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POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Mediaba el siglo XVI y el detonante fue una cosa que podría resultar baladí: un tipo que iba pasando resultó empapado por unos jodedores que estaban jugando carnaval. El hecho, debidamente registrado y resguardado en los fondos documentales del Archivo General de la Nación, como nos cuenta el historiador René García Jaspe que nos habla de su hallazgo, revela que la celebración feroz del carnaval siempre tuvo impacto en la sociedad caraqueña.

Las fiestas de lavar las carnes (carnem-levare) con todo y su acento católico por constituir un hito del ciclo de cuaresma y sus reminiscencias de antiquísimos bonches paganos como los que se armaban en honor al romano dios Baco, han marcado la agenda ciudadana hasta hacerse polémica tradición.

Cuenta Arístides Rojas que antiguamente en Caracas los carnavales eran una salvaje demostración de bestialidad de la población, que utilizaba los recursos más abyectos para divertirse, incluyendo, además de agua, cal, almidón y barro, los puños al terminar el aquelarre en auténticas batallas campales que finalmente manchaban las fachadas y llenaban de asombro a los visitantes extranjeros que se alarmaban de la brutalidad del bochinche. “Caracas tenía que cerrar puertas y ventanas, la autoridad las fuentes públicas, y la familia que esconderse para evitar ser víctima de la turba invasora”, relata.

Aquello cambió, dramáticamente, cuando el obispo Antonio Diez Madroñero, quien pontificó por estas tierras durante más de una década a partir de 1757, decidió acabar con los excesos de esas bacanales y enmarcarlas en un formato beatífico, ordenando a la feligresía caraqueña actuar con devota tristeza y ejerciendo las virtudes, lo cual implicaba suspender “las más vivas y artificiosas expresiones de libertad en juegos, justas, bailes, contradanzas y lazos de ambos sexos, contactos de manos y acciones descompuestas e inhonestas y cuando honestas indiferentes, siempre peligrosas” como escribió en el edicto que hizo público en el nombre de Dios.

Tras su muerte en Valencia en el año 69, se rompió el maleficio de la compostura y el síndrome de abstinencia multiplicó el jolgorio entre la población que se volvió desde entonces cada vez más excesiva en su manera de festejar al Rey Momo, hasta que en 1883, por el primer centenario del natalicio del Libertador, se ordenó adecentar la ciudad, delimitar las fiestas y preservar las fachadas y la compostura, en nombre de la memoria del ilustre hombre y a expensas de la liga de la decencia de entonces, que nunca falta.

En los vaivenes de la modernidad, la fiesta encontró partidarios oficiales y oficiosos y hubo una época dorada, a mediados del siglo pasado, cuando las fiestas eran auténticas celebraciones de la civilidad  caraqueña con bailes con orquesta, comparsas, madrinas y novios de la madrina, disfraces de negrita, desfiles y elección de la reina, en rancias arenas como el paseo Los Próceres o El Silencio, donde más de un disfrazado se hacía pasar por disfrazada al grito de “¡aquí es, aquí es!”.

Mi madre, malandra de Catia devenida en matrona derretida por los nietos, recuerda que por esos días era común -hasta hace muy poco- las celadas contra desprevenidos viandantes, a quienes se les embadurnaba con huevos, harina de trigo o de maíz, talco, barro y agua, que incluso podía terminar en una fosa profunda donde se empalagaba con ese menjurje indecoroso. Hace poco más de 10 años, recuerda Carlos Cova, en Sabana Grande se impuso la temible “tángana” que no era sino un ardid del hampa protegida por la buhonería, para cometer sus fechorías sobre el pendejo que se dejara arrastrar por unos muchachos disfrazados de malandros. Sin pecar de fundamentalistas ni de adalides del pensamiento conservador, está negado en la Venezuela de la segunda década del siglo XXI jugar con pertrechos parecidos porque quien se atreva a desperdiciar agua -si es que consigue- o huevo, o harina, o talco, e incluso, hasta barro, estaría cometiendo un crimen de tal magnitud que inquietaría en su tumba al mismísimo obispo Madroñero.

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