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SALIÓ DE LA LUCHA ARMADA A BRILLAR EN UN CONGRESO DOMINADO POR EL BIPARTIDISMO, Y DE ALLÍ A DESEMPEÑAR VARIOS DE LOS MÁS IMPORTANTES CARGOS QUE ALGUIEN PUDIERA DESEAR EN LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA. DE ALGUNA FORMA, ÉL SE LAS ARREGLA PARA NO VOLVERSE UN DIVO DE LA POLÍTICA

POR CLODOVALDO HERNÁNDEZ • CLODOHER@YAHOO.COM / ILUSTRACIÓN ALFREDO RAJOY

Siempre en los más altos niveles; siempre de bajo perfil. Alí Rodríguez Araque ha tenido varios de los cargos más deslumbrantes con los que pudiera haber soñado un político de izquierda en Venezuela, y los ha desempeñado en momentos tan estelares como exigentes. Pero ni los fulgores de las grandes dignidades ni las circunstancias más explosivamente noticiosas han logrado convertirlo en un divo de la política.

Rodríguez, merideño de Ejido, 75 años de edad, ha sido nada menos que:

-secretario general de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) en pleno proceso de consolidación de esta organización internacional;

-ministro de Energía Eléctrica en una de las fases más críticas del sistema eléctrico nacional;

-embajador de Venezuela en Cuba, una función que nunca dejará de ser polémica;

-canciller en una etapa crucial para las grandes conquistas internacionales de la Revolución Bolivariana;

-presidente de Petróleos de Venezuela en medio de la guerra interna desatada por el paro-sabotaje de 2002-2003 y, luego, en la difícil recuperación;

-secretario general de la Organización de Países Exportadores de Petróleo en plena resurrección de la vieja quimera de Juan Pablo Pérez Alfonzo;

-el primero de los ministros de Energía y Minas (así se llamaba entonces este despacho, ahora de Petróleo y Minería) de los gobiernos revolucionarios.

¿Quiere que le eche más cartas? Bueno, ahora es cuando quedan. Rodríguez Araque había entrado exitosamente al mundo parlamentario en los años 80, a bordo de esa utopía que fue (nunca tan bien puesto el pretérito) La Causa R. En aquel Congreso dominado por el bipartidismo, el abogado egresado de la Universidad Central de Venezuela brilló con luz propia, especialmente a la hora de defender los intereses populares en lo referente a la industria petrolera.

Y aún podemos ir más atrás, remontarnos a los años 60 y 70, cuando el notable funcionario de la era revolucionaria se transfigura en el Comandante Fausto, líder guerrillero que encabezó varios frentes de combate del mítico Partido de la Revolución Venezolana.

Fausto permaneció alzado en armas bastante tiempo después de que la política de pacificación aplacó a otras destacadas figuras de la lucha armada. Todavía a principios de los años 80 se le consideraba un peligroso cuadro insurreccional. El comandante Chávez relató varias veces cómo, en sus tiempos de teniente, el nombre de Rodríguez Araque estaba en la lista de los subversivos más buscados por el Ejército en esos montes de Dios.

Cuando se incorporó a la actividad política, la alargada sombra del comandante guerrillero revestía a Rodríguez Araque de un halo enigmático, reforzado por su andar renco, apoyando en un bastón. “Es que le dieron un poco de tiros en esa pierna”, comentaba la gente sotto voce.

El pasado de fusil en ristre también ha reaparecido, especialmente en la boca de los adversarios políticos, en los momentos conflictivos que ha tenido que enfrentar. En 2003, luego del paro petrolero, lo acusaron de llevar a cabo una matanza en Pdvsa, cuando “liquidó” —laboralmente, claro— a alrededor de 20 mil empleados que participaron en la huelga ilegal y en acciones de sabotaje de las instalaciones. Él, como de costumbre, se las arregló para, aun en medio de semejante temporal, mantenerse de bajo perfil.

ÉPALE 81

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