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CUANDO SE CUENTAN, EN TODOS LOS HUESOS, DIEZ LUSTROS, CIERTA BRUMA —QUE DESDE LAS OCHO DÉCADAS DEBE DAR RISA— HACE QUE VEAMOS LA ESPERANZA EN LOS VIEJOS. Y EN LAS VIEJAS

POR GUSTAVO MÉRIDA

Soy una rata. Inmunda, hedionda, de cola larga. No era así antes.

Antes estaba El Drostor. No Le Drugstore, el de Chacaíto; El Drostor de todas partes, el de Los Chaguaramos o Santa Mónica o La California.

La California siempre fue una vaina sifrina… hasta que llegó este gobierno.

Soy la misma rata. Todo cambió cuando llegó este gobierno, este que tenemos en 2018, este que tenemos ahorita mientras usted lee la revista sin grapas, mientras las hojas se le van volando, mientras caen otras hojas, mientras tratamos de mantener la calma.

Antes no era así.

En 1989, hace apenas 29 años, muchachos pobres y veinteañeros le entraron a plomo a otros tantos.

Pero no hay nostalgia por el Caracazo.

EN LE DRUGSTORE TE BRINDABAN UN POSTRE, CON VELITA Y CUMPLEAÑOS FELIZ DE LOS MESONEROS, SI NACISTE UN DÍA COMO ESE, EN EL QUE ESTABAS ALLÍ

El inolvidable local caraqueño por dentro. Foto Alberto Veloz

El inolvidable local caraqueño por dentro. Foto Alberto Veloz

Época de Rajatablas, los 70 se salpicaron de El Drostor de Chacaíto, que de eso es que se trata esta vaina. Era una era de derroche: hay que echarle bolas para tragarse toda esa comida y beberse toda esa cerveza antes que se calentara: esos combos de tobitos con hielo que sigue vendiendo Polar tienen mucho más sentido, si hablamos del sentido de las estadísticas de accidentes de tránsito por consumo de alcohol versus los números por fallecidos por causa del consumo del cannabis, pero ese tampoco es el asunto.

Ocupémonos de las nostalgias.

En Le Drugstore te brindaban un postre, con velita y cumpleaños feliz de los mesoneros, si naciste un día como ese, en el que estabas allí. Un joven entró, se sentó en uno de esos asientos que son como cajones y que funcionan para todo público: familias, enamorados, socios, amigos, despedidas para siempre y soledades mal administradas por falta de eso que, como sea que se llame, termina siendo una excusa.

Y le cantaron su cumpleaños feliz y se comió su torta completa, en silencio.

LAS NALGAS DE RÓMULO

Cómo somos, cómo éramos. Los que se acuerdan de Rómulo son otros, probablemente uno (más uno que una) de nuestros lectores. Ustedes están viejos, perdonen que se los diga… y no están haciendo mucho tampoco. Se la pasan ahí sentados en la plaza y no hacen nada más allá de leer. Ay, sí. Debe ser que ninguno de ustedes se va a morir, ni ninguno de nosotros, los que escribimos para ustedes. Si ustedes se mueren primero (cronológicamente hablando, por supuesto) y nosotros nos morimos después, ¿quién coño va a leer lo que nadie va a escribir?

Digresión: visita a la redacción

Casi 20 chamos de la Escuela de Artes Visuales Cristóbal Rojas y ninguno tenía más de 17 años. Chamos y chamas. Ninguno había ojeado Ciudad CCS y todas tenían Instagram. Apuesto que ninguno de los que lee, sentado en la plaza Bolívar y mayor de 60 tiene teléfono inteligente. Tal vez uno. O dos.

Pero vuelvo a ser una rata. En 1989 los que saquearon y los que no saquearon se conocieron mejor. Nos conocimos.

Antes no era así.

Los carajitos no saben de saqueo, de aquel saqueo. Nosotros sí. ¿Cómo se lo contamos? A través de ustedes, los viejos, los abuelos, las abuelas. Les ponemos contenido en este papel prensa a los carajitos de verdad, no a estos de 17 que no van a leer papel prensa a menos que quieran mucho al abuelo y este les pida que le lean en voz alta porque debe ser hermoso oír a un nieto, o nieta, tratando bien a su abuela y se supone que ustedes son los que deben enseñar eso pero resulta que ahora es así. Antes, cuando a ustedes que no eran viejos les echaban agua a presión para disolver las protestas, antes no era así.

ÉPALE279-NALGAS DE RÓMULO

LA ABUELA

Tiene 83 años y su nostalgia es distinta. Es una que camina con bastón; la espalda está encorvada y es negra, tan negra como Aristóbulo Istúriz. Menos negra que Érika Farías. Ella se sienta en las gradillas de Gradillas, desde donde se ve todo. Desde ahí ves cómo la jefa de Gobierno pasa, de parrillera, hasta La Torre. ¿Y si caminara, o entra por Veroes?

La Plaza Bolívar de la época de Le Drugstore era distinta. Otras palomas. Otros viejos, el mismo pedestal. Tiene 144 años allí. Faltaba poco para terminar el siglo XIX y, apenas hace 100 años, una epidemia de gripe azotaba a Caracas. La ciudad estaba en cuarentena y esa historia no nos la han contado.

El Centro Comercial Chacaíto está en el cine de esa década. Descubrir tu ciudad, reencontrarla… la nostalgia de aquella ignora, otra vez, los orificios en las paredes de los proyectiles 7,62 milímetros. Son esas vainas vacías las que dibujaron la generación olvidadiza que está a punto de cometer la cagada. Con la ayuda de ustedes, claro; asuman su pedazo de la torta. Cuando el presidente Pérez, en su primer quinquenio, decretó la obligatoriedad del uso de papel y jabón en los baños de carretera y en los expendios de alimentos y bebidas, se sintió un alivio. Y el gocho pa’l 88 y en 1989 terminaba febrero. Luego los 90, la década desconocida hasta 1992, 1994, 1998. Henos aquí, los sobrevivientes, ustedes y nosotros, dos décadas después. Va más allá de nosotros, abuelos como la abuela de Gradillas, que se sentó con ayuda del bastón y mi brazo a explicarme por qué hace la cola en esa esquina, se esconde el periódico y la vuelve a hacer para retirar otro en Las Monjas: “Es para otra abuelita que no puede caminar”, y da ternura. Pero cuando se esconden tres y cuatro y cinco y seis y ofenden a los pregoneros (no esa abuela, claro: otra), descubres que hay bachaqueros de Ciudad CCS.

Y viene otra nostalgia.

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