CINEROLLOS / POR MAURICIO SÁNCHEZ DÍAZ/DIAZ.MAURICIO@GMAIL.COM

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No suelo ver la ceremonia de entrega de los Premios de la Academia. Los encuentro aburridos, anacrónicos y la mayoría de las veces exageradamente pro-gringos. Sin embargo, sí estoy pendiente de los premios que se otorgan a los filmes. En muchas ocasiones me pregunto, al igual que muchos de nosotros, cómo ha sido posible que tal o cual película haya ganado o por qué no lo hizo; otras veces lo hago a manera de divertimento, como si de una quiniela se tratase aunque, por supuesto, apostando a la que considero que por su calidad debía ganar. En esta ocasión, estuve más pendiente de otros detalles. Hubo una polémica previa al día de la ceremonia, en la que muchos actores condenaron la poca o nula presencia afrodescendiente en la lista de nominados. Ciertamente, en casi 90 años de existencia de estos premios, solamente 13 de ellos, entre actores y actrices, han ganado premios a la interpretación y premios honoríficos. Yo no me escandalizaría por esta situación, sabiendo que Estados Unidos es un país profundamente racista, incluso en la historia reciente. Los latinos hemos tenido más suerte, pues se han obtenido laureles importantes, siendo el mexicano Emmanuel Lubezki uno de los más exitosos, al lograr tres Oscars como director de fotografía, proeza difícil de igualar. Aun así, los latinos somos continuamente discriminados en la industria. Extrañamente se verá a uno de nuestra “raza” en papeles protagónicos, salvo honrosas excepciones. Siempre seremos “Ramón el que limpia la piscina”, o “Carlos el narcotraficante” ante los ojos yanquis y del mundo. Además, nos mezclan con los españoles en esta categoría y muchas veces ellos hacen el papel de latinos, caso de Penélope Cruz en el papel de sirvienta mexicana (Spanglish, 2004) o de Antonio Banderas como uno de los chilenos que queda atrapado en la mina, en la reciente Los 33. Pero no todo es malo. Si de chilenos hablamos, ahora han conquistado por primera vez en la historia un premio, por el corto Historia de un oso. A veces, nos queda la sensación de que la libertad de expresión de allá arriba es real. La política del palo y la zanahoria funciona a la perfección y nosotros seguiremos teniendo esa eterna relación de amor-odio con quienes nos pretenden colonizar.

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