FILO Y BORDE BARBARITA

POR FREDDY FERNÁNDEZ • @FILOYBORDE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Me escribió el poeta Gonzalo Fragui para encontrarnos en la Filven 2018. Nos vimos frente a la Cancillería, nos tomamos un café y partimos hacia la Plaza Bolívar. Nos conocemos desde que éramos casi niños. La literatura, la filosofía y la cerveza nos creó vínculos que se han mantenido por años, a pesar de viajes y distancias. Siempre nos encontramos como si hubiéramos dejado de vernos solo por unas horas. No recuerdo de qué hablábamos cuando se apareció un compañero que dirige una fundación que me había invitado, hacía dos años, a ser jurado de un premio de cuentos sobre Chávez. Lo saludé y le presenté a Gonzalo. Relaté la barbarie que había ocurrido en ese premio. Uno de los concursantes, con pseudónimo femenino, había postulado varios cuentos, todos muy buenos. Al cumplir con la norma de proponer a discusión diez narraciones, todos los jurados habíamos coincidido en, al menos, tres de los cuentos de la narradora. Cuando se nos pidió reducir a tres las propuestas cuatro de los cinco jurados, de nuevo, habíamos coincidido en uno de ella, y otros tres de sus cuentos aparecían en esa última selección. Parecía que sería una decisión sencilla, pero cuando se nos indicó proponer un solo cuento, uno de los jurados dijo que la narración que parecía ganadora era un plagio, porque Chávez lo había contado en el Aló Presidente.

Busqué el “Aló” mencionado y, en efecto, el Comandante había comentado allí una anécdota que había ocurrido con el boxeador Esparragoza y un periodista. Sin embargo, el cuento que estábamos a punto de premiar era una adaptación literaria de ese hecho y no una copia. Defendí el cuento. Mi alegato se respondió con la propuesta de eliminar del concurso todos los cuentos presentados por ese pseudónimo.

Era evidente que si no ganaba la narración cuestionada, ganaría otro de los suyos. El resto del jurado apoyó esa barbarie. Renuncié, dije que era una decisión absolutamente injusta y que no sería cómplice.

Gonzalo dijo que él participó en ese concurso y que le había sorprendido que uno de sus cuentos se usara en promociones de la fundación, cuando no había resultado un cuento premiado . Explicó que era un cuento de una señora que pedía a su hijo un televisor. Le dije, en broma, que quizá haba sido él el expulsado y pregunté cuál era su pseudónimo. Respondió que no recordaba bien, que probablemente era “Filemón”. El director de la fundación dijo entonces que no era él, porque la eliminada era Barbarita.

Gonzalo sonrió y dijo: “Claro, era Barbarita. Barbarita es mi nieta”. La sonrisa del poeta era igual a la que describió Paul Auster al contarle a Coetzee cómo un error arbitral le había quitado un juego perfecto al lanzador Galarraga. Una sonrisa en vez de rabia. La sonrisa de quien no lo puede creer, pero sabe que así es la vida.

ÉPALE 306

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