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POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / FOTOGRAFÍAS ENRIQUE HERNÁNDEZ

Nos recibe con guarapito de toronjil, malojillo, menta y papelón. La degustación es sencilla y contundente: sirve para proteger nuestro sistema digestivo y es energizante. A la vez, remite a una noción de territorio infinito y sin ideas preconcebidas. No todo es café y curda.

ÉPALE270-PICHONESProbamos las “arañas” de Chávez, una receta patrimonial de Barinas y laboriosa, porque la lechosa verde hay que saberla deslechar y luego tasajear para que no se parezca a otra cosa.

Olimos el perfume rico de la sarrapia de Bolívar, que sustituye a la vainilla y se desconoce porque resulta que la cosecha de los sarrapiales se la llevaban íntegra al exterior para hacer Amargo de Angostura. El mucumapuriun, originario del pueblo barí de la Sierra de Perijá, que por ahí la llaman semilla de “toddy” y que cuando la procesas te sabe a cacao. La malagueta, que sustituye al clavo de olor, y es más nuestra que la arepa.

“La vida está en la muela” nos cuenta que le decía su abuela. “Para vivir tenemos que oler, comer, escuchar, tocar… alimentar el cuerpo y el alma” afloja Laura Díaz, artífice de la Cocina Sensorial y Ancestral de la Gata María Loa, un día que nos invitó a una de las degustaciones y expo-venta con las que anda reconectándonos con la esencia.

¿Por qué sensorial y ancestral?, porque cada receta está pensada para que volvamos a través de los sentidos al hogar, a lo nuestro.

Nos dio por seguirle la pista a la gastronomía alternativa, un sibaritismo de la supervivencia que es pasto fresco del autorreconocimiento, el arraigo y la identidad, otra manera de vivir la patria. El futuro hizo su entrada discreta y nos mandó a parar la imprimidera en papel y la comedera de basura a la que nos tenía acostumbrada la Venezuela opulenta que se paseó vanidosa durante la bonanza petrolera, permitiéndonos el consumo desmedido e irresponsable.

ÉPALE270-PICHONES 1“Al venezolano se le desacostumbró a cocinar, fueron sustrayendo poco a poco las recetas de las familias, con los ingredientes que conseguía en el conuco, y en esa medida nos fueron imponiendo otros gustos e ingredientes y lo autóctono fue desapareciendo, no solo de las mesas sino de los cultivos” explica Laura. Se pasea por las ferias conuqueras de la ciudad y en cuanto sarao la inviten, con la misión de trascender la ingesta y la venta. “Hay que enseñar a la gente a hacer nuestra cocina”.

Exhibe sus pócimas y menjurjes: la torta melosa con harina de casabe que le hacían al Libertador con dátiles caraqueños; la torta de auyama y confituras de ÉPALE270-PICHONES 3naranjas; el buñuelo de yuca relleno de mermelada de guayaba y bañado en papelón; sus vinagres orgánicos de tamarindo y piña; sus mermeladas de pomalaca y ají jobito de Sucre.

Ella anda en una cruzada personal que abolió el desconsuelo y se aprovecha del momento para recuperar el patrimonio y la emotividad de nuestros sabores. Le viene de familia. Mujeres que estuvieron siempre alrededor del fogón en el asentamiento agrícola Pitahaya, de los Valles del Tuy. Con esos aromas nos hala de la nariz: “Sientes que hay algo ahí que te lleva a un lugar que es tuyo”.

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