Aunque mal paguen… a veces

Publicado en Épale N°128 el 10 de mayo de 2015

La fiesta hípica impresiona por igual a neófitos y a expertos. No se sale ileso de una tarde en el Hipódromo: El juego aflora lo más abyecto de quienes apuestan, mientras otros se conduelen de los caballos

Por Mabe Chacín

Arde la tarde. Pica y quema.

A lo lejos se ven las ondas de vapor que emergen del piso. La sequía ha hecho de las suyas. Es sábado 2 de mayo y el estacionamiento frente a la entrada del hipódromo La Rinconada está hasta las metras. Es un estacionamiento que fue hecho para 9.000 automóviles y no hay puesto. “Tiene que buscá puesto por aquí cerca, poque si lo deja por allá le puede aparecé con un vidrio roto, amol”, me dice un parquero que usó una técnica infalible para que me parara en su área: se atravesó en el medio de la calle. Pero aquí la que manda es una mujer. La que más carros tiene bajo su vigilancia es una tipa arrecha que va a trabajar con sus tres muchachos a cuestas. 50 bolos es la tarifa. Total, quien va al hipódromo sale buchón, pensarán.

Las adyacencias del hipódromo están desoladas. El Museo Alejandro Otero vacío. El Poliedro cerrado. El parque Hugo Chávez aún se construye. Parece que la única distracción en el Complejo Cultural La Rinconada son las apuestas de caballos.

La entrada al hipódromo supone un anacronismo: la vista ofrece una entrada desvencijada, como detenida en el tiempo, mientras una compañía de seguridad revisa, con un aparato que pareciera del futuro, a quienes van entrando por la puerta principal. Adentro, en la antesala, reina el silencio. Basta con subir las escaleras para entrar a otra dimensión. Lo primero que se ve, a simple vista, son los puestos de comida y cervezas: atiborrados. Nos comimos un perro caliente con salchicha polaca en 140 bolos, no nos pareció tan caro. Acto seguido: las cervezas. El ambiente de las apuestas de caballos, bajo los efectos de la cebada, puede llegar a parecerse a una escena de Miedo y terror en Las Vegas. El dinero en riesgo saca a relucir las más viles y primitivas expresiones: apostadores que gritan, hacen ademanes, le pegan a las mesas, a las paredes y lanzan insultos al aire. Eso, precisamente, se llama “ligar”. Unos celebran, otros lloran.

Adentro, en los pasillos, en las tribunas, en los baños, se empiezan a ver los estereotipos: Gaceta Hípica y bolígrafo en mano, binoculares si es un veterano, cervecita entre cada carrera. Y no faltan quienes se las saben todas, los expertos que quieren convencer al otro de que le apueste tanto a tal caballo. Es frecuente ver a familias enteras, hasta con niños recién nacidos. Naturalmente el hipódromo es un lugar atractivo para pasar el rato, pero cuando hay dinero de por medio el ambiente se pone tenso. Dinero, alcohol y quién sabe qué más. “Aquí adentro es otro mundo”, me dijo Madison, un chamo de Caricuao que tiene dos meses trabajando como seguridad.

Todos los sábados, cuando aún no son las 11 de la mañana, Miguel se está montando en el Metro, dirección La Rinconada. Es de Catia y vive de jugar caballos. Tiene 32 años, pero aparenta mucho más, dice que por “culpa de la vida”. A veces trabaja en una finca en El Junquito, allá fue donde se “enamoró” de los caballos. Dice que se ha vuelto un experto con los años y que, fácilmente, se gana más de 3.000 bolívares por día, cuando le va mal. Su mujer lo dejó porque pensaba que Miguel andaba con otra, pero él le dedica su vida a los caballos, a la Gaceta Hípica y a la cerveza. Sin quitar la vista de su revista, me habla.

—¿Por qué juegas caballos?

—Eso es una cosa que siempre ha estado en mi familia. Cuando el crío mío crezca lo voy a traer también.

—¿Y si se vuelve ludópata, como tú?

—¿Quéjeso?

—Que se vuelve adicto al juego.

—Ah, bueno, no sé. Mejor, digo yo, porque por lo menos va a tener dinero.

—Los ludópatas tienden a perderlo todo.

—Ah, no, pero el hijo mío, ese va a ser arrecho.

*

El señor Google no es nada preciso cuando se le pregunta por el “hipismo”. Arroja, aproximadamente, un millón de entradas, de las cuales, según un rastreador génerico de páginas web, 384.000 son de Venezuela. En su mayoría, esta cantidad de portales web nacionales relacionados con el hipismo están destinados a las apuestas on line y funcionan bajo la metodología de las “ventanas emergentes”, que llevan al internauta de una página a otra y, en ocasiones, vienen acompañadas con algún soft ware malicioso que, entre otras cosas, hace que la computadora pierda su sano juicio y empiece a actuar como loca. La estética de estos sitios web parece haberse quedado estancada a principios de la década pasada: el uso y abuso de imágenes prediseñadas (de Power Point, por ejemplo) y de la fuente comic sans, aunado a la saturación de información en cada rincón de la ventana. Incluso, a algunos se les activa automáticamente el “reproductor”, un gadget anticuado que va quedando en el olvido, poco a poco.

El acceso a la información y a las apuestas de las carreras de caballos por internet y la proliferación de los vende-paga (sitios-bares de apuestas) han influido en la asistencia del público a los hipódromos. En Venezuela solo hay cuatro: Santa Rita en Maracaibo, Rancho Alegre en Ciudad Bolívar, el hipódromo de Valencia y La Rinconada en Caracas. En este último caben más de 12.000 personas entre las tres tribunas y sus áreas de esparcimiento. El óvalo mide 1.800 metros. Cuando el hipódromo de El Paraíso se quedó chiquito, el gobierno de Pérez Jiménez compró el terreno para la construcción de uno nuevo por 213.000 bolívares, ¡una millonada para la época!, lo que hoy puede costar un iPhone. El hipódromo La Rinconada fue inaugurado el 5 de julio de 1959 por el entonces presidente Rómulo Betancourt, después de que Pérez Jiménez fuera derrocado el 23 de enero de 1958.

El hipódromo La Rinconada fue, en algún momento, comparado con las grandes maravillas hípicas del mundo. Fue un furor, algo de lo que toda Venezuela estaba enterada, donde asistía una “fanaticada” a aupar a los jinetes. Un arquitecto norteamericano llamado Arthur Foelich y el brasileño Burle Marx fueron los encargados de diseñarlo. En el 67 se celebró por primera vez en Caracas el Clásico Internacional del Caribe, en el que resultó ganador un caballo mexicano. Este clásico entrega el premio más grande de Centroamérica: 100.000 dólares. Durante los último años el hipódromo sirvió como refugio, hasta que las, aproximadamente, 500 familias fueron ubicadas en complejos de la Gran Misión Vivienda Venezuela. A partir de 2013 empezaron las remodelaciones con una inversión de más 40.000.000 de bolívares, según el entonces ministro de Deporte Antonio Álvarez. En diciembre del año pasado se terminaron los trabajos más pesados para la celebración de la Serie Hípica del Caribe; sin embargo, muchas de sus instalaciones siguen en desuso y deterioro. La famosa Bola Continental, ubicada en la Tribuna B, desde donde Alí Khan decía sus sopotocientas frases, está totalmente desvencijada: grandes y amenazantes placas de latón ondean en el aire.

*

Para los neófitos —como yo— las carreras de caballos pueden ser un misterio. Para Joiker, un muchachto de 11 años, es pan comido.

—¿Tú vienes solo para acá?

—Mi mamá trabaja por allá afuera, pero a veces
vengo solo.

—¿Te dejan apostar?

—Sí, compro mi tique y no me dicen nada.

—¿Has ganado?

—Ji, bastante.

—¿Cómo aprendiste a jugar?

—Bueno, viendo, y con un primo mío grande que juega bastante, pero hoy no vino. ¿Me regalas 20 bolos pa’ apostale a ganador? Va a correr la Negra Andreína.

La Negra Andreína ganó, el número 8 remató en la recta final. J. Urdaneta fue el jockey (jinete) que la llevó a la victoria. Orgullosos sus dueños (y las mujeres de sus dueños), vestidos de gala, con lentes oscuros y una pinta de Tony Soprano que nadie se las quita, entran al paddock a tomarse la respectiva foto con su caballo y su jinete, porque también son dueños de este último. Según Madison, el muchacho que habló en el cuarto párrafo, experto en temas hípicos, cada carrera ganada son 350.000 para el dueño, 10% para el jinete. El domingo, Emisael Jaramillo, con Danzante, ganó la copa My Own Business y con ella 600 palos.

Ser jockey debe ser lo máximo. Son los héroes del día. Lo que no debe ser tan bueno es ser caballo: no me gustaría que me pongan gríngolas, me amarren, me peguen en las nalgas, en la cabeza y me saquen la chicha. Lo cierto es que esa es la peor parte de la vida de un purasangre: la carrera. El resto del tiempo son tratados como reyes, según el Instituto Nacional de Hipódromos (INH). Un purasangre es la mezcla de una yegua inglesa con un semental árabe, una raza arrecha, pues. A los rocinantes (que siguen siendo hermosos caballos) los dejan para hacer mandados.

El hipódromo, a pesar de sus viscosidades, puede llegar a ser un lugar atractivo y agradable cuando se está cerca de los animales: en el paddock interior, si se acercan bastante, puede que exista la posibilidad de acariciar a uno. Aunque hay que tener cuidado, el carácter de estos caballos es muy volátil. El domingo, antes de la 9na, el número dos saltó la talanquera.

*

“El hipismo es una industria universal que está presente en la gran mayoría de los países del mundo”, decía un tuit de la cuenta oficial del INH. Mentira no es. El origen de las carreras asciende a las más remota antigüedad, objeto principal de las fiestas griegas. En Venezuela, las carreras de caballos se volvieron tan populares que la revistas más vendidas del país son las hípicas, monopolio que maneja el Bloque de Armas.

El INH, diariamente, se encarga del mantenimiento de La Rinconada. Durante las carreras ponen la ambulancia y la cisterna que riega la pista: miles y miles de litros de agua. Esperemos que, al menos, no sea agua potable. El INH pertenece al Ministerio del Poder Popular para el Deporte. Habrá que indagar los beneficios que obtiene el Estado al patrocinar un lugar de apuestas. Esperemos, otra vez, que sean muchos.

Desde cualquier tribuna se ve el Waraira Repano, lejano pero imponente. Antes de llegar a él con la vista, se ve un valle, el cerro. Dos realidades contrastan fuertemente: un imponente monumento ligado a una cultura suntuosa rodeado de barrios.

ÉPALE 382