Aquí cayó la bomba

Por Pedro Delgado / Ilustración Justo Blanco

Cuando la comadre Silvina se asomó a la ventana de su apartamento del piso 13, a cuatro cuadras del Palacio de Miraflores alertada por un ensordecedor ruido, enmudeció ante el vuelo rasante de un avión venido del oeste. Se trataba de un Bronco OV-10/E de fabricación norteamericana traspasando la barrera del sonido, pilotado por uno de los alzados contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, llevando como fin bombardear el palacio presidencial el 27 de noviembre de 1992.

“Eran casi las nueve de la mañana cuando ese bicho pasó cerquita del edificio y al momento escuchamos una explosión con una polvamentazón levantada”, dice la comadre haciendo memoria de aquel día para ella inolvidable. “Cuando supimos que se trataba de un coletazo del 4 de febrero, nos solidarizamos con los alzados. Fue bueno  pensar que el gobierno del gocho llegaba a su fin”.

Un testimonio más cercano lo tiene Rossana Álvarez, vecina del edificio Taurus situado entre las esquinas de Toro a Pineda, adyacente al puesto de guardia al noreste del Palacio Blanco. “Fíjese usted que cuando oímos el estruendo todos en la casa creímos que el edificio se derrumbaba y nos asustamos mucho. La bomba que cayó hacia la esquina de Bolero sin explotar, y la otra más cerca de aquí nos puso muy nerviosas ¿Verdad mamá?”, le dice a una señora que le acompaña, quien también entra en el coloquio. “Es verdad, y menos mal que no explotaron porque dicen que estaban obsoletas, la onda explosiva hizo caer todos los vidrios del edificio Ofistol”, señalando para una torre situada al lado este del palacio.

Un poco más allá subiendo hacia Toro, Rossana señala la calle diciéndonos: “Aquí cayó la bomba”, para luego indicar una casa que dice haber sido remodelado su frente luego de aquel suceso. “La pared se vino abajo y después fue restituida; el hueco de la calle quedó varios meses abierto a la espera de ser tapado”, imaginando la boca que dejó una bomba que gracias a Dios nunca explotó.

ÉPALE 440