Argenis Rodriguez_1

POR MARLON ZAMBRANO  • @MARLONZAMBRANO / ILUSTRACIÓN CHARLETO

No hay confesión más ardorosa y transversal que la de los amantes. Aunque esté enajenada por los besos, lleva consigo el aliento primario de la locura. Escribe la que fue su última compañera de vida, Melysendra del Corral, que Argenis Rodríguez (1935-2000) solía envidiar. Llegó a decirle que “a diferencia de la mayoría, no envidiaba dinero, ni casas, ni carros, ni bienes materiales de ningún tipo, sino el genio de los hombres y mujeres que hacían grandes obras, sobre todo los que escribían bien”.

Podría intentar un tratado del autor que me maravilló a los 9 años de edad, cuando descubrí una de sus obras más agrias en la estantería de libros de casa. Escrito con odio se convirtió, desde entonces, en una especie de pasión absurda para un infante que pasaba tardes de ocio pergeñando las páginas del rabioso texto, donde se narran las intimidades descarnadas de un país terriblemente decadente, con protagonistas más palmarios que Gulliver o Miguel Vicente Pata Caliente y más malandros.

Podría intentarlo, digo, pero me quedé pegado, en un inesperado escarceo epistolar-digital, con el blog de José Roberto Duque, tracciondesangre.blogspot.com, donde se establece un emotivo trinomio que da señas más que profundas del autor que se suicidó ahorcándose luego de producir alrededor de una treintena de libros, entre publicados e inéditos, que mantiene pendiente la posteridad.

Duque narra sus encuentros para entrevistarlo y sus huidas para no meterle un coñazo, mientras el turbulento escritor insistía en volverse cada vez más agreste y sedicioso: “‘¿Sabes una vaina? Te tengo envidia’ —cuenta que le advertía luego de unos tragos—, y lo decía con una sonrisa que era difícil precisar si era provocación, burla o celebración de un chiste malo”, ensarta. No era de extrañar, porque así gruñó y escribió a los cuatro vientos cada vez que tenía algo que contar sobre la Venezuela precaria y corrupta que emergió tras la guerrilla de los años 60, disparando a mansalva sobre los hermanos Petkoff, Pompeyo Márquez, Caupolicán Ovalles y un sinfín de personajes públicos (de la política, la literatura, la intelectualidad) que, a su parecer, merecían el desprecio por traicionar los fundamentos de la izquierda y vagar en las indefiniciones sobre su compromiso con el país. En algunos casos fue sorprendentemente visionario.

“De modo que me acosan por la derecha y por la izquierda. Los señores de Cristo Rey, el Opus o no sé qué mierda me demandan y quieren verme entre rejas y los comunistas, los marxólogos y los borrachitos que gritan en los botiquines quieren verme acribillado. ¡Qué cantidad de hijos de puta!”, dejó claro en Escrito con odio.

Melysendra del Corral le advierte a Duque en su blog: “Recuerda que Argenis era un ser humano hipersensible. Los seres como él conservan para siempre una transparencia, una veracidad, una ingenuidad que les es característica a la etapa de la infancia”.

Más abajo aparece la hija mayor de Argenis, Clara Rodríguez, para cerrar desde Londres: “En esa cuarta república nuestra siempre tuve que esconder (fue la enseñanza de Argenis, también) que era su hija para que no se me dificultara demasiado mi carrera. Me impulsó a que forjara mi camino y creo que así lo he estado haciendo”.

Parece que así se construye la historia de un proscrito devenido en mito: para unos, un autor imprescindible; para otros, un perturbador. Sin duda, un maldito.

ÉPALE 192

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