Al bachiller Rangel lo mató la envidia

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

En una Venezuela casi aldeana, donde los descubrimientos de la ciencia llegaban ralentizados y por goteo, gracias al empeño de algunos sabios amparados en la gracia divina, al científico trujillano Rafael Rangel le tocó ser objeto de las más bajas pasiones alimentadas por las componendas políticas y la envidia.

No le bastó ser el padre de la parasitología y del bioanálisis en Venezuela, descubridor del parásito causante de la anquilostomiasis, encargado de la campaña sanitaria para erradicar la peste bubónica en La Guaira y primer director del Laboratorio de Histología y Bacteriología del Hospital Vargas. Le correspondió cargar como una cruz, con al menos tres lastres que le malograron el destino: fue protegido del presidente Cipriano Castro hasta el día de su partida a Alemania en 1908, no culminó su carrera en Medicina y era negrito.

No lo salvó ni siquiera ser alumno y paisano del médico José Gregorio Hernández. Al salir Castro del país, e instalarse Juan Vicente Gómez en el poder, comenzó su particular calvario que lo llevó, un año después, a una profunda depresión y al suicidio.

Escribe Jorge García Tamayo que, entre otras cosas, al bachiller Rangel le tocó sufrir el descrédito del mismísimo doctor Hernández, cuando se regó el rumor de que había cometido errores en sus diagnósticos de la peste en La Guaira y, así, su nombre quedó relegado al constituirse una comisión de higiene pública.

“Al caso concreto del bachiller Rangel, se le sumarían el reconcomio de médicos quienes en un tiempo solían apoyarlo y estimular su trabajo”, enfatiza Tamayo en su ensayo “Rafael Rangel, padre de la Parasitología y del Bioanálisis en Venezuela”, donde advierte que nunca le perdonarían su condición de bachiller al frente de las más altas responsabilidades sanitarias del país, gracias al patrocinio de Castro.

Cierto sentimiento de culpa ante los reclamos de quienes exigían el pago de unas casas quemadas por el Gobierno para combatir las epidemias, la amenaza de despojarlo de su laboratorio para darle el cargo de veterinario en el mercado y, sobre todo, la negativa a otorgarle una beca que le habían prometido para iniciar estudios en el exterior, detonaron la crisis emocional que desembocó en su suicidio el 20 de agosto de 1909, con apenas 32 años de edad, al ingerir una mezcla de cianuro de potasio y vino en el laboratorio donde acababa de impartir lecciones a sus jóvenes alumnos.

La inquina continuó, incluso, después de muerto, pues la Iglesia se negó a ofrecerle las correspondientes ceremonias fúnebres, que era la forma en que durante aquellos años de oscurantismo se trataba a los suicidas, pese a su investidura y sus aportes a la vida ciudadana.

“… No es un suicidio, es una víctima, como siempre fueron en nuestro medio los buenos, los dignos, los incontaminables (…) Una víctima más de la ingratitud de sus conciudadanos y de la envidia de algunos”, recogió la prensa al día siguiente.

ÉPALE 361

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