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POR CARLOS COVA @CARLOSCOBERO

Distanciarse del objeto de observación permite a veces comprender por qué nos atrae. Tomar perspectiva frente a lo que nos absorbe resulta especialmente recomendable en el caso de la televisión, dada su proverbial capacidad para seducir mentes inertes. El objetivo principal del crítico es ese: despertar con un chasquido al espectador hipnotizado o víctima de encantamiento. Este “antimago”, sin embargo, debe someterse él mismo al influjo pernicioso de ciertos programas de manera de encontrar el antídoto desde adentro del monstruo.

Pero no es la única razón para sumar a su tarea el visionado de obras de toda laya. Dado que el acervo audiovisual de la humanidad semeja un edificio construido de arriba hacia abajo, en el que los ejercicios más inspirados —las llamadas obras maestras— se alzan en la parte superior y el enorme cúmulo de producciones menores va engrosando su base, cada ladrillo suma. Sin saber a qué parte del bloque quedará unido finalmente un elemento, puesto que el edificio no termina de afirmarse nunca, cada obra, por despreciable que sea, tiene valor. Este examinador conjetura ese valor, lo sopesa con el paso del tiempo, reivindicándolo si alguna vez lo menospreció, renegando de él si antes lo ponderó. Su deber es no dormirse en los laureles, volver la vista atrás. Desdecirse.

Mirar televisión resulta quizá la más cómoda de las tareas, por lo que cada persona con un “aparato receptor de televisión” (como gustaba decir al narrador Alí Khan) es potencialmente un crítico; pocas labores en el mundo cuentan con tal cantidad de aspirantes. No hay que dejarse engañar, sin embargo, por esos otros que persiguen obras para enjuiciarlas. Son cazadores de cabezas, balleneros, vedetes de la crítica. Emitirán su criterio y seguirán a la caza de nuevas especies. Su opinión es un dictamen. Una crítica más compasiva, en cambio, dará aire a los programas de modesta producción para que puedan ser, primero, y sorprender, después.

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