ÉPALE262-DIEGO DE LOSADA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

La cosa empezó con el simple comentario de un pana, compañero de militancias: pasábamos rumbo al 23 de Enero por la plaza que está frente a El Rincón del Taxista, que se llamaba dizque “Diego de Losada” y tenía un busto de dicho delincuente en el centro, sin que ningún vecino de la zona supiera que se llamaba así, y el compañero dijo: “Esto es un insulto, en esta parroquia no debería haber ningún homenaje a ningún genocida”. Y listo, así comenzó la conspiración y el manoseo de la idea. Fue en diciembre del año 2007; cargábamos esa fiebre Misión Boves a millón y necesitábamos mover los músculos después de la derrota en el referendo para la Reforma Constitucional.

Unos meses atrás había ocurrido un evento significativo, simbólico pero concretísimo en su intención contracultural: un grupo de panas había derribado la estatua de Colón en Plaza Venezuela y habían recibido trato y persecución criminales. Fue un hito de aquel discurso y evidencia histórica que nos justificaba: hay una historia oficial y una historia del pueblo; hay una lectura insurreccional aupada por las instituciones y otra que los diletantes ponemos a funcionar a la machimberra y contra el que se atraviese.

Nosotros, un poco menos puros en nuestra ejecución de los íconos opresores que los panas de Plaza Venezuela, ideamos un plan que pareciera “ajustado a derecho”: convocamos asambleas de ciudadanos, informamos que íbamos a tumbar el maldito busto y por qué; invocamos la memoria de tanto camarada de la parroquia 23 de Enero martirizado y asesinado en nombre de un proceso histórico y decidimos que ya esa plaza no iba a llamarse Diego de Losada sino Plaza del Combatiente Revolucionario. Queríamos ponerle Sergio Rodríguez pero no hubo consenso para esa moción. Igual realizamos la noche del 22 de enero de 2008 (hace diez años) el acto de derribo del busto del genocida, y colocamos en su lugar una especie de monumento de mármol con una placa que homenajeaba al flaco. Derribado el busto, fuimos a entregarlo en la sede del Instituto del Patrimonio Cultural, y allí lo recibieron sin alharaca ni controversia: estuvieron de acuerdo en que ese busto no era ningún honor para la ciudad y bien tumbado estaba.

De una pequeña hazaña quiero envanecerme, o autofelicitarnos como Misión Boves: logramos reunir para ese fin a gente que tenía rato sin conversar o articular energía y recursos: había gente de la Coordinadora Simón Bolívar, de La Piedrita, de Alexis Vive, no recuerdo si de otros colectivos de la parroquia combativa por excelencia de Caracas. Ese fue uno de los altos logros. Lo que no cuajó nunca fue nuestra intención de convertir esa plaza en un paseo o punto de encuentro en donde todos los militantes y combatientes caídos del 23 de Enero tuvieran su placa, busto, fotografía o monumento recordatorio. El impulso.

Mientras colocábamos la rolitranco’e piedra en la plaza (ocho coño’e madres tuvimos que parir para bajar de un camión y colocar en su sitio aquel trozo de montaña, de 300 kilos) el presidente Hugo Chávez pasó a nuestro lado, rumbo a un acto oficial del 23 de Enero en el Cuartel de la Montaña, ahí donde hoy reposa. Nos dijo “Adiós” con la mano. A su lado iba su hija María Gabriela, y detrás los escoltas y toda la parafernalia de la caravana presidencial. Finalizados los actos oficiales que dejaron semidesierto el nuestro, volvió a pasar. Lo saludamos con afecto. “Adiós”, nos volvió a decir con la mano. El Comandante era un tipo de pocas palabras.

ÉPALE 262

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