Así se baten los hijos del Alto Llano

Por Jesús Arteaga • Equipo de Investigación / Ilustración Erasmo Sánchez

Por allá por el siglo XIII, comenzaron a usar las primeras piezas de artillería en las guerras europeas, sobre todo en España donde las empleaban los árabes para someter a los peninsulares, es decir, que cuando ocurrió la guerra de nuestra independencia los españoles tenían más de 500 años de experiencia en el uso de armas de fuego.

En el siglo XVI Cervantes, en boca del Quijote, para referirse a las armas de fuego decía: “diabólica invención, con la cual un infame y cobarde brazo, que tal vez tembló al disparar la máquina, corta y acaba en un momento los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos años”.

Pero en Venezuela, donde todo es diferente, la artillería perdió efectividad ante el arma más letal, efectiva y sanguinaria de la guerra de independencia, una vara de guayaba de unos 4 metros de largo, con una filosa punta de hierro en forma de hoja de mata de mango (si tuviera punta de flecha no serviría porque se quedaría atorada en el primer cuerpo que atravesara).

Los huesos chirriaban, la carne era tasajeada cuando la cuchilla entraba y cuando salía, dejando un hueco profundo, sangrante, espantoso. Nadie sobrevivía a un lanzazo “bien dado” por nuestros lla neros, hábiles jinetes que montando a pelo con las riendas en una mano y la lanza en la otra, hacían huir a los que no les había dado tiempo de matar en la primera carga. Cuando los lanceros ponían pie a tierra  entonces le entraban a machetazos a los carabineros del Rey, que no tenían tiempo de volver a cargar sus fusiles.

Páez, El Centauro de los Llanos, cuenta lo que pasó en la batalla de Las Queseras del Medio: “…en el acto dispuse que el comandante Rondón, uno de aquellos jefes en quienes el valor era costumbre, con veinte hombres cargase a viva lanza y se retirase sin pérdida de tiempo… Cargó Rondón con la rapidez del rayo, y López imprudentemente echó pié a tierra con sus carabineros: Rondón le mató alguna gente y pudo efectuar su retirada… mandé a mi gente volver riendas y acometer con el brío y coraje con que sabían hacerlo en los momentos más desesperados. Entonces, la lanza, arma de los héroes de la antigüedad, en manos de mis ciento cincuenta hombres, hizo no menos estragos de los que produjera en aquellos tiempos que cantó Homero… Cuando vi a Rondón recoger tantos laureles en el campo de batalla, no pude menos de exclamar: Bravo, bravísimo, comandante. Mi General, -me contestó él-  así se baten los hijos del Alto Llano”.

ÉPALE 402

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