Aquiles Nazoa: Herido de amor por Caracas

Más que poeta, cantor, utilero, artesano, actor y mil oficios más, el Ruiseñor de Catuche fue, sobre todo, un amante de la ciudad que lo vio nacer y que defendió, con el arma de la palabra, hasta el final de sus días. Se enfrentó, como a molinos de viento, a un ejército especialmente peligroso que él llamó, simplemente, los feístas, cuyo poder se extiende hasta hoy.

                                        Por Marlon Zambrano @marlonzambrano                                    Fotografías Archivo / Ilustración Sol Roccocuchi

“Los que mueren por la vida, no pueden llamarse muertos”, así como los que aman sin ser correspondidos, no pueden llamarse desengañados.

Sería una grave contradicción frente a esa vieja tradición caribe de los amores contrariados, que denunciaba García Márquez en El amor en los tiempos del cólera.

Para amar a Caracas, debemos decir, hay que ser antes que nada un despechado.

“¿Qué se propuso Nazoa al escribir sobre la ciudad?”, se pregunta Alecia Castillo, docente e investigadora de la Universidad de Carabobo en su trabajo “Aquiles Nazoa, su vida y visión de Caracas”, para responderse ella misma: “Caracas es un tema, una realidad que debe ser poetizada. Nazoa comprende esta necesidad y se muestra como un poeta nostálgico y memorioso. Ve la realidad del presente como quien se asoma al espectáculo de la ciudad con incomodidad y dolor pero que siempre deja ver en el fondo un especial optimismo melancólico, porque él está seducido por su ciudad y se propone fomentar en otras personas el amor a Caracas”.

Ciudad situada en el pasado, la Caracas de Aquiles Nazoa se alimentó de sus fantasmas y sus angustias, pero también de sus añoranzas primorosas

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Quisiera, cualquier cronista de la urbe, tener esa vocación natural de enamoramiento que demostró siempre el “Ruiseñor de Catuche” como asoma en su tesis, luego de 19 páginas, la investigadora, quien emparenta a Nazoa con Jorge Luis Borges en aquello de cantarle a su ciudad, redescubrirla y servirla plagada de anécdotas menudas para las nuevas generaciones que, por un asunto de dilación vital, no pudieron disfrutar de la Caracas de los techos rojos que describió Enrique Bernardo Núñez antes de ser devastada por las punzantes oleadas del “progreso”.

Ciudad situada en el pasado, la Caracas de Aquiles Nazoa se alimentó de sus fantasmas y sus angustias, pero también de sus añoranzas primorosas o, por qué no, de ese ejercicio fantástico de inventar los recuerdos para ir hilvanando una memoria apócrifa con la que ir nutriéndonos de lo real maravilloso que abunda en esta ciudad ilusoria, imposible de describir desde lo concreto.

Su obra quizás más caraqueña, Caracas física y espiritual, transparenta la ciudad del imaginario, en su “triple condición de evocación, realidad y sueño”, como escribe Castillo.

Decía Pedro Beroes en la presentación de una nueva edición de esa joya bibliográfica perdida en un anonimato absurdo: “No es, precisamente, un libro de historiador, aunque su tema sea de historia en buena medida. Es, ante todo, un libro de poeta, lleno de magia, de encanto y de poesía, escrito con garbo y llaneza, como han de escribirse los grandes libros…”.

Caracas cambiando.

Nostalgioso contra el feísmo estético

Las ventanas que valoraba Aquiles.

Su vida de caraqueño errante, tránsfuga en la geografía nómada de los anhelos, lo llevó a sentir cada vez con más pasión a su ciudad desde realidades lejanas que le sirvieron de contraste, adonde fue a parar huyendo muchas veces del hambre, pero sobre todo de la opresión política a la que confrontó con las mismas pasiones, según su propia confesión, enunciadas por Bertrand Russell: “El ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento humano”.

Desde La Habana, La Paz, Bogotá, Cagua o Villa de Cura, Nazoa alimentó un espíritu “nostalgioso” (como él lo expresaba) por arar en la caraqueñidad, y desde allá (y acá) se hizo acompañar, como si fueran muñecas de trapo imaginarias, del frutero, el chichero, el pregonero, la señora de sociedad, el panadero, el afilador, el vendedor de loterías y un largo etcétera, para que le fueran dictando ese largo poema-ensayo-anecdotario con el que elevó su terruño, a través de la literatura, al olimpo de la Acrópolis de Atenas.

“He aquí que me senté a escribir un libro sobre Caracas y lo que me salió fue un kaleidoscopio. No por el estilo, sino por los temas, mi libro a lo largo de su lectura irá dejando en el alma del lector un reguero de cositas pequeñas y coloridas… desechos del tiempo cuyo destino es la diáspora y el olvido…”, escribe Nazoa en la introducción de Caracas física y espiritual, en 1967.

Esa turba alegre de la Caracas real, que aún pervive, más allá de las fachadas arrasadas por el peso demoledor de la bola de hierro que derrocó a su amado hotel Majestic -donde comenzó a conocer mundo como botones-, para imponer a una legión de funcionarios mediocres y a malvivientes sin imaginación, que llegaron con la migración aldeana del interior del país y su abandono de cinco siglos, y el éxodo europeo que huía de las guerras, a sembrar de “feísmo” los aires bucólicos de una ciudad que en otro tiempo fue mejor.

Terror a la “ortopedia de cemento”, al “bolivarianismo decorativo”, a los “dignificadores de la mampostería”, a la “utilería de chivera”

Esteta confeso, no solo vivió del recuerdo de una Caracas más entregada al fervor por su hábitat tropical, dialogando con el Waraira, los zaguanes, las perezas o el Guaire, sino que se detuvo a denunciar con discernimiento de experto (hasta un premio de arquitectura recibió), los crímenes ornamentales que cometieron desde Guzmán Blanco hasta Rómulo Betancourt, en su extraño empeño por hacer de la ciudad un “infatigable espectáculo de subversión y trastocamiento”.

Guzmán dedica cuantiosos recursos del erario público a la construcción de una gran plaza y de un gran parque, cuando aún la ciudad no tiene cloacas, señala. El general Crespo lo imita construyendo en El Calvario una capillita para pagar la promesa que su esposa le había hecho a la Virgen de Lourdes, “…o construyendo caprichosamente un puente para pasar por debajo, un túnel para pasar por encima y un arco para pasarle por un lado”, prosigue.

Reurbanización del El Silencio

Manifiesta escozor por las palabras “remozamiento” y “remodelación”, “repintamiento” y “remaquillado”.

Susto por la “pesantez de paquidermo arquitectónico” que intuía en el Palacio Blanco, y la propensión feísta que halló en ese “maruto” inexplicable que levantó Pérez Jiménez en “la barriga” del Ávila, que es el hotel Humboldt y que él veía tan inútil como construir una piscina en el medio del mar.

Terror a la “ortopedia de cemento”, al “bolivarianismo decorativo”, a los “dignificadores de la mampostería”, a la “utilería de chivera”, al “mamarrachismo” endémico, al esnobismo de una clase media ensoberbecida que proclama su primitivismo estético, sustituyendo calles por bulevares y cerros por colinas.

Advierte Alicia Castillo: “Nazoa cumple con resaltar y denunciar abiertamente las transformaciones violentas que Caracas sufre con la obra de cada gobierno que desea cambiar la cara de la ciudad según su política y gusto personal”.

Según Héctor Seijas en esa compilación maravillosa llamada Amada Caracas: antología esencial de la ciudad contemporánea, Nazoa habló no solo de sus remembranzas, sino de “la ciudad sufrida, la ciudad atropellada, la ciudad fragmentada, la ciudad empastelada en una suerte de collage de incongruencias e incoherencias arquitectónicas que le otorgan a la urbe un carácter neocolonial, de ciudad tomada por intereses extraños, ajenos a su particular ser natural”.

El que le pasaba los libros

Estampa de la Caracas de mediados del siglo XX.

Jesús María Sánchez, un cronista mirandino esencial, nos toma de la mano y nos pasea desde la esquina de La Bolsa a San Francisco, en pleno corazón del casco histórico, cuando la Biblioteca Nacional despachaba desde el Palacio de las Academias y allí pasaba largas horas el bardo de El Guarataro, anclado a un sillón que especialmente habilitaba el joven funcionario para que Aquiles consultara cómodamente, de 10 de la mañana a 4 de la tarde, las experiencias vicarias de grandes autores venezolanos y universales que terminaron de darle espesor a su alma de nigromante.

Muchas veces, nos cuenta Sánchez con su grave vozarrón de cantante lírico, salían a deambular las calles de pueblo llano que aún era Caracas a finales de los años 50 del siglo pasado, y se detenían a oír el escándalo del señor Miranda pregonando su miel de abeja en las afueras del Capitolio, que alegraba las tardes cuando aquel hombre trajeado de blanco terminaba aclarando, por si quedaba alguna duda, que él no era Miranda el de la Carraca, sino Miranda el de la miel.

Revistas, periódicos, folletos, guías, libros, recetas, anuarios, volantes y todo lo escrito que hiciera referencia a su ciudad natal, nos confiesa Sánchez con sus ochenta años de vida largos y su memoria intacta, le exigía Aquiles para alimentar su inmensa obra.

De pronto, sin venir a cuento y detonando una algarabía emocionada en medio de la sala de consultas, el poeta entraba en un trance festivo celebrando el hecho de hallar el esquivo apodo del poeta gastronómico de Caracas: “Chicharrita”, quien le cantaba con habilidad de juglar romántico nada más ni nada menos que al mondongo.

Al momento de su muerte, recuerda Jesús María y lo menciona en su indagación Alecia Castillo, Aquiles se encontraba escribiendo, simultáneamente, tres libros: Navegantes de Colores, sobre los papagayos, con ilustraciones de grandes maestros de la pintura venezolana contemporánea; Genial e ingenioso: la obra literaria y gráfica del gran artista caraqueño Leoncio Martínez, también con abundantes ilustraciones; y una recopilación de poesía lírica, con el título Amigos, jardines y recuerdos.

Siempre, hasta el día fatal de su inexplicable accidente automovilístico en la autopista Caracas-Valencia, muy cerca de Maracay, con el alma jalonada por ese destino inexorable que fue, y es, la Caracas de nuestros tormentos.

Nazoa habló no solo de sus remembranzas, sino de “la ciudad sufrida”.

ÉPALE 371