“Balada para un loco” (Y III)

Por Humberto Márquez / Ilustración Julietnys Rodríguez

Y para ir cerrando este maravilloso ciclo de la Balada para un loco, del poeta Horacio Ferrer y Ástor Piazzolla, no queda más que recordar a los locos del Borda. En 2009 pasé por Buenos Aires a visitar a mi hijo Marcel, que vivía allá por entonces. Y de unas cuantas entrevistas por radio que me hicieron me quedó la duda y las ganas que me entrevistaran en la emisora del psiquiátrico Borda (La Colifata, Salud Mental y Comunicación), que había conocido gracias a nuestro panita burda Manu Chao, porque él grabó con ellos. Reencontrarme con La Colifata del Borda en esta historia de Horacio y Piazzolla fue como “un mordiscón al inconsciente”, que la vaina como que es verdad: que los locos inventamos el amor. Los locos que aplauden en la canción son los internos del Borda.

Al fragor de esta historia coincidí en una bodega de Villa de Leyva, una suerte de abasto con bar al frente de la galería de arte Mavi, de mi benefactor Octavio Martínez Charry, compañero de Filosofía y Letras en la Universidad Javeriana de Bogotá con Álvaro Márquez, quien se me adelantó con la cantaleta normal que somos primos. Y hasta lo iba a entrevistar porque me habló de una versión de Susana Rinaldi que llevaba dos meses buscando, pero a él tampoco se le apareció.

Por lo menos escuchamos el programa juntos y, para cerrar, le conté aquella historia del verano de 1970, en Mar del Plata, con Amelita, cuando Balada para un loco tenía dos meses: “Troilo le dijo a Astor: ‘¡Vos le hacés cantar a esta chica cada cosa! Entre la música que escribís vos y las letras del uruguayo esta pobre chica…’. Y me decía: ‘Nena, venite conmigo. Yo te hago cantar unos tangazos, que te vas para arriba enseguida. Y Astor le decía: ‘Pichuquito dejá a Amelita tranquila’. Y el otro le contestaba: ‘Tranquila dejala vos. Escribís cosas que nadie entiende nada’”.

Así ocurrieron las cosas entre tanto loco amigo. ¡Bella locura, pues!

ÉPALE 359