ÉPALE274-MITOS

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

El teatro es, entre otras cosas, esa expresión exquisita del arte donde se sublima la dialéctica de la vida a través de la puesta en escena. Es la representación de antiguos rituales mágicos que fueron evolucionando en la medida en que la cultura sustituía el arte rupestre y la exaltación de los dioses por textos narrativos, los que produjeron joyas como la obra de William Shakespeare o de Federico García Lorca. Es un universo singular donde, en vez de buena suerte, se desea mucha mierda o que se te parta una pata.

Está plagado de una cantidad tal de supersticiones y tabúes que cuesta creer que un productor se arriesgue a invertir en el mundo de las tablas.

Si de colores se trata, el amarillo es pavoso porque trajeado de ese color murió Moliere. Si hablamos de flores, aparecerse en el escenario con claveles es un escándalo cromático de muy mala espina. Si a sonidos nos referimos, silbar es una trastada; y si hay que hacerlo porque lo exige el guion, la orden es canturrear. No se debe, bajo ninguna condición, tejer en un camerino pues esto podría acarrear una desgracia para el elenco, y si se hace con lana amarilla el riesgo es doble.

Pronunciar la palabra “Macbeth”, como el título de la célebre obra, es casi lanzar una maldición. Se recomienda decir “la obra escocesa” para referirse a ella; y si, por vainas del destino, se te escapa la expresión debes cumplir un ritual que pasa por salir del teatro, escupir en el suelo, girar sobre ti mismo tres veces y suplicar a gritos que te dejen volver a entrar.

Hablando de misterios, en toda circunstancia se debe dejar siempre una luz encendida por una razón muy clara: los fantasmas al correrse el telón. El teatro está minado de oscuras historias de terror, de donde surge la necesidad de mantener siempre un foco que espante a los bichos del más allá. De ahí El fantasma de la ópera de Gastón
Leroux.

Las plumas de pavo real, ¡ni se te ocurra! Según los teatreros, de ahí viene el mal de ojo, por su extraña forma de guiño multicolor. Muchos acontecimientos nefastos han ocurrido en el teatro universal —según cuentan— por este curioso maleficio.

Si los espejos partidos son pavosos en casa, ¿cómo será en el teatro? Están prácticamente proscritos del escenario por un tema técnico de iluminación e incluso de distracción. Si se parte uno durante una obra, eso ha de acabar en carnicería.

Lo del conjuro escatológico tiene varias versiones. La más difundida es que la presencia de mierda de caballo era la evidencia concreta, en el teatro antiguo, de una alta concurrencia de espectadores a una obra. Eso era bueno, evidentemente.

Al teatro uno lo asocia, quién sabe por qué exactamente, a la crème de la crème, al Victoria’s Secret de dama, al chiquiluquismo, pues. Uno quisiera usar corbata de lacito y eructar pa adentro. Quizás porque se asocia a Shakespeare con la burguesía intelectual. Otro mito.

Resulta que el más grande dramaturgo de la historia era, según algunos de sus biógrafos, un malandro de la más baja especie, un bachaquero del sigo XVI, de quien se sospecha no ser realmente el autor de los textos que se le atribuyen y de estar incurso en actividades criminales.

Algunas investigaciones muy respetadas concluyen que el escritor acumulaba alimentos en tiempos de escasez, lo que estaba tipificado como delito, antes como ahora, y eso que aún no habían inventado la Sundde. Se dice que durante un período de 15 años compró y almacenó grano, cebada y malta para luego revenderlos a sus vecinos a precios de usura. Nos cuesta imaginarlo escribiendo Romeo y Julieta y ofreciendo leche en polvo a la salida del Metro de Petare.

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