Animales indefensos

Eso de aprovecharse de un inofensivo animalito para hacerlo sufrir, llegando incluso hasta causarle la muerte, desde hace mucho tiempo ha estado en la mente de personas con malos sentimientos. Habrá de verse.
Recordemos al tipo aquél que, muy de mañana, pasaba por las comunidades con sus manos y su alma envenenadas de estricnina para fulminar a cualquier perrito que se atravesara en su camino. Siendo que este sujeto pertenecía a un organismo oficial (Perrera Municipal) encargado de desaparecer caninos realengos, y alguno que otro con dueño, un buen día, de un solo plumazo, también él desapareció de la calle. Este ido personaje tiene ahora sucesores apuntando hacia otros fines.
Tenemos el caso ahora de aves, como las palomas, literalmente pescadas por un siniestro personaje armado con un nailon, un anzuelo y un morral para luego allí meter a las pobrecitas. Casos como éste se han visto hasta en la Plaza Bolívar de Caracas, en una concentrada faena, como si se tratara de una significativa pesca de altura. “¡Ave María Purísima!”, diría la tía Herminia por allá arriba. “¡Qué cojones!”, diremos nosotros aquí abajo. Se comenta, a vox populi, que son pagadas y adquiridas por ciertas personas para la realización de ritos esotéricos. Por supuesto que no es el único sitio adonde va esa desalmada manera de hacer dinero, y tampoco la única ave en su mira.
Ya hace cierto tiempo que, por algunos sectores de la ciudad, la alarma cantarina de los gallos salida de los corrales ya no se deja colar por los dormidos oídos de los vecinos que, sin despertador alguno, deberán ir a dar una buena excusa a su sitio de trabajo. También pasa con las gallinas, que nunca más volverán a empollar sus nidos.
Sigue siendo patético este asunto del asesinato de animales. A las propias caballerizas del hipódromo La Rinconada se ha acercado la impiedad de una mano con una jeringa y una mortal poción para acabar con un ejemplar de carreras. Digamos el caso de un sicario, quien luego irá a cobrar la mascada por el hecho consumado; barbaridad en ocasiones cometida a punta de pistola.
Igual se ha sabido de algún vecino molesto por el escándalo nocturno de los gatos en celo, cuando se arma de impiedad para suministrarle la fatídica ración de una sardina envenenada a los pobres mininos, que después de ingerirla irán a hacerle compañía a los animalitos que le antecedieron en el relato.