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LA TRAMA COTIDIANA POR RODOLFO PORRAS 

La variedad de mármoles de distintos colores y procedencia que ostenta la Catedral San Marcos en Venecia da cuenta de las distintas conquistas e invasiones que se cometieron durante los siglos en que se construía esta gigantesca edificación. De la espectacular plaza que está al frente, puede decirse que está rodeada de edificaciones magníficas por todos lados menos por uno, que viene a ser el mar.

Esta plaza es un gigantesco espacio que alberga restaurantes al aire libre, en el que músicos vestidos con elegancia occidental ejecutan piezas bastante refinadas para “amenizar” las comidas y bebidas que se sirven a miles de turistas. Otros músicos, buhoneros, artistas plásticos, vendedores de franelas de raya (que recuerdan los gondoleros), recitadores, guías turísticos, japoneses tomando fotos de manera compulsiva y saltimbanquis de toda índole convierten la legendaria plaza en una gran y permanente feria.

En plena Edad Media esta feria, y muchas otras a lo largo de Europa, eran, también, un espacio habitual para que entre la gastronomía, la música y la buhonería se mezclara la presencia de los juglares.

Estos artistas, itinerantes y callejeros, fueron la mejor prensa internacional, los mejores agentes de chismes del vecino, los corre-ve-y-dile de las damas de sociedad, los difusores de los movimientos políticos de toda Europa, poetas y músicos refinados que luego la taxonomía histórica definiría como trovadores. Los músicos del día a día, que improvisaban el chiste grueso y cotidiano, los vendedores de pócimas má- gicas, los actores que fueron convirtiéndose en las máscaras que, más adelante, conformarían los personajes de la Comedia del Arte.

Un teatro con la enorme capacidad de sintetizar una cultura, un saber y una historia que no ha terminado. Y hoy —alrededor de todo el planeta— los vemos en forma de hiphoperos, payasos, malabaristas, estatuas con corazón que se cuelan en cualquier plaza grande o pequeña, en los bulevares, las aceras, los vagones del Metro.

El teatro, que ha contado con edificaciones específicas, con grandes dramaturgos, con técnicas y constructos teóricos trascendentes, con herramientas y tecnologías de punta, con tinglados y estructuras econó- micas complejas, no ha podido sacar un pie de la calle. La calle, que hemos ido abandonando cada vez más temprano (a las 9 quedamos pocos), es el mejor escenario de la vida cotidiana, donde teatro y vida se funden en su dureza y su ternura en cada gesto.

ÉPALE 192

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