Aquiles y su “Cajita de Arrayanes”

Por Armando Carías

Con Aquiles me pasa que cada vez que quiero escribir algo sobre él, intento dármelas de poeta y escribir bonito, procurando estar a tono con su altura y su sensibilidad.

Generalmente fracaso.

Por eso, en lugar de pretender llegarle al menos a los talones a nuestro centenario cumpleañero, buscaré compartir una de las experiencias más hermosas que he tenido como director teatral: el montaje de la obra “Cajita de Arrayanes”.

Su primera puesta en escena la llevamos a cabo en el año 1988, con el Teatro Universitario para Niños “El Chichón”, de la UCV.

Sus autoras, Lutecia Adam, creadora del guión, y Alecia Castillo, autora de la música, fueron entrañables amigas del poeta; por lo que el proceso de ensayos fue un maravilloso viaje a través de vivencias, personajes y lugares muy cercanos a la vida y a la obra de Aquiles Nazoa.

La anécdota de la obra nos remite a una colonia de ratones en donde todos trabajan la tierra, produciendo el alimento y el sustento necesario para vivir.

Junto a ellos, un ratón observador de los bachacos y las hormigas, coleccionista de cocuyos y de los sonidos que pueblan la noche, enamorado de la luna y de las mariposas, trovador de su adorada Mariú.

Un ratón poeta llamado Aquiles, a quien el resto de la colonia le reprocha que no tome la pala y el arado para sembrar y cosechar, reclamo que él responde diciendo que la poesía es su trabajo.

Transcurre la historia y un trágico día llega la tormenta, arrasa los sembrados y deja todo destruido. Vienen los especialistas: doctores, ingenieros, arquitectos y hasta el cura a intentar arreglar ese desastre. Pero nada.

En medio del desconsuelo, Aquiles, el humilde ratoncito, ofrece su “Cajita de Arrayanes”, de la cual saldrá la luz que regresará el calor y el optimismo.

Moraleja de vida que le calza a la perfección al momento que atraviesa la humanidad, desolada y sin respuesta ante una pandemia que, como la tormenta de la obra, amenaza con dejar todo desolado.

Lutecia y Alecia, decía, nos llevaron de paseo por recuerdos entrañables de su amistad con el bardo: ensayos en Hato Viejo, visita a la casa de Aquiles, conversaciones con su esposa María, reuniones con su amigo Fruto Vivas, charlas con el estudioso de su obra, Ildemaro Torres y las muy personales historias vividas por ambas al lado del personaje que nos seducía en cada cuento que ellas nos echaban al evocarlo.

La escenografía  era un carrusel sobre el cual giraba toda la historia; el vestuario, muñecas y muñecos de trapo, la música, una amalgama de merengues, valses, serenatas y aguinaldos de clara referencia a la juventud del poeta.

Con el tiempo, “Cajita de Arrayanes” se fue transformando en un clásico del teatro infantil venezolano.

“El Chichón” la repuso en dos oportunidades y la Compañía Nacional de Teatro la llevó a escena hace varios años, siempre bajo mi dirección.

Hace dos meses la estábamos ensayando para la inauguración del Festival Internacional de Teatro.

Pero en eso llego esa tormenta llamada Coronavirus y con ella la cuarentena.

Ya volverá Aquiles con su cajita a enseñarnos el valor de la poesía, capaz de aplacar tormentas y convocar
al amor.

ÉPALE 371