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POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / FOTOGRAFÍAS ENRIQUE HERNÁNDEZ

Les dijo Jesús: Venid, comed….

EVANGELIO DE SAN JUAN 21:12

1. DEL CENÁCULO A GETSEMANÍ
La noche anterior cené ligero. Sabía con claridad a lo que me enfrentaría. Me levanté temprano al día siguiente, llevé a los chamos al colegio y le di tres vueltas a mi puesto de empanadas de confianza, evitando la tentación con rigidez de gelatina. Ya gravitaba en el pecado. Orando y en ayuno redoblé la marcha hacia la plaza El Venezolano, donde una cola inmensa, pero fluida, troceaba el centro en dos, a partir del cohete interestelar que se erige con vigor fálico en uno de sus ejes. Un camión despachaba sardinas, boqueando todavía, a 100 bolívares el kilo y la gente las llevaba por toneladas, menos yo, que 15 días antes había recibido el resultado de un perfil 20 de rutina: colesterol en 301 y triglicéridos en 203, es decir, un kamikaze en caída libre hacia la inmolación dispuesto, por imposición laboral autoinflingida, a echar una cana más al aire, o dos.

Ruta colesterol_03_12. DEL HUERTO A LA CASA DE ANÁS
Me habían hablado del demonio y de los pecados capitales. Tantas veces condenado a arder en las pailas del infierno que sentí que la pauta sería rutina. Así, cargamos esa cruz y aterrizamos con desesperación de aquelarre en el kilómetro 23 de la carretera que empata a los municipios Libertador y Vargas, a 1.750 metros de altura, con frío, hambre, expectación y angustia frente al pecado de la carne que se dibujaba ostensible sobre una callejuela de medio kilómetro, hedionda a uno de los más sublimes aromas del que tenga memoria la humanidad: el cochino frito, que a la distancia resulta una cruel bofetada.

3. A CASA DE CAIFÁS
Escupido e injuriado me sentí cuando Miguel Rodríguez, del restaurante La Cubana, me dijo en tono confidente que es puro cuento chino lo de que la gente no come carne en Semana Santa. “Es cuando más se llena El Junquito”, me juró, y pichó dos morcillas andinas con arroz que, literalmente, derritieron su negro aguijón sobre nuestras lenguas. Allí iniciamos el ascenso al calvario, creyendo que hacíamos bien recorriendo los siete templos… de la carne, distribuidos aleatoriamente en la única calle del minúsculo y simbólico pueblo bautizado, por los sibaritas de esta revista, como “la ruta del colesterol”. Y no son siete sino más de 70 locales comerciales que, entre otras menudencias, se dedican a despachar con pasión beatífica chicharrón, pernil, pollo, chorizo, morcilla, chinchurria, hígado, panza, oreja, lengua, costilla, bofe, bollitos, cachapas, en presentación individual o en parrilla colectiva, a precios que van desde los 3 a los y tantos mil bolívares, hasta donde alcance la imaginación.

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4. A CASA DE PILATOS
Falsos testimonios cayeron sobre nosotros (Enrique, el fotógrafo, se quiso adueñar de la chamba y pedir asilo en esas montañas corrompidas) cuando, llenos de asombro, nos dejamos arrastrar por las ofertas cariñosas de los muchachos que brindan de sus platos calientes trozos de degustación, y hasta se ofenden si los desprecias. Por un momento uno dejó su bandeja humeante en mis manos en medio de la acera, mientras ingresaba a la cocina a buscarnos muestras de cachapa. A punto estuve de alcanzar un estado transitorio de purificación ecuménica si en vez de trocitos de chorizo de ajo llevara hostias. Me persuadió el rostro enternecedor de Petra Delgado, dueña de la carnicería El Caserío, con 20 años despedazando piezas de cerdo, quien recordó que antes la procesión de comensales era mayor y hacía más frío. “El secreto es que todo se prepara con productos de primera y picadito, picadito”, y señaló hacia atrás, desde donde la escoltaba una torre de ajoporros con rastros de tierra en sus tallos.

5. AL PALACIO DE HERODES
En un momento entramos en trance. Yo los quería abrazar a todos, picar chorizo, besar a las vendedoras, picar pernil, acariciar a los perritos, picar chinchurria, domesticar un loro, masticar chicharrón, y así, hasta que se sumó Jhon, el pana que maneja, que al final resultó ser uno de los nuestros, y juntos los tres jinetes del Apocalipsis (el cuarto es vegano). Escarnecidos por la soldadesca, nos asilamos en El Mesón del Junkito, donde Gustavo Flores abundó en las claves del gusto: “Los productos vienen de mataderos cercanos, de Carayaca, Los Teques, los chorizos y las morcillas caseras, de los alrededores”.

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6.DE VUELTA EN CASA DE PILATOS
En Junkito Campestre quemamos las naves. Ya sabíamos que seríamos azotados, coronados de espinas y condenados a muerte, así que pedimos una parrillita chiquita para la foto. Enmanuel Rojas, uno de los voceadores de las aceras (que te persiguen, se te pegan como chinches y te convencen de que sus productos son cien por ciento
light), le entró al chisme y nos contó que entre semana suben los novios, los estudiantes, los amantes, escapados y dispuestos a dar la estocada con un arreglo floral de morcilla sanguinolenta en plena ruta del pecado. Nos explicó los misterios de la preparación: lo primero es que todo esté fresco, freírlo término medio hasta dejarlo jugoso, aderezar con sal praga (una mezcla especial que resalta el sabor y la textura de las carnes) y orégano, se congela y se repone la mercancía semanalmente. Además, se fríe en manteca extraída del cochino, preparada allí mismo, que se cambia cada día para que no queden restos escaldados.

7. EN EL MONTE CALVARIO
También había fresas con cremas, duraznos, cerezas, verduras, rosquetes isleños,  dulce de guayaba, abrillantados, pero para allá ni volteamos a ver.

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