Alegre estampa del mercado de San Jacinto

Cuando estaba por finalizar el año de 1949 acompañé a una tía por parte de padre hasta el viejo mercado de San Jacinto, entre las esquinas de San Jacinto y Doctor Paúl, vecino de la casa natal de Simón Bolívar. Allí fui gratamente sorprendido al hacer nuestra entrada, empleando el pasaje Linares: mis ojos apreciaron lo que se conocía como la Playa del Mercado, lugar donde se encontraban instalados muchos vendedores pregonando, dentro de una sana algarabía, lo que sus puestos exhibían.
Allí estaban, con sus modestos trajes, blusas y pantalones de dril, alpargatas y sombreros de cogollo, los expendedores de diversas cantidades de flores, las que llegaban desde Galipán y, posiblemente, de El Junquito; y los que se encargaban de ofrecer una interesante gama de aves canoras dentro de sus respectivas jaulas. Aves que alegraban el ambiente, a pesar de estar prisioneras, mediante sus rítmicos cantos. Entre ellas se encontraban turpiales, arrendajos, gonzalitos, azulejos; amén de otras muy conocidas en Venezuela, como loros y pericos, que le daban al espacio un atractivo muy particular. Esto, debido a la alegría que en el ambiente flotaba y que era trasmitida, claro está, por los tonos que dejaban escapar los pájaros expuestos a la venta. Este céntrico mercado, donde nunca faltaron los pregones, sería demolido cuando corría el año 1951 y sustituido por el hoy bautizado como mercado de Quinta Crespo.
Se ahogaron los pregones, amigos lectores, ya no oiremos más al manicero ofreciéndonos su cucurucho de maní, con expresiones, como las recogidas por Vélez Boza, que decían: “Maní tostao, caliente, / para las viejas que no tienen dientes”. “Maní tostao, / ni está cruo / ni está quemao./ Maní tostao /para distrer los dientes / a los enamoraos”.