Así en la paz como en la guerra

POR RODOLFO PORRAS / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Todas las obras de teatro, hasta las muy malas, se basan en la búsqueda de ajustar algo, de alcanzar la calma que ese desajuste impide. Al igual que en la vida cotidiana, la búsqueda de la paz es un estado permanente.

El mecanismo dramático propone que hay un momento, un estado anterior al desasosiego que mueve a los personajes a tratar de recuperarlo. Para ser sincero, yo no recuerdo un solo período de mi vida en el que disfruté de ese estado constante de sosiego, más bien me reconozco en momentos de excepción, en los cuáles celebro la armonía como un paréntesis siempre bienvenido; sin embargo, sigo añorando ese estado inicial de paz permanente que nunca ha existido.

Se repite siempre que en Venezuela no ha habido una guerra desde que Gómez se instaló en el poder y los recurrentes enfrentamientos se acabaron. ¿Eso significa que Venezuela ha estado en paz desde ese momento? Durante el mandato de Gómez se desató una represión terrible, torturas, aislamientos, fusilamientos, propagación de la miseria y el fortalecimiento económico de los amos del valle y de otros hacendados que florecían a la sombra del dictador; además del otorgamiento de derechos económicos a las grandes empresas petroleras internacionales, estaba la explotación de nuestra gente y nuestro recursos.  Cosa que se prolongó durante todo el siglo XX. Nadie puede llamar a eso un largo período de paz.

Cuando Nora (la protagonista de Casa de Muñecas) inicia sus acciones, o Hamlet escucha el mensaje del fantasma de su padre, o Frondoso salva a Laurencia en Fuenteovejuna, o cuando los habitantes de Pueblo Viejo caen en el ensueño tramposo del oro negro en El vendaval amarillo, o Pío Miranda explota y revela toda su miseria en El día que me quieras, o Edipo se da cuenta de su espantosa realidad, o cuando Tartufo quiere esposarse con Valeria, no estamos frente a un desajuste que viene de la nada o inaugurado por algún personaje. El drama es posible porque hay un desarreglo en el universo de los personajes y es lo que en realidad provoca el conflicto del que trata la obra. En otras palabras: no había paz, no había sosiego; había una estructura desajustada que termina por reventar.

La guerra que estamos viviendo no se inicia con la llegada de Maduro a la presidencia, ni siquiera con el advenimiento de la Revolución Bolivariana comandada por Hugo Chávez. La injusticia, la opresión, la explotación humana, el saqueo de nuestras riquezas son estructuras que se instauraron hace más de medio milenio. Las características del desajuste y sus expresiones prácticas no han variado mucho en ese largo período. La guerra siempre ha estado y no siempre ha sido un enfrentamiento de dos Ejércitos, de dos grupos armados. Es un estado de sometimiento, de asedio, de imposición de procedimientos y líneas de poder. Quien se opone a los imperios económicos es atacado.

¿Añoramos la paz? Sí. Pero no a la ausencia de guerra. Esta nueva batalla por la justicia, la soberanía y la paz no es, ni será, sosegada. Y, cuando ganemos, tampoco nos van a dejar en paz.

ÉPALE 344

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