Afganistán

                                      Por María Eugenia Acero Colomine@andesenfrungen                                   Ilustración Yulia Pino@arte_moon88

Afganistán es una mujer que llora en silencio. Sus pasos son tímidos y no buscan hacer ruido. Llamar la atención no es una recompensa, es más bien una pesadilla. Hace tiempo que sus opiniones se cuelan bajo la mesa, en la ropa sucia, en el polvo que levanta la escoba, en el zurcido. Invisible pudiera ser una buena palabra, para que su presencia inadecuada no desate la ira exacerbada del marido, el padre, el vecino, el extraño. Cuando nació, lloraron las piedras, porque sabían que su transitar sería tortuoso. Tenía los ojos pícaros de su madre. Esos ojos que su padre una vez quemó con ácido por haberse atrevido a usar maquillaje. Así que creció con una madre ciega que le decía “en el silencio está la salvación”. En un mundo donde la generación del selfie nos hace célebres en las redes sociales, esta mujer celebra sus pequeñas victorias cotidianas de bajo perfil.

Sin embargo, en medio del panorama hostil, el deseo de vivir se impone. Afganistán decide estudiar, escribir, pintar y reunirse con otras compañeras, a riesgo de perder la vida por su audacia. Afganistán sabe que sus pequeñas victorias son un mensaje contundente ante el mundo. Afganistán nos muestra cada día que la desigualdad no ha cesado de existir en pleno siglo XXI. El día en que Afganistán pueda volver a ser libre, el patriarcado habrá perdido terreno en este planeta.

Los derechos de las mujeres en Afganistán

Dado que la economía afgana es débil, muy pocas mujeres pueden permitirse contratar personal doméstico, por lo que se ven obligadas a hacerse cargo de todo el trabajo doméstico principalmente por su cuenta. Aquellas que eligen hacerlo deben trabajar el doble de duro porque esencialmente tienen dos trabajos.

Bajo el gobierno talibán que se rige por una estricta interpretación de la ley islámica, las mujeres están confinadas en gran medida a sus casas. Los insurgentes han tratado de proyectar una mayor moderación en los últimos años, pero muchos afganos siguen siendo escépticos.

La Constitución de 1964 de Afganistán otorgó a las mujeres los mismos derechos y sufragio universal, y podían postularse para un cargo. Sin embargo, la mayoría de las ellas vivían como amas de casa y fueron excluidas de estas oportunidades, ya que estas leyes judiciales reformadas afganas fueron principalmente efectivas solo en las ciudades. El campo era una sociedad tribal profundamente patriarcal.

En 1977 fue fundada la Asociación Revolucionaria de las Mujeres de Afganistán (RAWA) por Meena Keshwar Kamal. Su oficina fue trasladada a Quetta en Pakistán, posteriormente fue asesinada en 1987. RAWA todavía opera en la región de Afganistán y Pakistán.

Algo de historia

Sin embargo, las restricciones y la represión extrema no siempre fueron así en Afganistán. En el pasado era posible ver a las mujeres afganas vistiendo ropa normal, exhibiendo su cabello y sacando adelante una carrera universitaria. Fueron los tiempos en que el fantasma del comunismo rondaba por aquellas tierras.

En Afganistán hubo una época en la que existió algo llamado “el consejo de mujeres”. El Consejo de Mujeres Afganas (también conocido como el “Consejo de Mujeres”) fue una organización que funcionó en la “República Democrática de Afganistán” (1978–87) y la República de Afganistán (entre 1987-1992). Hasta 1989, el líder de la organización era Masuma Esmati Wardak. La organización fue dirigida por Wardak y un equipo de ocho mujeres. En 1978, bajo el mando de Nur Muhammad Taraki, el gobierno otorgó los mismos derechos a las mujeres. Esto les dio la posibilidad de elegir a sus esposos y carreras. Las afiliadas al Consejo de Mujeres Afganas eran de alrededor de 150.000 y tenía oficinas en casi todas las provincias. Posteriormente la mayoría de las mujeres en Kabul como de otras ciudades importantes se resistieron a los Mujahideen cuando estos llegaron al gobierno debido a sus leyes regresivas.

La llegada del régimen talibán puso fin a una serie de avances en materia de derechos humanos de la mujer, dando pie a un macabro oscurantismo del que el mundo entero es testigo.

Arte femenino

Sin embargo, las mujeres afganas han sido capaces de desafiar el terror cotidiano y de hacer valer sus voces en medio del encierro. Las poetas afganas encierran una poderosa voz que cruje y muestra sus heridas abiertas.

Nadia Anjuman fue una heroína que desafió todos los controles al reunirse en secreto a estudiar Shakespeare y Dostovieski en los círculos de costura de Heart. En sus versos, ella sentencia: “Ay, el festín opresor ha tapado mi boca / Sin nadie a mi lado en la vida, ¿A quién dedicaré mi ternura?”. Anjumán fue asesinada por su marido y sus familiares.

La poeta Zarmina decía “Sueño que soy el presidente. / Cuando despierto, soy la pordiosera del mundo”. Esta irreverente poeta se prendió en fuego en protesta cuando su familia descubrió que leía sus poemas clandestinamente en una emisora de radio por Internet.

Solidaridad con las mujeres afganas

En medio del terror que están experimentando los afganos con la imposición del régimen talibán, se hace imperioso que todas las voces del mundo nos manifestemos en solidaridad con la dignidad e integridad personal de las niñas y mujeres afganas. El triunfo de la crueldad sería una macabra victoria del mal.

ÉPALE 428