Bando de Guayabal: ¿el pueblo contra Bolívar?

Si hay algo difícil en Venezuela es reconciliar en el imaginario de nuestra gente las luchas de Bolívar y las de José Tomás Boves: pocos venezolanos están dispuestos a aceptar que se trata de gestas complementarias. Noviembre es un buen momento para volver a intentar esa reconciliación

Por José Roberto Duque • @Jrobertoduque / Ilustración Erasmo Sánchez

La época o momento en que José Tomás Boves salió acompañado de una turba rabiosa a quitarle la vida y las propiedades a los poderosos coincidió con el naciente experimento de la Segunda República, intento o reimpulso de los creadores de nuestra nacionalidad de retomar los espacios perdidos después de la rendición o caída en desgracia de Miranda y la Primera República. Vayan anotando el año: 1813.

En el discurso simplificado y más o menos libre que nos han inculcado, Bolívar corona la Campaña Admirable y lanza el Decreto de Guerra a Muerte en ese mismo año (“Españoles y canarios, contad con la muerte…”, etcétera). Ante la enormidad de esos gestos, a partir de entonces todo lo que se le atravesara en el camino a Bolívar pasó, y todavía pasa, a ser acusado de proespañol, colonialista, realista, jalabolas de España y súbdito de sus reyes. Sólo que hacia el Sur, en los Llanos, estaba cobrando forma un extraño movimiento que no encajaba para nada, de ninguna manera y por donde se le mirara en cualquiera de esas etiquetas o hashtags.

Quien entiende la naturaleza de ese fenómeno o aluvión social llanero puede entender y aceptar todas las demás claves; quien se encallejona en esa visión de que todo lo que hacía Bolívar era justo, correcto, revolucionario, comunista y lindo, en todas sus épocas (incluso en la que no podía ser otra cosa sino mantuano y esclavista), entonces debería prepararse para mirar aquel segundo semestre del año 1813 con otros ojos.

Ni patriotas ni realistas: pueblo alzao

Boves pasó de ser navegante y contrabandista en el mar de las Antillas a reo en la ciudad de Calabozo, luego pulpero y otra vez contrabandista (comerciante) en un territorio que abarcaba casi la mitad de Venezuela. El hombre debió viajar por todas partes, y en ese “todas partes” escuchaba el mismo clamor: un gentío harto de la opresión de los españoles y de los blancos criollos o mantuanos.

Los caudillos que captaban más gente, de un lado y del otro, eran los que se atrevían a ofrecerles a los esclavos y a la servidumbre la opción de acceder a alguna migaja de las riquezas y propiedades secuestradas por 300 años de colonia. Como ahora, de pronto, los españoles fueron desalojados del poder, o estaban en proceso de ser sacados del poder, los nuevos amos cargaron con las rabias del pueblo más pobre.

Qué de pinga, ¿ah?, que ahora el país se lo disputaban los ricos nacidos allá y los ricos nacidos aquí. Cuando Bolívar lanza el Decreto que dictamina que el enemigo es todo español, el pueblo pobre no salió masivamente a degollar españoles, por una razón que no se podía detectar si no se estaba junto al pueblo, si no se formaba parte de él: había españoles y gente de todos los colores y procedencias que no había forma de considerar enemigos porque era gente pobre. Había pulperos, peones, sirvientes y desechados de piel blanca, muchos de ellos nacidos en España y las Canarias, que las castas dominantes llamaban “blancos de orilla” y que en la vida cotidiana eran compañeros de penurias, hermanos de clase de los negros, pardos y mulatos, también esclavizados y humillados.

En ese mezclote de oprimidos de toda tonalidad y pelaje prendió el liderazgo de Boves, a quien le dieron una oportunidad de comandar tropas “realistas” en una batalla, en Guayabal, por los lados de Calabozo. Victoriosos los pata en el suelo de Boves y derrotados los patriotas, el pulpero convertido en líder en armas emite un documento que se llama así: “Bando de Guayabal”, decía ese papel:

“Por la presente doy comisión al capitán José Rufino Torrealva para que pueda reunir cuanta gente sea útil para el servicio, y puesto a la cabeza de ellos pueda perseguir a todo traidor y castigarlo con el último suplicio (…) los intereses que se recojan de estos traidores serán repartidos entre los soldados que defiendan la justa y santa causa, y el mérito a que cada individuo se haga acreedor será recomendado al señor Capitán Comandante General de la Provincia. Y pido y encargo a los comandantes de las tropas del rey le auxilien en todo lo que sea necesario”.

Como la cosa está recogida en su lenguaje original, y sin mucho contexto para explicarlo, procedamos a hacer una traducción libre: “A partir de ahora todo el que se junte con nosotros (negros, mulatos, indígenas: pobres todos) será el dueño de lo que les quitemos a los ricos. Se les recomienda a las autoridades militares reconocerles, además, los méritos y cargos militares (a esos mismos bichos de toda procedencia)”.

Eso decía el Bando de Guayabal; si estuviera redactado en términos más sinceros y más claros, esas pocas líneas serían un claro antecedente del Manifiesto comunista, pero desde una visión del ser humano empobrecido de Nuestramérica. Al lado del bando sectario de Bolívar, que quería plantearle al pueblo una lucha de nacionalidades, Boves le planteó algo a lo que Europa le puso nombre muchas décadas después: una lucha de clases. El Ejército que fue agrupándose en torno a Boves no era realista ni tampoco patriota: era un Ejército Popular de Liberación. Eran los pobres de la tierra cobrando venganza, no contra los blancos, sino contra los propietarios.

200 años de decantación de los discursos y de la visión de la historia ayudan a definir más reposadamente el papel de cada facción: Boves movilizó al pueblo tras el exterminio de los amos y, en ese proceso, les entregó a los pobres lo que fueron encontrando tras cada batalla y cada masacre; Bolívar, quien en su evolución no había llegado todavía a esa clave (no le tocaba: él era rico y los de su clase necesitaban de los esclavos para financiar su guerra), estaba empeñado en dar un paso que, en efecto, era necesario: mientras Boves les daba recursos y poder a los pobres, Bolívar y la generación de libertadores le entregaban un país. Ese es el punto donde se juntan los dos proyectos: los pobres querían la plata, las casas y la tierra YA; Bolívar no encontraba la forma de decirles que, para tener todo eso, antes era necesario tener una república. La historia les dio la razón a ambos, pero primero a Bolívar.

Vivimos en la tierra donde nació Simón Bolívar y formamos parte de una ciudadanía que difícilmente aceptará claves de nuestra nacionalidad que se le opongan, aparente o efectivamente. Pero también somos un país construido por una clase social castigada a mansalva por los expoliadores de todos los tiempos: hoy por las hegemonías transnacionales y por las oligarquías, ayer por la maquinaria colonial y esclavista. Somos una clase en rebelión (Boves) y un ímpetu constructor de sociedades (Bolívar). Se entienda o no, nada nos apartará de las dos ramas originarias.

ÉPALE 392