Anatomía de un homenajeado

Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano

La Filven 2020 celebró el centenario del natalicio de Aquiles Nazoa y homenajeó al periodista, profesor y político Earle Herrera (1949-2021). En aquellos días hicimos un paneo íntimo para acercamos al “profe” fuera del escenario público y descubrir, una vez más, el enorme afecto que cosechó.

Nos dijeron: “hay que hablar de Earle porque le van a rendir homenaje en la Feria del Libro”. Dijimos, irresponsablemente: ¿el profe otra vez? Nos detuvimos a divagar en torno a los lugares comunes, el tributo permanente, los faustos reiterados, su vecindad con la farándula intelectual venezolana. Pero algo hizo clic. Nos contuvo la memoria.

Al profe lo veíamos llegar, en aquellos lejanos mediados de los años noventa, fresquito, perfumado, bañadito y hosco a un salón de clases de periodismo atestado de zancudos prehistóricos y de imberbes aspirantes a reporteros bostezando entre las hendiduras de la escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela.

Éramos felices por ignorantes. El profe sabía demasiado, pero andaba como arrecho. Al menos esa era la sensación que nos transmitía. Impartía sus lecciones, nos hablaba de la crónica, de los maestros, de las grandes obras, y reseñaba al país herido en las infaustas últimas horas de la Cuarta República.

Lo recordamos borroso porque, como todos, estábamos ebrios de estupidez, no por formar parte de una generación boba, sino porque nos mantenían confundidos la inmediatez de la eternidad y la frivolidad joven de la cosa fácil.

Earle llegaba, nos despejaba el horizonte –sobre todo a quienes soñábamos con hacer de esta pasión un oficio- y nos dejaba como flores marchitas al borde del camino, esperando más de su savia.

De Earle nos devoramos La Magia de la crónica, un libro de cabecera que nos dice quién es quién en el panorama de la crónica venezolana y nos adentra en los axiomas de una disciplina que se vuelve arisca a la hora de las definiciones. Con la misma energía nos tomó de la mano para pasearnos por el universo mágico de Orlando Araujo y su voz de niebla, y así, nos fue haciendo adictos a su verbo eficiente y a su extraordinaria dignidad sin medias tintas.

Muchos de nuestros condiscípulos de entonces, sus alumnos, brincaron a los abismos del lado oscuro, traicionando el arrebato de sus ardores juveniles. Se volvieron partisanos de un ejército reaccionario que no ha hecho sino boicotear, desde el periodismo, cualquier esfuerzo de la revolución bolivariana con las armas del que ve al mundo desde la lógica reaccionaria.

Por el contrario, Earle se mantuvo inamovible, soñando como uno de esos niños que aún se asombra de los prodigios cotidianos. Así lo fue narrando en sus textos, en sus crónicas mínimas rebosantes de sabiduría, en su poesía íntima, en su preocupación de diputado, en sus recomendaciones de ciudadano inquieto, en su militancia.

Y así comprendimos, a tiempo, que a Earle Herrera hay que homenajearlo siempre.

Artista de lo breve

“Earle, para el periodismo, es un valor fundamental, no solo por todo lo que ha hecho ya, sino por lo que hace cada día en una especialidad tan difícil como es la crónica corta” nos advirtió el periodista Clodovaldo Hernández. “Decir tanto en tan poco espacio es una tarea cotidiana que él ha elevado a la condición de arte”.

De maestro a maestro, Clodo agrega sobre el profe: “En cuanto a los estudios de periodismo, sus aportes son también medulares, sobre todo en géneros complejos como el reportaje y la crónica”.

Enredados en los caminos que se bifurcan, tropezamos con Clodo en idéntica labor, intentando perfilar al homenajeado –junto a Aquiles Nazoa- de la Feria Internacional del Libro de Venezuela 2020. Él se paseó por el testimonio de un batallón de amigos y alumnos que le admiran. Nosotros nos ahorramos el trabajo y le pregunto a él.

Papá poeta

Intentamos adentrarnos en su territorio más íntimo y le peguntamos a Simón Herrera por su papá. “La verdad es que Earle no es un papá ni regañón ni severo. No sé si él sea así en otras facetas de su vida, pero como papá es amoroso, atento y entregado a nosotros. Siempre está pendiente de brindarnos su apoyo en todo momento. Lo que sí tiene es que es excesivamente precavido, así que si compartes un plan con él, siempre va a señalarte lo que puede salir mal. Pero es algo que nos ha hecho adquirir experiencia anticipada con el pasar de los años. En todo caso, es ese papá al que le gusta decir ‘te lo dije’”.

Periodista y músico, Simón ubica a su padre como poeta y afirma que seguramente así quiere ser recordado: “Para mí siempre ha sido mi padre, con sus aciertos y sus errores, como todo ser humano. Ahora lo ubico más como un poeta y estoy seguro que dentro de cincuenta años, él quiere ser recordado así”.

Jefe cuentero

En un lance excesivo, confesamos a Esmeralda Gordillo, su asistente en los asuntos de la diputación desde hace quince años, a ver cómo se portaba el diputado: “Trabajar para el escritor y periodista Earle Herrera ha sido un honor, más que un compromiso. Podríamos decir que también una pasión por el trabajo, la lectura, la escritura. El señor Earle es una persona muy comprometida con lo que hace. Le gusta la puntualidad, la honestidad, y de alguna manera uno termina imitando al jefe. Creo que en líneas generales me ha enseñado a ser una mejor persona”.

Es de las que sabe si al profe le gustan o no los homenajes: “Realmente el señor Earle es muy humilde en ese sentido. Muy poco está pendiente de ser tomado en cuenta, le gusta más dejar su obra, escribir”. Agrega que trabajar con Earle es reír. “Siempre tiene un cuento”. Lejos del aspecto adusto del profe, señor serio, moderador refinado de televisión con su célebre y recordado Kiosko veraz, “es una persona muy agradable con la que puedes conversar tranquilamente, de cualquier tema, siempre con algo que enseñarte”.

Capitán de sí mismo

¿Se sabe algo del Earle poeta? Quizás no demasiado. José Quiaragua, rapsoda guayanés quien lo conoció desde sus pasantías por las logias bohemias de Sabana Grande junto a maestros como Orlando Araujo, Chino Valera y Salvador Garmendia, lo retrata: “Creo que es un poeta que tiene el corazón untado de realidad. Lo conocí en los años ochenta a través de un amigo común, el poeta Pedro Luis Hernández. Entonces era un joven visionario, además de eso, con su palabra poética empeñada. Por eso celebro que a un poeta como él se le rinda homenaje en la Feria. Creo que Earle ha tenido el sentido de la realidad. Con los años, ha ido apropiándose de una manera de escribir para desnudar la realidad. Eso es fundamental para un poeta en este momento; como decían en el Mayo Francés: un poeta tiene que estar en el centro de la calle, y Earle lo está. Como escritor, el poeta tiene un compromiso con aquella afirmación de Sartre, que indica que el intelectual debe ser orgánico, con una gran conciencia crítica. Creo que él, con su ensayística, con todo lo que ha producido, puede perfilarse como uno de los desarrollos intelectuales más logrados en estos procesos revolucionarios. Como el escritor que mira hacia muchos lados, él ha sido un gran capitán de sí mismo, capitán de un pequeño barco que ha logrado llegar hasta esta orilla de un proceso que él pelea día a día, para que sea justo y se concrete”.

ÉPALE 443