Reportaje pàra la revista Épale CCS

LAS BARBERÍAS AL AIRE LIBRE HAN PROLIFERADO ÚLTIMAMENTE. NO QUIERE DECIR QUE SE TRATE DE UN NEGOCIO NUEVO: ENTREVISTAMOS A UN PAR DE VETERANAS Y A UN JOVEN BARBERO EN PLENA INICIACIÓN

POR ANDER DE TEJADA • @EPALECCS / FOTOGRAFÍAS MICHAEL MATA

LILIBETH PLAZOLA. PLAZA LINA RON

Las tijeras suenan, las máquinas se preparan, el trabajador no entiende de espacios cerrados. De hecho, así nos lo afirman los que asisten a la barbería de Lilibeth Plazola y de su hermana Anseli Avendaño: “Aquí uno está al aire libre, con el ambiente tranquilo. Generalmente uno viene para acá y se reúne con gente agradable, con quien entabla buenas conversaciones, que tienen sentido. Habla sobre la patria, sobre Venezuela, el proyecto. Yo me siento cómodo aquí. Una dinámica distinta a las de las barberías normales’’, dice Ángel Huice, sentado en la butaca, sintiendo las manos de Lilibeth pasando por sus pelos gruesos y negros.

“Yo no hablo mucho pero las muchachas son cariñosas y me tratan bien’’, recalca.

Lilibeth aprendió a cortar pelo gracias a las enseñanzas de su mamá, Bertha González, quien fue la precursora de la barbería al aire libre que en este momento tenemos enfrente. Está ella, con la máquina encendida, podando cabezas masculinas y, sobre todo, de personas de tercera edad, por el bajo precio de 2.500 bolívares. Por eso, por esa magnífica mezcla del bajo precio con el buen ambiente, el asiento más cercano de la plaza está convertido en una fila inmensa de adultos mayores esperando su turno. Unos hablan, unos leen periódico y otros miran hacia el cielo sin mostrar señales de angustia, como si entendieran perfectamente lo que hay que hacer para vivir tranquilo.

Aquí no hay espejos. No hay luces. No hay sonidos de secadores de cabello ni olores a químico ni una batea para los lavados previos. Acá, en la plaza Lina Ron, los cortes se hacen rápido y se hacen bien y nadie se preocupa por apurar al otro. El señor que sigue se para lentamente, como debe ser, y se va caminando hasta la silla para sentir las yemas de los dedos de Lilibeth manipulando la dirección de su rostro. La máquina se enciende. Lilibeth habla sin dificultad mientras maniobra.

Todo está tranquilo. En la plaza no se escuchan los carros. Y la máquina, que bien sabemos es inorgánica, suena como un insecto más.

ANITA URDANETA. PLAZA LINA RON

“Esta barbería la inicié yo en el 1998, cuando Chávez llegó al poder, allá abajo en el cine Rialto. De ahí, en la medida en que han modernizado los cines, me han ido moviendo hacia arriba. Ya tengo cinco años aquí frente a la plaza’’.

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Anita Urdaneta a tijera limpia, su especialidad

Anita se coloca una mascarilla para proteger su salud mientras corta el pelo. A pesar de estar a pocos metros de su colega Lilibeth, no compiten por la clientela ya que cada una tiene una especialización distinta: aquella solo utiliza máquina; Ana, únicamente tijera. La pone a comer pelo. El sonido metálico acompaña su voz. Indica que, en ocasiones, periodistas han ido a grabar el sonido de su herramienta. Tras decir eso pone el instrumento a trabajar y se puede oír, por instantes, como la percusión más bonita del mundo.

Sentado debajo de ella, otorgándole su cabeza, está un señor con poco pelo y con una afinidad por la tijera: “Yo vengo del otro lado de la ciudad. Prefiero este tipo de barberías porque, primero, ella se toma su tiempo, el servicio es excelente, conversas y ves el paisaje. Si estuvieras metido en una barbería común y corriente estarías encerrado. Aquí ves de todo: gente que pasa, gente que se detiene a hablar, gente que habla de política, este señor que está vendiendo cosas. Y, además, el precio es solidario’’.

Anita aprendió a cortar pelo a mediados de los 60 gracias a un curso realizado en el INCE, pero no se dedicó a eso sino hasta hace 19 años, cuando pudo lograr levantar la barbería nómada —hoy asentada— en donde nos parábamos. Después, con el establecimiento de las misiones, pudo obtener su título de bachiller y completarlo con un intimidante título de abogada.

—¿No haces consultas legales mientras cortas el pelo? —pregunta Michael.

Todos se ríen. Ella, el señor y yo.

Después Ana dice que no tanto así como consultas, pero que la conversación —cosa que le encanta del oficio— se va concatenando al punto en que, a modo terapéutico, la gente comparte sus problemas. Ana recomienda desde su experticia. Ana sabe de pelo, de tijeras y de cortes clásicos, pero también sabe de derecho y de lo que ocupa el postgrado que realiza hoy día: derecho tributario.

Después escuchamos otra vez los sonidos metálicos de las tijeras mientras se terminan de hacer las fotos. El señor sigue hablando del maravilloso trabajo. Recalca todo lo que dijo anteriormente y pide, casi añorando, que se le dé la importancia debida al oficio. Pide que vuelva la formación dedicada de los barberos. Pide que vuelvan los cursos en el Inces y los profesores italianos. Pide tanto que, de pronto, su discurso cierra con la flor más linda que le podía echar a Anita:

Junto al módulo de Barrio Adentro, salud e higiene en la avenida Panteón

Salud e higiene en la avenida Panteón

—Eso, lo que ella hace, es arte.

ERICSON MILLÁN. AV. BARALT

“La cuestión se nos ha puesto dura en las peluquerías. Una silla alquilada te está costando 80.000 bolívares semanales. Y uno tiene que comprar hojillas, tiene que comprar talco. Yo, por ejemplo, soy un barbero al que le gusta atender bien a sus clientes: echarles su cremita, su espuma y que se vayan satisfechos’’, relata.

Ericson lleva ocho años cortando pelo. Su escuela fue la experiencia familiar conjugada con la curiosidad y un muñeco de ensayo al que llama hermano menor: lo agarraba, recalcaba su autoridad y le pedía que se dejara afeitar. Así fue, poco a poco, perfeccionando la técnica, hasta tener las dotes que nos demuestra en la cabeza de un cliente nuevo que le confía su pelo para un corte moderno: el pelo largo arriba y un degradado descendente que parece la degradación perfecta en la estela de un objeto incendiado.

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Un espacio rescatado, donde la pulcritud obliga

La barbería al aire libre en donde nos paramos no está rodeada del ambiente sereno de la plaza Lina Ron sino de la tensión normal de una de las avenidas más importantes y transcurridas de Caracas. Apenas llevan tres semanas aquí. Millán comenzó con un socio, bajo una lona improvisada, después de que los dos decidieran no seguir trabajando en barberías. El único problema ahora es el de conseguir los papeles para terminar de legalizar el asunto. Hasta ahora las autoridades de la alcaldía no le han hecho reclamo alguno, pero saben que es una situación posible. Hay otros casos existentes de barberos al aire libre que son amedrentados por las fuerzas policiales debido a la ausencia de permisos, cosa que solo le trae beneficios individuales al funcionario que aplica la fuerza. No se toma en cuenta la cantidad de beneficios que una barbería así le trae a la ciudad: no solo es lo pintoresca que se puede ver una imagen si en su centro hay un barbero libre, sin paredes, afeitando a un sujeto al que lo azota el viento, sino que hay beneficios concretos: un lugar que pretenda albergar una barbería al aire libre tiene que ser un lugar limpio. Por ende, la labor de Millán no fue únicamente la de montar un par de sillas y un toldo, sino la de recuperar un espacio destinado a basureros nauseabundos y casas de ratas. Hoy en día, gracias a él, la esquina puede ser recordaba por mucho más, por ser un sitio propicio para cortarse el pelo.

En esa misma onda, por la cuestión de los basureros, explica: “Lo que estamos pasando en el mundo debido a la contaminación es grave, y en lo mínimo que podamos contribuir estamos generando una ganancia’’.

ÉPALE 250

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