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ATACÓ CON FURIA A TIRIOS Y TROYANOS, A ADECOS Y COMUNISTAS, A EMPRESARIOS Y DESEMPLEADOS, CON UNA PASIÓN QUE SOLO UN SUICIDA ES CAPAZ DE DESPLEGAR. ESCRIBÍA POR HAMBRE, POR SOLEDAD Y PORQUE SE SENTÍA EL MEJOR ESCRITOR VENEZOLANO. DESCANSA EN GUERRA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Hay unos cuantos libros venezolanos que se vendieron en su momento como pan caliente (sí, aquí alguna vez se vendió mucho, mucho pan caliente) sin ser obras literarias, o quizá precisamente por no calificar, según el canon académico, como obras literarias. Muchos de ellos se propagaron entre los años 60 y 70 del siglo pasado gracias a una especie de boom de la industria editorial, en el cénit de casas como Vadell Hermanos, Fuentes Editores, Selevén y todo lo que producían, abiertamente o por debajo de cuerda, las maquinarias del Bloque DeArmas y la Cadena Capriles.

En esa categoría de exitazos de ventas pueden contarse títulos como Soy un delincuente, Cuando las mariposas aprenden a volar y Retén de Catia (las tres firmadas con seudónimos pero escritas por un mismo maestro del testimonio, Gustavo Santander Laya), Si te acercas te mato, de Barrabás; inclasificables como La llama morada y dos o tres títulos más de alcance internacional escritos por Conny Méndez; las piezas de Otrova Gomas, los muchos testimonios de mártires de la dictadura perezjimenista y un par de joyas de polemistas y buscadores de bronca profesionales. Entre estos, el clásico de los clásicos es autoría de Argenis Rodríguez: la tercera parte de sus memorias, titulada Escrito con odio.

ANTITODO

Las dos primeras ediciones de Escrito con odio se vendieron en cuestión de dos meses, y es fama que esa hazaña se debió al interés de una mano peluda adeca en que se propagara con furia. Esa mano peluda se llamaba Rafael Poleo, quien imprimió y publicitó tantos ejemplares como se lo permitió su camastrón de escupir pasquines. El sabroso verbo de Argenis, en combinación con su total falta de escrúpulos y de miramientos para echarle mierda a los excomandantes guerrilleros, a más de un adeco, a los intelectuales de café que hacían la revolución en los bares de Sabana Grande e incluso a sí mismo, convirtieron a esta pieza en el libro que la Venezuela de las vacas gordas leía muerta de la risa sin distingo de clase social.

En efecto, el librito deslumbraba a los burgueses a quienes les gustaba ver pateados a los comunistas (ah, porque en ese tiempo la gente creía que Teodoro Petkoff, Pompeyo Márquez, Américo Martín y todo ese combo de patiquines disfrazados de guerrilleros eran comunistas) y era degustado también por el obrero, el empleado público, el lumpenproletariado que no retenía el análisis de fondo pero sí la anécdota relampagueante y el verbo destrozador. Argenis recomendaba a la juventud hacerse la paja tres veces al día, para evitar así la tentación de invertir toda esa energía en ponerse a atracar bancos en beneficio de unos comandantes de mentira, y dos párrafos más abajo narraba la forma en que intentó suicidarse las primeras veces, exiliado y destruido en las calles de Madrid. Porque su exilio no fue dorado; su vagancia por Europa estuvo signada por el hambre, la miseria y el refugiarse en la escritura, que se supone es lo que deben hacer los escritores o aspirantes a escritores con verdadera vocación. Vivir para escribir, no de la escritura. Implacable con sus afectos y consigo mismo, contó cómo golpeaba a una de sus mujeres y cómo fue que a otra la botó “por jedionda”, y más abajito echaba el cuento de cómo aprovechó que una directora del Conac lo mandara para el exterior sin que él se la hubiera raspado como ella quería. Le debía favores a los adecos, pero contra los adecos cargó con una virulencia de espanto en otras dos piezas para la historia del insulto, como La amante del presidente y La fiesta del embajador. Los “comunistas” (encerrados en sus apartacos burgueses o en los bares donde militaban en la borrachera) lo acusaron de anticomunista, y los adecos lo acusaron de comunista. En los años 90 Poleo volvió a buscarlo, esta vez para que escribiera alguito en contra de Jorge Olavarría, y Argenis se lo descargó bello, acusándolo de vainas improbables dictadas por el que pagaba los whiskies, el viejo zorro dueño de El Nuevo País.

DECÍA SER EL MEJOR ESCRITOR DE VENEZUELA, QUIZÁ IGUALADO POR SALVADOR GARMENDIA. EXTRAÑAMENTE, CUANDO TENÍA ESOS DELIRIOS NO CAÍA MAL SINO QUE SE PONÍA MÁS GRACIOSO Y HASTA SIMPÁTICO

Es lógico que nunca tuviera paz, pero sus ratos de angustiosa depresión no lo postraban sino que lo ponían más frenético ante la máquina. Lo entrevisté en 1999, a sus 63 años; estaba a pocos meses de cumplir su palabra de irse de este mundo por mano propia, como su admirado Ramos Sucre. Decía que un hombre de verdad debía decidir cuándo quitarse la vida. Mientras llegaba ese momento, las cuentas que tenía en el equipaje al momento de aquella conversa eran estas: 40 libros publicados entre novelas, noveletas y testimonios; 20 novelas inéditas y un diario que comenzó a escribir a los 14 años, y que para entonces tenía cerca de 10.000 páginas; “Es más largo que el diario de Miranda”, se ufanaba. Decía ser el mejor escritor de Venezuela, quizá igualado por Salvador Garmendia. Extrañamente, cuando tenía esos delirios no caía mal sino que se ponía más gracioso y hasta simpático. Así trascurrió una parte de aquella conversa, a las puertas de El Nacional:

—¿Usted hace literatura o periodismo, o simplemente nos cae a chismes?

—Yo escribo. Y no hay un escritor en este país que lo haga como yo.

—Usted acostumbra a ponerse por encima de varios escritores venezolanos emblemáticos. Se los voy a nombrar uno por uno, y usted me dice por qué son inferiores a usted.

—De acuerdo.

—Rómulo Gallegos.

Cantaclaro empieza bien, pero Gallegos creía en la virginidad. Dígame Santos Luzardo: él es un santo, lo dice su nombre. No le hace nada a Marisela, que estaba bien buena; no le hace nada a Doña Bárbara, que se le ofrecía. Así no se puede.

—Rufino Blanco Fombona.

—Me gusta Rufino porque era recio, macho, escribía violento, pero era racista.

—Mariano Picón Salas.

—Mucha palabrería. A Mariano le sobraba ramaje y le faltaba cultura.

—Úslar Pietri.

—A Úslar le falta todo. Un hombre que trata de usted a todo el mundo, que es inaccesible, que no te deja llegar a él, no puede conocer el alma de la gente.

—Adriano González León.

—Él es clase media baja; esa es la gente más vulgar y llena de prejuicios. Y un escritor con prejuicios no funciona.

—Rafael Arraiz Lucca.

—No lo he leído, pero yo desconfío de la gente que anda bien vestida y con corbata. Para ser escritor es preciso haber conocido la vida desde muy abajo y desde muy arriba, y el único que ha cumplido con ese requisito he sido yo.

Violento desde la escritura y desde su cuerpo físico, se colgó de un mecate en mayo del año 2000, casi 20 años después de cumplirse una fecha tope que se había propuesto públicamente: siendo muy joven escribió que no llegaría vivo a los 45 años de edad.

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