Alma de campeón

Por Pedro Delgado / Foto Archivo

Esta era una vez un caballo que había nacido en un país del Norte (Estados Unidos), un 24 de abril de 1968, hijo de un francés y una gringa. No era, precisamente, uno de esos que salen en películas famosas. Tampoco era un agraciado potro de fina estampa ni fue a dar al establo de un ejecutante de competencias ecuestres. Pues no. Nuestro caballo fue comprado por un señor venezolano amante de la hípica, que se hizo de él a pesar de las críticas de sus colegas propietarios de caballos de carrera, quienes decían que era muy feo, que la deformidad de una de sus patas no inspiraba confianza y, en tono burlón, que su corte de cabello (crin) se parecía a la de Moe, el de Los tres chiflados. Pero el dueño del potro, haciendo caso omiso de todo aquello y con la fe en su pulso, lo llevó a competir en el hipódromo de la capital de su país, Caracas, Venezuela.

Al debutar (8 de agosto de 1970) logró su primer triunfo, extendiendo la cadena a cinco logros más en diez presentaciones. Su último en el país fue el 10 de abril de 1971, antes de partir a su tierra natal a cumplir un compromiso ya firmado de antemano por su dueño. Pero el viaje no le sería del todo a su favor al verse envuelto en insufribles peripecias: un viaje a Miami en un avión de carga y un motor averiado que lo obligó a regresar; otra falla mecánica; el viaje final bajo el escándalo de cientos de patos y gallinas. El colofón lo vería montado en una Van para recorrer miles de kilómetros y así dar con su destino: la ciudad de Kentucky. Con un desgaste de más de 33 kilos fue a cuarentena, a la espera de la misión que le había sido encomendada: competir en una gran carrera.

Pues bien, un día sucedió lo que tenía que suceder. Ese 1° de mayo de 1971 —en su ciudad natal, Kentucky— partiendo último arribó en ganancia, demostrando así su valentía ante notables estrellas corredoras y el asombro de la aristocracia mundial allí presente. Una segunda oportunidad no fue desperdiciada: el día 15 del mismo año (en Pimlico, Baltimore) volvió a ganar, récord incluido. El 5 de junio, en Nueva York, tuvo que resignarse con el cuarto lugar, sin la gloria de la Triple Corona: una enfermedad en sus cascos se lo impidió.

Su hazaña fue comprada por un montón de dólares y se quedó por allá. Pero la historia hizo que fuera recomprado para pasar sus últimos días en Venezuela, ya como semental. Cañonero II se fue al éter el 9 de noviembre de 1982, a causa de un fulminante cólico.

Paz a su alma de campeón.

ÉPALE 375