ÉPALE282-BARBERÍA

ENTRE LOS ENTRESIJOS DEL CENTRO DE LA CIUDAD, EL REFUGIO EMERGE COMO UN MICROCOSMOS DE LA MEMORIA QUE JUGUETEA CON LA PLURALIDAD: ES DE TODO UN POCO Y, SOBRE TODO, ES TRINCHERA DE LA FELICIDAD CARAQUEÑA

POR MARLON ZAMBRANO @MARLONZAMBRANO / FOTOGRAFÍAS ENRIQUE HERNÁNDEZ

La virilidad del copete inmóvil. Las patillas decididas y alargadas como un caminito de espigas. El degradado que arranca desde la depresión concéntrica del cráneo hasta languidecer a pie del mentón. La barba seccionada en busca de la mejor proporción áurea. La raya de lado. Aquí no hay gorrita, magrey, sayayín ni extensiones. ¿Tinte fucsia? ¿Qué es eso? Tampoco hay fashion ni mamita ni bombón.

“Barbería pa puro caballero”, puntualiza César Colmenares con su marcado acento gocho. Regenta desde hace 25 años El Refugio (durante medio siglo Barbería Córdoba), de Maturín a Abanico, paralelo a la Urdaneta, cerca del Templo Masónico de la parroquia Altagracia.

ES TAMBIÉN UN MUSEO PROFUSAMENTE ORNAMENTADO, QUE DESTILA A TRAVÉS DE SUS PAREDES LA MEMORIA FORZADA DE ESO QUE ALGUNOS LLAMAN LA VENEZUELA DE ANTIER

De repente, pero no al azar, llegan Harry y Moisés, cada uno con una birra en la mano, huyendo de la rutina concéntrica del ministerio para encontrarse con la noticia de ese viernes en la tarde: 3×3 España y Portugal. Rueda el Mundial y César lo sabe, y lo celebra. Guindó en la techumbre de su establecimiento ristras de banderines de cada país, como una telaraña barroca. No es extraño.

Su barbería, clásica como las de antes, no es solo un pasillo ancho de espejos radiantes con cuatro sillones comprimidos de memoria. Es también un museo profusamente ornamentado, que destila a través de sus paredes la memoria forzada de eso que algunos llaman La Venezuela de Antier. Allí se han afeitado ministros, panas del barrio, gente seria que se balancea en la costumbre y hasta ese personaje mitológico que ya es instrumento de una novísima tradición: Hugo Chávez en persona, recién salido de presidio, cuando montó una oficinita en la esquina de Abanico.

La colección de El Refugio le hace un guiño a La Venezuela de Antier

La colección de El Refugio le hace un guiño a La Venezuela de Antier

César, coleccionista impenitente, cuenta que va por los pueblos observando lo viejo, admirando el pasado: “Siempre me gustaron las antigüedades, cosas de la época, para recordar los momentos de los abuelos, los bisabuelos”.

Entre latas de cervezas y refrescos, sombreros charros, rolos de policía, conchas y cachos, botas de vino, cascos de guerra y gorras de beisbol, carritos plásticos, teléfonos inútiles y pósteres, lo que menos importa son los mechones regados, arrancados de las testas de los clientes que se muestran ansiosos, menos por lo que está pasando que por lo que está a punto de pasar.

Harold Rojas echa tijeras, César también. Harold repara máquinas de afeitar en una esquina, César atiende el teléfono. La clientela entra y sale con la facilidad de la tranza, pero en la medida en que avanza la tarde, sobre todo los jueves, viernes y sábados se comprime la atmósfera, se detiene el aliento y, como parte de un sortilegio macondiano, todo cobra sentido por lo
real-maravilloso de la ciudad y sus prodigios.

Llegan los morochos. Primero uno, dicen que el morocho malo, y después el otro, dicen que el morocho bueno, con tres hembras dispuestas a la guerra: son Sharlott, Soé y Susej (“Como Jesús, pero al revés”, me aclara con su boquita prensada de rojo carmesí); y todos y todas, bajo el influjo aleatorio de la felicidad explosiva del caraqueño, arman la fiesta.

Sharlott y Soé en la corte del César

Sharlott y Soé en la corte del César

EL DESPELUQUE

Estando contigo me olvido de todo y de mí. / Parece que todo lo tengo teniéndote a ti. / Y no siento este mal que me agobia y que llevo conmigo, / arruinando esta vida que tengo y no puedo vivir-ir-iiirrrrrr, lanza César quien emerge, micrófono en mano, desde un portón solapado y debajo de un sombrero pelo e guama que le queda gigante. Esta vez, por suerte o no, no lleva el mandil que levanta para exhibir un pene gigante de plástico con el que persigue a la clientela más díscola.

Es oriundo de San Cristóbal, Táchira, tiene 62 años de edad y padre de tres hijos, dos de ellos periodistas de los buenos. Teoriza sobre la felicidad sencilla: “Aquí la pasamos en familia y entre amigos, depinga, felices todos, cantando y jodiendo”. Cualquiera se suma, si entra en confianza e ingresa a esa selecta logia de clientes-panas. Las niñas cantan desafiando los registros agudos. “Aló, ¿me escuchan? Probando…”, enfatiza Sharlott como si ensayara sonido en el Teresa Carreño. Se lanza en bajada sobre “La viuda millonaria” de Santiago Rojas, siguiendo la letra que dibuja el monitor desde una esquina apiñada. Las demás le disputan el micrófono para los coros.

Llega la mamá de los morochos, pero nadie se enseria. Es una matrona espesa de belleza ancestral y cabello metalizado que impone sensatez. Al contrario, la sientan en los banquitos de espera, como en medio de la gradería, mientras observa a sus niños coquetear con las tres beldades, de quizás 20 años, que lucen más empeñadas en cantar y tirar besitos que en conseguir pretendientes. No logro descubrir de dónde salen las cervezas, pero clientes, barberos y relacionados se intercambian birras como barajitas del álbum Panini, mientras hacen su entrada, cada quien en su turno, Ana Gabriel, Danny Rivera, Chayanne, Juan Gabriel, Lavoe y Maelo.

A ciencia cierta, tampoco es posible precisar, a las 7 de la noche, si los tipos salieron bien afeitados o no de El Refugio, donde un corte vale 600.000 y un masaje capilar 250.000. Lo que sí es fácil establecer, por pura comprobación empírica, es que salieron más felices.

No pasa nada si mezclas trabajo con placer

No pasa nada si mezclas trabajo con placer

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