Así sea tu marido, si te obliga es violación

POR MARIELIS FUENTES • @MARIELISFU • @MARDALUNAR
ILUSTRACIÓN SOLÁNGEL ROCCOCUCHI

Tan recurrente como silenciada, la violación sexual dentro del matrimonio o el noviazgo, un tipo de violencia que ocurre principalmente dentro del ámbito doméstico, consiste en el hecho de que una de las personas que integra la pareja obliga, ya sea de manera explícita o mediante el chantaje emocional, a la otra persona a sostener relaciones sexuales sin que ésta así lo desee.

La violación sexual dentro del matrimonio o citas amorosas, generalmente, puede venir acompañada de otros tipos de violencias como el maltrato psicológico, verbal, intimidación, amenazas o el uso de la violencia física; aunque en la mayoría de los casos la violación sexual conyugal puede ocurrir por sí sola, por lo que advertir que se está frente a una agresión puede ser aún más complicado para la propia víctima, ya que socialmente este tipo de conductas suelen naturalizarse, lo que conlleva a que muchas mujeres soporten el abuso sexual en silencio por largo tiempo.

Es muy importante saber que las relaciones sexuales en todos los casos, sin excepciones, deben ser consensuadas y nunca por complacencia ajena. Cuando en una relación íntima, sea de noviazgo, concubinato o matrimonio, el acto sexual se convierte en una obligación hablamos de violación, pues cada quien cuenta con derechos sexuales que incluyen la libre autodeterminación sobre sus cuerpo, decisiones, pulsiones y deseos.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Observatorio de Igualdad de Género de la Cepal (2018) definen la violencia sexual como “todo acto sexual, la tentativa de consumar un acto sexual, los comentarios o insinuaciones sexuales no deseados, o las acciones para comercializar o utilizar de cualquier otro modo la sexualidad de una persona mediante coacción por otra persona, independientemente de la relación de ésta con la víctima, en cualquier ámbito, incluidos el hogar…”, estas agresiones pueden contemplar desde la penetración y/o fecundación forzada, hasta ser obligada a realizar un acto sexual que la persona agredida consideraba degradante o humillante.

También indica la OMS que la mayoría de las víctimas mantienen relaciones sexuales contra su voluntad por temor a lo que pudiera hacer o decir su pareja. Pocas veces las mujeres agredidas llegan a la denuncia por miedo a ser revictimizadas, ya que es común que sus testimonios sean puestos en tela de juicio por parte de los órganos receptores de denuncias, lo cual representa otro tipo de agresión tipificada por la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia como violencia institucional.

Para muchas mujeres, en la vida diaria, este es el pan de cada día. Además de tener que hacerse cargo de todas las labores domésticas sola, cuidar a hijos e hijas, personas dependientes, asear el hogar, salir a la calle a buscar el sustento para regresar a casa a seguir trabajando en la atención de la familia; en las noches, cuando se apaga la luz, empieza otro tipo de martirio: un marido, novio, concubino violador.

Esto ocurre muchas veces sin que la propia mujer se perciba agredida, ya que la mayoría de las veces el consentimiento obligatorio se da bajo la errada, pero arraigada, concepción de que una mujer “debe cumplirle a su hombre en todo momento”, así ella este cansada, con sueño, con malestar o simplemente sin ganas.

La sociedad y sus construcciones culturales machistas han recargado sobre las mujeres el yunque de ser cuerpos para el deseo del otro. Así, bajo la falsa creencia de que dentro del matrimonio todo se vale y de que una esposa, amante o novia debe cumplir con las solicitudes carnales de su pareja siempre que se le demande, se comenten las peores atrocidades de manera impune y, peor aún, con el auspicio social.

“Si no quieres estar conmigo me busco a otra”, “te niegas porque ya no me quieres”, son frases comunes usadas como mecanismo de dominación para doblegar la voluntad de la mujer.

Una amiga llegó a contarme que cada vez que llegaba la hora de dormir, después de haber ella bañado a su hijo, limpiado la cocina y doblado la ropa, no era precisamente descanso lo que le esperaba; pues al acostarse en la cama, quien era su marido en aquel momento le quitaba la ropa sin siquiera preguntarle o emitir algún intercambio de palabras, la obligaba a practicar una felación y luego la penetraba hasta que él alcanzaba la eyaculación. El día que ella se negaba, él colocaba mala cara y al siguiente día se mostraba distante, haciéndola sentir culpable por no haber accedido a su petición.

El miedo a perder a su pareja la mantuvo aguantando esa situación noche tras noche. Era tanto el agotamiento por las labores de trabajo doméstico no remunerado y del trabajo productivo en la calle que casi nunca lograba lubricar, por lo que el coito le producía dolor en vez de placer. Llegar al orgasmo era imposible.

Cuando trató de hablarlo con las mujeres de su familia, la respuesta que recibió aumentó su sentimiento de culpa y negación. Ellas le decían que como esposa debía acceder siempre que él se lo pidiera, pues para eso se habían casado y que “se pusiera las pilas antes que viniera otra y se lo quitara”. Así pasaron diez años, hasta que un buen día, gracias a los círculos de contención feminista entre mujeres, logró comprender que lo que vivía no le ocurría solo a ella y que durante todo ese tiempo había convivido con un violador.

Por suerte para mi amiga, hoy su historia cuenta con un final feliz. Pudo salir de aquel ciclo de violencia y retomar su vida, esta vez con la seguridad de que nadie, por ningún motivo, tenía derecho sobre ella, por más novio o marido que fuere.

La falta de estadísticas nacionales que cuantifiquen la prevalencia de la violencia sexual limita la visibilización de esta problemática social que cercena los derechos humanos, principalmente de las mujeres, adolescentes y niñas. Por ello es prioritario que se destinen recursos al levantamiento de registros de información que permitan recoger datos actualizados, y con ellos sentar las bases para la creación de políticas públicas que promuevan una sociedad sexualmente sana.

La violación sexual dentro del matrimonio se encuentra contemplada dentro del marco legislativo venezolano en la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia. Si alguna mujer se encuentra en un caso similar está en todo su derecho de denunciarlo y, sobre todo, de no aceptarlo; ella tiene la potestad de decidir libremente cuándo, dónde y de qué manera tendrá relaciones sexuales y a decir que no sin que nadie pueda refutarlo.

EPALE391

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