Al imperialismo ni un tantito así

A la burguesía ni un tantito así, perdón, “ni un tantito así al imperialismo”, que no es lo mismo pero es igual. Esta advertencia, señalada por el Che en uno de sus discurso pronunciados en Cuba, en el año 1964, mantiene en el contexto actual total vigencia.
Durante la época de Guevara no era necesario realizar desdoblamientos lingüísticos de tipo presidente o presidenta. Desde tiempos que ya no recordamos HOMBRE fue impuesto en el habla y la escritura occidental como genérico universal, por lo que para la cita utilizada en el sumario podemos suponer que el autor incluía en su discurso a humanos y humanas.
El imperialismo, haciendo uso de este método de invisibilización de la mitad de la humanidad, a mediados del siglo XIX caracterizó a Sam como era de suponerse: un tipo rico, blanco, poderoso, de corbatín, barba y sombrero de copa; incluso, el imperialismo le dio al Tío Sam lugar en el árbol genealógico de la vida moderna, y este simbología patriarcal, quizás, la tengan que agradecer los feminismos de hoy.
La burguesía corrió una suerte distinta: no se le asignó nombre ni genealogía, pero si kilos, clase e ideología. Estas figuras representativas del “poder hegemónico”, masculinas en su totalidad, encarnaron los atributos por los que el “hombre”, una vez seducido y conquistado por el imperialismo, terminaba desarrollando una serie de habilidades destructivas que atentaban —y atentan— contra su propia vida.
La bestialización del hombre, con el permiso de las bestias, parece la apuesta. A pesar de la advertencia del Che, y otros destacados revolucionarios y revolucionarias de la historia nuestra, el imperialismo ha venido abarcando, cada vez y a mayor ritmo, terreno físico y metafísico.
Los guiños al modelo civilizatorio occidental abundan, hasta en las llamadas izquierdas los encontramos. El discurso global dominante hace pensar que la humanidad en pleno “desea” dejar atrás el pasado servil indígena, negro esclavo y rural campesino.
Racismo y despojo
De la misma manera como se intentó con las mujeres, a las otras gentes que habitan el planeta Tierra se les dio el tratamiento de minorías (etnia, raza, género); y, aun no siendo verdad, en palabras de Atilio Borón, se les despojó de su voluntad y del derecho a vivir —valga la redundancia— una vida propia. Ocurrió en tiempos de Colón y está ocurriendo ahora, en tiempos de autoproclamaciones y revoluciones.
Adriana Guzmán Arroyo, indígena
aymara e impulsora del feminismo comunitario antipatriarcal de Bolivia, en un audio que rodó por las redes sociales dio a conocer detalles importantes. Señaló: “La oposición y los grupos de derecha han dicho que las elecciones han sido un fraude y no han aceptado la segunda vuelta, tampoco la auditoría de la ONU. Denuncian que es un golpe cívico y religioso”.
Más adelante, Guzmán resalta que el golpe de Estado ha sido “organizado por los comités cívicos, grupos fascistas y racistas que han financiado a grupos armado en el 2008 y que hoy, esos mismos grupos, han reaparecido en las calles de los distintos departamentos del país, de los barrios, aterrorizando. Hay represión en la calle por nuestra cara, hay represión a las mujeres y a los hombres indígenas”.
Resaltar que la población boliviana no es blanca en su mayoría es importante. Sin embargo, y como ha sucedido en nuestros países colonizados, las élites se blanquearon y, con ellas, las clases medias y hasta las más empobrecidas. Razón que nos ha permitido observar lo que Enrique Dussel llama agresiones simbólicas de un cristianismo invertido contra las raíces indígenas de Bolivia.
Ejemplos abundan en las plataformas comunicacionales: policías que son pueblo, con desprecio, arrancan de sus uniformes la wiphala (ya no se sienten indios; es más, ya no se sienten gobernados por los indios); biblias y rezos, gente arrodillándose en las calles; los blancos de Santa Cruz bajan las whipalas del tomado Palacio de Gobierno, las queman: representan el orden y han vuelto para restablecerlo.
Aura Cumes, investigadora
maya-kaqchikel, en una de sus presentaciones en la Escuela de Pensamiento Crítico Descolonial, celebrada en Venezuela, recalca la importancia de diferenciar y utilizar categorías acertadas para describir el proceso de sometimiento de colonización, iniciando con este primer par: “Discriminar a alguien significa, dejarlo por fuera de algo. Despojar significa que alguien se alimenta de lo que le quita a otro sujeto. Y los pueblos indígenas en Latinoamérica hemos sido despojados para dar vida a otros sujetos”.
Más adelante, Cumes enfatiza sobre la importancia de reemplazar el uso de la palabra conquista por violencia, resaltando que esta última desafía los eufemismos de la colonización y acompaña, para que no queden dudas, con lo siguiente: “El sometimiento se hizo con extrema crueldad (…) esa violencia que describe Bartolomé de las Casas en sus tratados, en donde él habla con detalle que se quemaron a los indios, que se les abrió el vientre a las mujeres, que se estrellaban a los niños contra las rocas (…) etcétera”.
Como tercer elemento, destaca que el sometimiento implicó la anulación de los indígenas como sujetos políticos, lo cual significa la suspensión de “la posibilidad de dirigir el destino de sus vidas o de nuestras vidas (…) condición para que el sujeto que se coloca en posición de superioridad controle la vida de aquéllos a quienes somete”.
Aura no es el Che, pero advierte en sus palabras y desde su experiencia lo mismo; de manera irónica interpela a quienes parecen olvidar la permanencia y presencia de la colonización en nuestras vidas de hoy. Incluye a gobernantes en el paquete y advierte que en Latinoamérica no existe eso de la postcolonialidad.
Genocidio y fascismo
Pasado y presente se encuentran y separan en un mismo espacio. Sucedió durante la dos guerras mundiales con el estaño, en enero de 2002 con la Guerra del Agua, luego en octubre de 2003 con la Guerra del Gas en Cochabamba: la extracción de recursos es la historia de la colonización. Quizás, noviembre de 2019 sea recordado como el año de la Guerra del Litio.
Una mujer en Santa Cruz es violentada de múltiples formas por más de una hora en pleno espacio público. Un tumulto de personas la acompañan al patíbulo, su nombre es Patricia Arce, alcaldesa de Vinto, en Cochabamba. Es rescatada por unos funcionarios de seguridad del Estado. A pesar de las vejaciones, declara ante los medios que no tiene miedo. La imagen le da vuelta al mundo.
Ese mismo día muere un estudiante de 20 años. Es la tercera víctima fatal. Cuando las cosas llegan a este nivel es fácil que se desaten los demonios.
Adriana Guzmán, en su audio, advierte: “Hay autoridades, que vienen de las organizaciones de base, que han sido secuestradas, que las han detenido en la calle y las han hecho arrodillarse, las han humillado, las han golpeado y ahora están secuestradas. Hay dirigentes de las organizaciones sociales que también han sido golpeados y se desconoce su paradero”.
En palabras de Aura Cumes, el ensayo de muerte nunca se suspende. Para esta investigadora los mecanismos y las técnicas de muerte en contra de los pueblos indígenas se reproducen hasta en los momentos históricos más cercanos a nuestras generaciones. Al referirse al Ejército genocida, destaca que pareciera que el mismo se hubiera leído las técnicas de muerte en estos libros.
Al fascismo como pueblo le tememos, y quienes lo enfrentan viven con la latente amenaza de ser eliminados del mapa.
Indígenas, mestizas
y campesinas
El fascismo es misógino, no gusta de las mujeres. Y si éstas son indígenas, con pretensiones de convertirse en sujetas políticas con derechos, entonces significa que es tiempo de encauzar y normalizar las cosas. Cada quien al lugar que le corresponde.
El feminismo comunitario antipatriarcal de Bolivia, con su propuesta, se ha convertido en un referente importante para los feminismos de la región. La colectiva Mujeres Creando ha disputado su espacio en la producción de saberes; estas mujeres indígenas han retado no sólo a las feministas blancas, académicas, urbanas y modernas, sino que han retado al patriarcado colonial y ancestral.
Resaltaron que durante la colonización ocurrió el entronque de los patriarcados y que en el “encuentro” las mujeres terminaron experimentando el doble sometimiento. En este sentido, las feministas bolivianas han venido realizando un trabajo de reconocimiento de los niveles y de los distintos tipos de opresiones.
Por ello, Adriana Guzmán resalta que “la posición de las feministas ha sido insistir en que lo que está ocurriendo es una disputa entre machos, lo que definitivamente para nosotras no lo es. Si bien está de por medio que son hombres y que priva su machismo, hay por detrás una pugna de proyecto político de país que hemos ido construyendo las organizaciones sociales y no solo el Gobierno”.
A pocos días de esta declaración Jeanine Áñez se autoproclama presidenta blanca de Bolivia, a pesar de sus rasgos indígenas. La Guerra del Litio continúa, y desde el mundo seguimos observando.

POR Ketsy Medina Sifontes / fotos archivo