Andy Durán: El mago de la batuta

Swing Latino

Este maestro del latin jazz cumplió 50 años de trayectoria en estos mundos musicales. Siempre con la visión de ofrecer lo mejor a quienes disfrutan de su trabajo

Por Natchaieving Méndez  ⁄  Fotografías Gerardo Román

“Yo nunca me imaginé que iba a ser músico. Es la verdad, simplemente me gustaba la música y escuchar los discos que papá compraba, que eran muchísimos porque organizaba muchas fiestas”, confiesa Nelson Eduardo Valor Ramos, con café en mano, en un local de San Bernardino

Tal vez el nombre Valor Ramos no les sea muy familiar, de hecho yo nunca lo había escuchado. Quizás, quienes tienen algunos añitos en el seguimiento de la música recordarán que a finales de la década de los 60 existió un grupo llamado Nelson y su Sexteto, conformado por un grupo de jovencitos de cerca de 18 años. “Parte de los integrantes eran Nelson González, su hermano Luis Felipe González (Filemón); básicamente lo que tocábamos era la música de Joe Cuba y música bailable de todo tipo: un poquito de La pollera colorá, un poquito de guaracha. Era la época del Sexteto Juventud”, rememora el músico.

Pero si aún el nombre no le parece familiar, querido lector, querida lectora, no se preocupe; incluso, al mismo músico le suena extraño cuando su esposa o amigos, que tiene más de 60 años conociéndolo, lo llaman por los nombres con los que don Oswaldo Valor y doña Catalina Ramos bautizaron a quien, desde 1985, conocemos como Andy Durán. ¡Ah!, ya se ubicó de quién estamos hablando, ¿cierto? El mismo que viste y calza, como dicen en el argot popular. Un nombre que con sólo ser mencionado entre los músicos produce en ellos una suerte de estado mítico espiritual, que sólo se tiene ante un maestro con infinita sabiduría.

No es para menos: Durán cuenta 50 años de trayectoria y con 22 producciones discográficas, casi todas financiadas por él. Ha tocado en grandes escenarios de Venezuela y el mundo y ha dirigido a infinidad de músicos, cantantes, que han visto en él disciplina, precisión, pasión y una infinita sabiduría que sólo se obtiene con el estudio constante y exhaustivo.

Cuando era niño, Durán tenía la convicción de que iba a ser pelotero; incluso, jugó en la liga AA de equipos organizados. Sin embargo, “había un gusanillo ahí que estaba funcionando y que, a la larga, se impondría: era el asunto musical, el asunto artístico”, relata.

Fue en 1963 cuando su padre lleva a casa el primer disco de Tito Rodríguez y para Durán esto fue más que escuchar una simple banda: “Fue una revelación. La calidad y el swing con él que tocaba esa banda era diferente. Me llamaba la atención la portada con aquellos tipos tan elegantes, decían que era un tipo que estaba triunfado en Nueva York. Entonces, comencé a soñar que yo podía ser un músico de esos o un director de una banda como esa”, destaca el director, quien para ese momento sólo tenía 14 años.

Como casi todos los buenos músicos Durán comenzó “de guataca”, tocando timbales “para imitar a mis héroes, Rodríguez y Puente (los Tito), y debo decir que lo hacía bastante bien porque yo hacía todas esas rutinas de Tito Puente, El Pavo Frank, y las hacía de oído, sin leer música”, detalla el músico, quien se integra a pequeños conjuntos hasta formar el propio a los 18 años.

Al diluirse Nelson y su Sexteto, el maestro Durán hizo un breve receso para estudiar Contaduría, pero también para buscar más herramientas que lo ayudaran como músico. Es cuando decide hacer una audición en la Escuela de Música José Ángel Lamas, en la cual quedó en el segundo intento para ingresar y presenta la audición, nada más y nada menos que con el beneplácito del maestro Vicente Emilio Sojo.

“Comencé a estudiar teoría y solfeo y trompeta. Esto último por poco tiempo, porque la verdad es muy sacrificado por el asunto del labio y la dentadura. Entonces, al cabo de un tiempo lo abandoné y seguí con el asunto del piano, que estudié fuera de allí, no para ser un pianista, sino para dominar el instrumento y hacer lo que más me gustaba en una orquesta que es dirigir y hacer los arreglos”, comenta.

Así, en 1978 formó la Orquesta Palladium. “Ahí fue cuando Ángel Méndez me conoció y me hizo una entrevista. Yo seguía trabajando en otras cosas y la orquesta era como mi hobbie. Hacíamos bailes, presentaciones en bodas, fiestas, verbenas”, recuerda.

Por enredos, el músico decide buscar otro nombre a la orquesta, uno que fuese fácil de recordar, que al ser mencionado fuese consonante, referencial y tuviese simpatía con la gente. Surge entonces Andy Durán.

El financiar sus producciones, incluso encargarse de la distribución, le permitió a Durán tener contacto con las tiendas y conocer cómo se manejaba el mercado del disco. Conocimiento que le ha permitido, además, saber las preferencias del público.

Más de dos decenas de discos grabados, la mitad de ellos de latin jazz, un género que le da la libertad de crear con lo que consigue en el proceso constante de investigación. Su premisa es llevar al público lo mejor, por lo que es disciplinado y consecuente. Durán se define “como un director musical que le gusta la buena música”, por eso hace siempre los esfuerzos por garantizar que en sus presentaciones el público siempre se lleve lo mejor.

Son muchos los proyectos que tiene este maestro del latin jazz: conciertos, nuevas producciones, investigaciones pendientes. Es tanto lo que se tiene que decir de Andy Durán que siquiera un libro dedicado a él lo podría abarcar. Lo que sí es cierto es que, además de un prodigio musical, es un hombre sencillo, claro y muy humano, ingredientes que, aparte de su talento, le pone sazón a una trayectoria que atrapa y queda en la memoria.

Hablar de Andy Durán es, simplemente, tratar de explicar la magia que sale por medio de una batuta y que se transforma en sonidos que trasladan a otros espacios y dimensiones. 50 años de trayectoria, los años que faltan y los cafés para contar y escribir una historia musical que es referencia en la música afrocaribeña. Más na… ¡Saravá!

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