Andresote y su autopista

Si los pueblos, carreteras y demás hitos civilizatorios se impregnan del aura de sus nombres, la autopista que conecta a Carabobo con Yaracuy parece ser el ejemplo paradigmático venezolano de ese atavismo

Por José Roberto Duque@DuqueJRoberto / Ilustración Erasmo Sánchez

Andrés López del Rosario, llamado también el zambo Andresote, era un carajo de esos cuyos ancestros fueron traídos a Venezuela para ser esclavizados. Esclavo él mismo durante la primera parte de su vida, en algún momento se cansó de esa güevonada y se dedicó a hacerles la vida imposible a los poderosos y millonarios españoles y a la Compañía Guipuzcoana, hacia 1732. Su territorio eran las llanuras del actual Yaracuy, justo la franja de la autopista que conecta a los estados Yaracuy y Carabobo, nombrada Rafael Caldera hasta el año 2006, cuando la Revolución le eliminó la pavosa referencia socialcristiana.

Parece que su andar por la rebeldía empezó por la faceta más primitiva: como simple atracador de caminos. Luego fue derivando hacia la vocación más alta y sustancial de organizador de su gente (personas esclavizadas, servidumbre, indígenas, negros, zambos y mulatos humillados por la colonia) y finalmente hacia una misión, que tampoco es que fue muy pura ni revolucionaria: a su banda la captaron hacendados ingleses y holandeses (o se dejó captar por ellos) hartos de que la Guipuzcoana monopolizara y secuestrara para sí todo el comercio y toda la producción agrícola de la zona, y de Venezuela. Malandro aislado es malandro muerto; malandro apoyado por poderes económicos y, además, por el pueblo tiene con qué volverse indestructible.

Así, Andresote se hizo guerrillero y fugitivo, pero fundamentalmente contrabandista y bachaquero; su acción vital consistía en azotar a todo el comercio legal (el sucio monopolio comercial vasco o español), robarles los cargamentos de mercancías a esos bichos, alcabalearlos, joderles la paciencia, llevarse las especias robadas por vía fluvial hasta Boca de Yaracuy, en el mar Caribe, y vendérselas a los ilegales para que se las llevaran a Curazao y las Antillas. Con la otra parte de lo robado sobrevivían y se mantenían él y su estructura y, por extensión, su gente humillada, el pueblo del que formaba parte.

Nadie podía ni lograba pararlo. Conocía el territorio, era querido por el tolete de 90 % de la población pobre y desposeída: gente negra, indígena, todas las castas lo resguardaban como el héroe popular que era. Cuando entró en negocios con los poderosos locales, ahí sí fue verdad que no lo atajó nadie: guapo, apoyao por el pueblo y por los ricos y, de paso, valiente y buen guerrero.

Varios militarotes y sus ejércitos fueron enviados desde Caracas a detenerlo o a darle muerte, pero los detenidos y muertos fueron ellos. Era indestructible en su dominio de la geografía, del río humano y del río que lo llevaba a la mar: Andresote fue el más claro antecedente de Boves, de Zamora, del comandante Magoya, de Desiderio Canelón, de Chávez. Cuando por fin la arremetida imperial lo cercó y estuvo a punto de capturarlo, acudió a sus enlaces con las Antillas y hacia las Antillas se largó, libre para siempre. Poco o casi nada se supo sobre él desde entonces, pero terminó sus días invicto: jamás cayó en poder del Imperio español, al que le escoñetó la vida 80 años antes que Simón Bolívar.

Grandes historias mínimas

No podía ser de otra forma: ese corredor vial que homenajea al zambo cimarrón Andresote se ha convertido, en algunos de sus tramos, en una guillotina para los automovilistas. No me da ninguna pena insertar aquí una mención a los eventos o percances personales que me han llevado a interesarme, hasta los límites de la obsesión, en esa carretera. En las cercanías del distribuidor que lleva al caserío La Negrita, rodando de San Felipe hacia Morón, me echaron la más grave atracada que he sufrido en mi vida.

Los choros pusieron unas piedras en el canal rápido; tipo 8 de la noche venía con mi compañera rumbo a Caracas y no pude esquivar los obstáculos. Un caucho delantero reventó y el rin quedó torcido y arrugado como una hoja de papel. Cuando me paré a cambiarlo cayeron los malos, nos sometieron con armas largas, nos dieron unos coñacitos para amansarnos (más) y se llevaron casi todo: ropa, dinero, teléfonos, peroles varios.

Poco después (diciembre 2018) murieron ahí, porque no tuvieron la suerte de sobrevivir al encontronazo con las piedras colocadas en la vía, los peloteros de Cardenales de Lara Luis Valbuena y José Castillo. Y hace unos pocos días, con el mismo procedimiento, neutralizaron y le dieron muerte a un general de la Guardia Nacional. No hay quien detenga a esos choros, no hay denuncia ni súplica al gobernador, a las autoridades policiales ni al coño de su madre que mande a parar la acción de esos bichos.

Esa franja de la autopista es propiedad del hampa, como en un tiempo lo fue de Andresote y los suyos: si mi ánimo fuera puramente de denuncia me limitaría a decir que no hay nadie que cambie eso porque la atracadera debe ser un negoción de chivos pesados de la zona —políticos, policiales o militares—, cosa que le diré en su cara a quien sea cada vez que me lo pregunten. Aparte de eso, me da la gana también de comentar que el espíritu de Andresote vive ahí y que esas cosas pesan en la “personalidad” de esa larga cinta de tránsito vehicular. Sólo que esta vez los atracados no son las compañías ni los dueños poderosos de las riquezas de Venezuela, sino nosotros los pendejos, los pelabolas y los viajeros distraídos; coman mucha mierda los malandros, brujas y chigüires de este tiempo. Andresote no le jodía la vida a su pueblo, era el benefactor de su pueblo.

También, en la misma vía, he sido testigo y objeto de experiencias y gestos de solidaridad humana de increíble factura: la familia desconocida que me auxilió otra noche, yo accidentado y ellos también con el carro jodido. Me remolcaron varios kilómetros hasta el sector Las Piedras, ambos cacharros echando humo. Y aparte, en otro nivel de su historia grande y mínima, el reguero de cuentos y episodios que involucran a Camunare Rojo, Sorte, las muchas tomas revolucionarias de predios, la índole bravía de los caseríos y gentes que pueblan el antiguo pateadero del contrabandista y asaltante: como en La Ilíada, los ingredientes humanos y divinos se juntan allí en una guerra multidimensional, física y esotérica, así en la tierra como en el cielo.

Tal cual, al lado de la gente buena, noble y heroica que convive, se confunde y se entremezcla con malandros, corruptos y coñoemadres; en la Cimarrón Andresote se juntan, entre San Felipe y Urachiche, una cantidad de estatuas horrendas de santos, arcángeles con cara de maricos y vírgenes con cara de gafas (Museo Vial Religioso, bautizaron a “eso”), referencias católicas que quedan todas opacadas por la mamá de nosotros, de la Venezuela sensual, sabrosa, la de los besos brujos y la belleza hecha carne, culo, tetas y grandiosidad: la fértil María Lionza a la entrada de Chivacoa, contundente, dominando el espacio y dominando a la culebra gigante de su leyenda, que en el siglo XXI es río, pero de asfalto.

ÉPALE 387