Amar en los tiempos del coronavirus

Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano / Ilustración Justo Blanco

Sin un García Márquez en el mundo, ¿quién contará la historia de los amores contrariados, el beso proscrito, los abrazos rotos y, lo que es más grave, el distanciamiento social, dizque voluntario?

Alguien, quién sabe si los cronistas y los poetas, deberá hacer el esfuerzo sobrehumano de moverse entre las sombras para recoger testimonios de la sedición del deseo en este instante atípico de la historia de los afectos.

Se han preguntado, acaso, los jerarcas de la Organización Mundial de la Salud ¿cómo están haciendo los amantes que dejaron pendiente un polvo temerario y de arrabal en uno de esos inenarrables mataderos del Centro?, ¿los chamos que se gustaron y habían pactado un encuentro sibilino en las escalinatas de El Calvario antes de que eclosionara el apocalipsis?, ¿o los funcionarios que estuvieron en los preludios de un revolcón encima de las fotocopiadoras inservibles del ministerio, justo en la mala hora en que se decretó la cuarentena?

Y los padres de familia, esos pobres seres desterrados de la libido con los carajitos en casa, ¿cómo sortearán la crueldad doméstica del hogar para irrumpir con el mete y saca que garantice la perpetuidad de la especie, en plena transmisión de Cada familia una escuela a las 10 a.m., por VTV?

Vivimos días asépticos y asexuados por dos razones indiscutibles: uno, estamos todos muy preocupados como para dejarnos arrastrar por los instintos; y, dos, coger está muy mal visto como expresión de las apetencias mundanas, cuando lo que prevalece es garantizar la vida con las medidas extremas de seguridad usando el tapaboca, lavándose profusamente las manos con agua y jabón y agregándole cloro y alcohol a todo lo que se menee.

Alguien cantó o predijo que el fin de los tiempos nos alcanzaría tirando. De hecho, una de las frases más celebradas de la picaresca urbana resumía este episodio ordenando: “A gozar, que el mundo se va a acabar”.

No obstante, las pruebas empíricas demuestran que no sólo no nos trajeamos de cuero ajustado y cortes al rape, como presumía la realidad distópica de Mad Max, la película; ni nos arrastramos harapientos y destruidos como los muertos vivientes de toda la tradición zombi, que ha minado de ciencia ficción al cine y la literatura; más bien asistimos al abismo de la humanidad limpiecitos, recogidos en casa como unos ascetas mientras el enemigo invisible avanza linchando a mansalva a los hombres y mujeres que, en otras circunstancias, estarían, a estas horas, perpetrando la exaltación del contacto sobre los altares del placer.

Pero, como el apetito es cimarrón y el caballo se desboca cuando las ganas se juntan, es posible que más de uno o dos, o tres esté ahora mismo escuchando a la vicepresidenta Delcy Rodríguez enumerar la lista de los nuevos contagiados, al tiempo que echan una buena cogida bajo el sino del Armagedón.

ÉPALE 366