “remedio” casero de esos, era rebajarnos a la condición más primaria de la especie humana. El color verde nos deprimía, porque entre otras cosas nos recordaba la sopa de espinacas que nos obligaba a comer mamá, por aquello de adquirir poderes como los del maldito Popeye “el marino”.

Dejó de ser ofensivo e insultante cuando la crisis nos dio en la madre, y nos obligó a voltear, literalmente, hacia la raíz.

Caracas vive un auge de oferta y demanda de insumos botánicos

Caracas vive un auge de oferta y demanda de insumos botánicos

Algo hemos aprendido de la guerra económica, esa que el llanto popular atribuye a la ineficiencia del gobierno o al empeño del empresario apátrida que mama de los dólares oficiales para luego fustigarnos con sus esfuerzos por desestabilizar al gobierno. Y es que el monte alimenta y salva.

En palabras de Adriana Herrera, militante de iniciativas alimentarias alternativas como La Alpargata y la Feria Conuquera, debemos pensar en nuestras abuelas: “Primero, hacer memoria, conectarnos con la materia y ver con ojos nuevos. Deslastrarse de aquello de que lo más caro es lo mejor”.

¿Muy jipi? Quizás. Pero práctico y lógico en medio de la vorágine de precios imposibles y maniobras salvajes del comerciante (formal e informal) que alejan la alimentación y la salud cada vez más de nuestras maltrechas carteras.

Diabetes, gases, quistes, taquicardias, espolones, se curan también

Diabetes, gases, quistes, taquicardias, espolones, se curan también

Por ejemplo, cualquier hipertenso como yo (quién me manda a no hacerle caso a la vieja y no querer espinacas) padece un calvario en la Venezuela de hoy. Ubicar, y de paso adquirir, un medicamento de esos que termina con el sufijo “tan” puede terminar en frustración. Uno acaba caminando sobre el filo de la navaja, oscilando entre un accidente cerebrovascular y un infarto, tanto por la enfermedad como por la sorpresa del precio de cada nuevo día: un blíster de 14 grageas llega a sobrepasar el precio de 500 mil bolívares, lo que costó un apartamento de 75 metros cuadrados, tres habitaciones y dos baños hace solo 6 años y 8 meses en una urbanización de Guarenas.

Un manojo de hojas de guanábana vale 5 mil bolívares, y sirve para lo mismo, pero no es lo mismo.

LA ALQUIMIA VEGETAL

Berta Torres, con los poderes consagrados por la materia vegetal, sabe algo que uno no sabe: esa vaina hay que saber dosificarla. No es lo mismo zamparse una pepa y dejarse llevar por los efluvios artificiales de la química y su ciencia —bajo la directriz de un doctor—, que prepararse un tecito con fe y esperar a ver qué pasa.

Ni es bruja ni anda ofreciendo salvar a nadie, sino que tiene un puestico exuberante en la esquina de Colimodio, cerca de la Clínica Razetti. Allí distribuye los montes más buscados, diagnostica males menores, orienta al enfermo sobre ciertas fórmulas magistrales para resolver dolencias, y asiste al hambriento con orientaciones sobre la pira, que Roberto Díaz —un piramaníaco— sabe preparar de cuarenta formas distintas, para saciar a cualquiera. Berta tiene un acopio suficientemente extenso de testimonios de personas que han sanado todo tipo de dolencias, incluyendo el cáncer.

HAY QUIEN AÚN SUSPIRA —YO TAMBIÉN, Y ME AVERGÜENZA— CON UNA CANILLA REBOSANTE DE DIABLITO CON MANTEQUILLA DERRETIDA, REMOJADA EN VARIOS ZARPAZOS DENTRO DE UN VASO CON COCA COLA CHISPEANTE

Aída Luqueño Díaz, cocinera por devoción y oficio, encargada de cocinar, investigar y enseñar desde el restaurante Naturlandia, en Los Dos Caminos, nos habla de los orígenes: “Desde tiempos prehispánicos, encontramos en nuestras culturas originarias una alimentación vegetariana. Ejemplos son la famosa y deliciosa arepa y el casabe que vienen desde estos tiempos. Cuando llega la colonización y su ‘civilización’, es cuando ya entra de manera brutal la carne y otros alimentos como el trigo, que desplazan a nuestros alimentos originarios, a los cuales también se les resta valor, si pudiera decirse moral, y se sobrevalora a los alimentos europeos, hasta convertirlos en símbolo de estatus”.

Una de las trampas de la nostalgia nos remite a los recuerdos culinarios más barrocos en una Venezuela parcialmente enceguecida por los espejismos: hay quien aún suspira —yo también, y me avergüenza— con una canilla rebosante de diablito con mantequilla derretida, remojada en varios zarpazos dentro de un vaso con coca cola chispeante.

Quinta Crespo es un paraíso para los yerbateros

Quinta Crespo es un paraíso para los yerbateros

Cómo se le iba a ocurrir a nadie, en aquella Venezuela de bonanza embriagante, que un monte molesto por silvestre (la pira) iba a tener mayor valor proteico que la leche y más nutrientes que la soya y el trigo, y que en medio de esta crisis puede alimentar tanto o más que la carne. “Contribuye enormemente a la alimentación por la gran cantidad de proteínas, vitaminas y minerales que posee; gran parte de la población ni siquiera la conoce, se perdió la conexión cultural que había con ella, debido a la discriminación hacia nuestras culturas madre. Así sucede con las hierbas de uso medicinal que, por supuesto, debemos tener un conocimiento de ellas para usarlas con responsabilidad, estos son los principios activos de muchas medicinas químicas”, nos puntualiza Aída, de origen mexicano, país cuya variedad gastronómica fue declarada en 2010 patrimonio inmaterial de la humanidad.

Angélica López, desde su puesto cerca de la estación del Metro de Bellas Artes, nos habla de los poderes milenarios de la cúrcuma, sangría, orégano, fregosa, chaya, verbena, mapurite, yagrumo, suelda con suelda, eucalipto, alelí, verdolaga, cundiamor, romero, indio desnudo, guásimo y el jengibre.

José Pérez, en los intersticios del mercado de Quinta Crespo, nos comenta con labia de internista las bondades de la sangría, el pelo’e negro, cadillo pata’e perro, cola’e caballo, la penca y la tapara, con facultades milagrosas como la mano de Dios.

Al final un acto mágico nos revela el efecto esotérico de los ciclos naturales: Berta Torres envuelve un ramillete de romero con una hoja del diario Ciudad CCS. Dicen que sirve para atraer la buena suerte, amores sinceros y la felicidad.

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