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POR MIGUEL POSANI • @MPOSANI / ILUSTRACIÓN FORASTERO LPA

Desde pequeños nos enseñan, de múltiples formas, a identificarnos con nosotros mismos, a tener criterios propios, a elaborar una perspectiva que siempre es personal, a defender nuestro punto de vista y a enraizarnos en nuestra perspectiva; claro, en esta vida de lucha, de competencia, de combate frente a todo no importa si es por sobrevivir o por alcanzar el tan cacareado “éxito”, lo importante es que nuestra perspectiva sea “vencedora” frente a la de los demás.

Pero no nos damos cuenta que esta posición es egoica y egoísta, y no la vemos porque todo se construye desde este juego de competencia, de ganar, de sobrepasar a los demás. Lo natural es ganarles a los demás; y, si no lo compartes, entonces eres un tonto.

Esta perspectiva es avalada por creencias como la preponderancia del más fuerte y una visión de la evolución biológica que dice: “Solo el más fuerte y más preparado puede sobrevivir”. Visión estúpida que, además, es miope y egoísta porque no observa la solidaridad colectiva, el amor, la compasión ni la empatía por los demás, por el otro que es diferente y piensa diferente.

A esto podemos sumarle toda esa serie de creencias estúpidas, que se trasmutan en pseudoverdades, como “Dios está con nosotros y en contra de nuestros enemigos”, que se escucha siempre cuando los ejércitos van a combatir y cuyo corolario máximo es el de los judíos, quienes se creen el pueblo elegido de Dios, ¡tremenda estupidez! Pero que es muy útil cuando se somete, en el caso de los sionistas, al pueblo palestino a los mismos métodos de los campos de concentración, sin sentir culpa. Humanidad loca o, mejor dicho, seres humanos sin humanidad.

Así, vamos por el mundo reventando cabezas y corazones para imponer nuestra perspectiva que, al imponerse o reafirmarse, nos reafirma que estamos en lo cierto, que tenemos razón y, por ende, nos tranquiliza o, mejor dicho, tranquiliza nuestro ego.

Lo observamos en las discusiones, en la lucha por quien tiene la razón respecto a cualquier cosa, lo cual no nos distancia nada de las luchas infantiles, salvo que los niños no usan armas.

Tal vez, después de leer esto, la próxima vez que discutas sobre cualquier cosa —sin importar lo crucial que es para ti el argumento o situación sobre la que discutes—, te dé un atisbo de consciencia, te detengas, te observes y salgas de ti, de tu visión particular y escuches al otro, generes una pausa, pongas en discusión tu “verdad” y trates de entender la del otro, las de los demás —creo que eso se llama empatía— y comiences a buscar puntos de contacto y unión. Porque, a final de cuentas, todos nos vamos a morir y tus verdades se van a desintegrar como tu cuerpo, sin que quede nada.

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ÉPALE 305 

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