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CASI 60 AÑOS DESPUÉS DE SU APARICIÓN EN LA ESCENA MUSICAL, LA BANDA INGLESA SE MANTIENE EN EL IMAGINARIO DE LOS PUEBLOS SIN DISTINCIÓN ALGUNA, GRACIAS A ESE “DUENDE” DOTADO DE UNIVERSALIDAD QUE ADMITE, INCLUSO, UNA TREGUA EN LA LUCHA DE CLASES

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO ⁄ FOTOGRAFÍAS ARCHIVO

Para Abel

Comenzaba la década de los 90 cuando tomamos la radical decisión de ponerle fin a un fanatismo alienante: Los Beatles. Recién ingresábamos a estudiar Comunicación Social en la UCV y ya nos estimulaban las ideas propias del espíritu universitario, que facultan a la juventud para oponerse al sistema y sus armas de seducción, con todo lo que ofrece la industria del entretenimiento. Hasta entonces había sido un seguidor frenético de la banda inglesa, que se separó en los días en que yo apenas nacía, a la que me había entregado con fe ciega desde los 8 años, cuando, en diciembre de 1980, mi primo Abel Peralta llegó aturdido a casa de mi abuela, en Catia, blandiendo el diario con una trágica noticia: John Lennon había sido asesinado a tiros en Nueva York.

Desde aquella vez, alentado por la desazón de mi primo y por una curiosidad morbosa por las cosas fatales, me dediqué a hurgar, como el niño sorprendido que fui (y soy), el desenlace de Lennon y, en consecuencia, su epopeya junto a los otros tres músicos de Liverpool (Reino Unido), quienes transmitieron a la humanidad una nueva manera de entender la música. A partir de ese hallazgo casual, se abrió un océano de emociones desconocidas, con el aliciente del sabor dulce que cada nueva (vieja) canción le daba a mi vida. Fue un viaje maravilloso que me abrazó compasivo, desde mi más tierna infancia, con las estrofas y los riff de She Loves You hasta Let It Be, desde Come Together hasta I Am the Walrus, las que conocía al pelo, así como las inflexiones vocales y los silencios abruptos de las rústicas primeras grabaciones del sello EMI. Cuando llegó la etapa de la masturbación y de comprar mis propios acetatos (eran placeres intercambiables) recuerdo llegar al colmo del ahorro: medio a medio de la mesada semanal, y algún sobrante robado de la gaveta de los billetes de papá, para desplazarme a la discotienda más cercana a hacer la maravillosa adquisición del disco que se dejaba abrir como una virgen insaciable, cuyo aroma adictivo del plástico daba paso al prodigio del vinil pastoso que me ponía a soñar con las ensoñaciones hipnóticas de Yesterday o A Hard Days Night”.

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PURO DUENDE

Era un acto solitario, del cual me sentía apenado, hasta que pillé a unos vecinos jiposos desmigajando sus tardes en hondos sopores Beatles como parte de un rito sospechoso que, poco a poco, se fue multiplicando a mi alrededor para descubrir, finalmente, que se trataba de una admiración más bien universal hacia el sonido adhesivo de esos músicos del pasado que le agregaron a la vida rostros de buena gente; letras que hablaban de paz y amor, buena vibra, melenas batientes al viento, con adeptos desde la India hasta Groenlandia, de Catia a Caricuao, por donde me movía entonces.

A toda banda, desde los 60 para acá, se le endilga calidad según se acerque o no a la brillantez de Los Beatles. A los músicos de casi todas las tendencias desde el rock a la salsa, del jazz a la electrónica (reguetón no, definitivamente) les satisface el sonido si se acerca a la calidad armónica y el embrujo melódico de los acordes Beatles. Y no por un asunto de calidad extrema o perfección, sino por la belleza inexplicable con rumor de sangre (que señalaba García Lorca para describir al “duende” del verdadero arte, más allá de su estructura formal, de su ángel o musa). Incluso, aunque tuvieron grandes carreras por separado, nada nunca fue igual a cuando se juntaron los cuatro, con ansiedad postadolescente, a componer sus temas ramplones.

Desde que apareció su primer sencillo, Please Please Me, en 1963, alimentaron con una vocación, quizás real, quizás prefabricada, el alma de millones, de varias generaciones que hasta hoy suspiran alguna frase ininteligible de Yellow Submarine o militan en las causas ecuménicas gracias a All You Need Is Love. Cualquier músico, de la camada que ha entretenido nuestros corazones en los últimos 60 años, ha agradecido su existencia; y si bien algunos han vertido críticas resentidas (Quincy Jones decía que eran los peores músicos del mundo y los Rolling Stones que se pasaban de empalagosos), esas reservas fueron tan ínfimas que terminaron diluyéndose en el inodoro del tiempo.

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¡DÍGAME SI LA CANTA OSCAR!

Sí, algunos han superado sus hitos estadísticos: Drake, un rapero canadiense, logró colocar en julio del año pasado siete canciones entre los diez primeros puestos de la lista hot de la revista Billboard, superando a la banda que en 1964 ubicó, simultáneamente, cinco temas en la principal lista de popularidad musical en EEUU. En 2014 ya lo había hecho Justin Bieber (¿alguien lo recuerda?), al colocar 17 canciones en la lista de las 100 durante una sola semana. Los Beatles ya lo habían hecho con 14. Pero nadie supera el hecho de que las canciones de John, Ringo, Paul y George son las más versionadas por distintas bandas o solistas del mundo entero, algunas, incluso, más logradas que las originales, como la exquisita “Across the Universe” (mi canción favorita en la vida) de Fiona Apple, o la megaguapachosa  Lady Madonna de nuestro Oscar D León. Como prueba de su trascendencia infinita hay covers hechos en japonés, noruego, finlandés, vietnamita, ruso, etc. Vacílate, cuando puedas, la versión de Eight Days a Week de la cantante china Connie Chan Po-chu. Es más: no conozco a nadie a quien no le gusten Los Beatles.

Por eso, mi intento de retiro de la beatlemanía vino acompañado de un traspiés y una reflexión: presumido joven universitario, había decidido encausarme en la canción necesaria (en aquellos años de música protesta) y me decanté por Alí, la Nueva Trova, Serrat, quienes se quejaban, con razón, de las injusticias del sistema de dominación imperial y la negación de nuestros aportes culturales desde la periferia. Hasta que el cubano Silvio Rodríguez, sin querer queriendo, me cantó al oído aquella línea de su tema de 1992, Quién fuera: Quién fuera ruiseñor, / quién fuera Lennon y McCartney, / Sindo Garay, Violeta, Chico Buarque, / quién fuera tu trovador. No solo me hizo llorar y me puso a pedir perdón, arrepentido, con Silvio aprendí que la lucha de clases también merece sus treguas.

Yo, que con cinco birras en el güiro soy capaz de desmembrar mi malograda humanidad perreando con Despacito, siguiéndole el paso a un enjambre de carajitas que ya empiezan a verme como viejo verde y baboso intentando seducirlas con arrojo suicida, puedo decir que sí tuvo sentido la vida: crecí, y moriré, escuchando a Los Beatles.

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