Adiós, muchachos (II)

Por Humberto Márquez / Ilustración Julietnys Rodríguez

Hay tres tipos de afecto en esta historia, según Jaime Muñoz Vargas: “El amistoso, el filial y el amoroso. El personaje narrador atraviesa entonces, ya con mera nostalgia, por todo aquello que alguna vez colmó su corazón. El Morocho canta esto como cantó todo lo que cantó: perfectamente”.

De las distorsiones en la letra, un tal Eugenio Rondinella hace una letra carcelaria en italiano —se refiere a la despedida de un hombre que va a estar preso un año—, que no tiene nada que ver con la de Vedani, aunque lo canta muy bien Milva, “una tana aporteñada”, como le dice Roberto Selles en Todo tango...

La primera grabación fue el 10 de septiembre de 1927, por Agustín Magaldi, con guitarras. El 27 de febrero de 1928 lo registró Ignacio Corsini y el 26 de junio lo hizo Gardel en París, donde fue un verdadero suceso, incluido el año siguiente, como reseñó Héctor Ángel Benedetti.

Cuenta Vedani: “En la noche de mi llegada a París fui a visitar a Gardel a su camarín del Dancing Florida, donde actuaba; esa noche su número también formaba parte del teatro anexo, donde había un gran acontecimiento, La Fiesta de las Artes (…) En el camarín, Barbieri, Ricardo y Aguilar templaban las guitarras. Carlitos afinaba la voz y los últimos toques a su pechera y su smoking mientras me preguntaba por los amigos de Buenos Aires. El camarín daba por un ventanal al teatro y se veía la sala muy animada (…) De las galerías altas arrojaban serpentinas y globos. Sonaban matracas cuando Gardel pisó el escenario. Yo me quedé anhelante, viéndolo en el círculo de luz del foco con sus acompañantes y disponiéndose a cantar en aquel fondo confuso de murmullos y ruidos. Pero a la primera estrofa del tango se apagaron los ruidos y enseguida se acabaron los murmullos; y después que lo escucharon en un silencio impresionante, la ovación hizo temblar el teatro”.

Era el milagro llamado Carlos Gardel.

EPALE 384